Martes 07 de Enero de 2014
En varias notas que gentilmente publicó La Capital, escribía sobre los sistemas que tenían en la antigüedad sobre tener un equipo de ancianos notables en su especialidad, que pudieran asesorar al que manda. El buen dirigente, líder de la República, escucha, pregunta, y después decide lo más conveniente. Muchas veces, observamos en el mundo que hay líderes brillantes, que funcionan considerando que su juicio es perfecto, despreciando el consejo de los viejos y los adultos. Los que viven en una burbuja, sin contactos con la cruda realidad, se equivocan. Esto lo relaciono con un barco, se lleva un rumbo convencido que es el mejor para llegar a buen puerto, pero el tiempo de tormenta, las corrientes, vientos, desvían su trayectoria, los equipos nos avisan que la derrota no es aconsejable. Pero el capitán, aislado en su burbuja, sin analizar la realidad, en forma arrogante, desprecia la opinión de sus oficiales y no cambia el rumbo. Termina el narcisismo del comando, cuando se lleva la piedra por delante y naufraga. Hay muchos ejemplos, pero recuerdo uno bastante actual, el del barco de pasajeros que se hundió cerca de una isla italiana y un capitán todopoderoso “enamorado” de su cargo y despreciando su entorno.Está estudiado hace muchos años el comportamiento de los líderes que gobiernan en el mundo, imbuidos de un narcisismo enfermizo. El dirigente que está convencido, que todo lo sabe, que no necesita a nadie, se equivoca. Pueden existir dirigentes excepcionales, pero afirman que el líder todo lo sabe, es dorarle la píldora con fines inconfesables.
Claudia Susana Torsevia