El color de la infancia
Colores y olores delimitan el espacio y el tiempo de la infancia. Ellos organizan la maravillosa sentencia de Rilke, aquello de que "la verdadera patria del hombre es la infancia".

Sábado 20 de Junio de 2020

Colores y olores delimitan el espacio y el tiempo de la infancia. Ellos organizan la maravillosa sentencia de Rilke, aquello de que “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Ese territorio —tiempo— del cual somos exiliados por una trama de causalidades y casualidades que nos obligan a un duelo imprescindible. La mirada de aquel niño nos acompaña toda la vida en un juicio existencial de un valor extraordinario, y del cual demasiados hombres huyen para poder seguir haciendo lo que hacen y que tal vez no debieran hacer.

Los blanquicelestes son los colores comunes a nuestras infancias, más los olores característicos de la infancia de cada cual. Para mí, el olor de la lluvia al comenzar a caer en las calles de tierra de mi pueblo, San Jorge. Todo lo cual forma parte de la mirada de ese niño junto a los colores y olores que nos acompañan y en cierto modo nos guían en el viaje por la vida. Como se sabe, no es cualquier viaje, en tanto y en cuanto los viajes organizados además del pasaje de ida contienen el de vuelta, en cambio nuestro viaje por la existencia es sólo con pasaje de ida, como el nombre de aquella canción cantada por Neil Sedaka. Por tanto un viaje existencial sin pasaje de vuelta y sin vuelta atrás, salvo el recurso a la nostalgia, esa ciénaga tan atractiva de una vida sin tiempo.

Los colores de la bandera creada por Belgrano y su disposición en realidad no dependen de un modo absoluto del formato bandera, lo celeste y blanco simboliza la argentinidad en cualquiera de sus modos. Muchas ideologías la despliegan con ciertos aires de ser los dueños de la bandera nacional, especialmente la ultraderecha. Tanto aquí como en el mundo. Aunque en verdad las banderas no tienen dueño. Porque no pueden ni deben tenerlo. Cada bandera es al mismo tiempo y a todos los efectos “La Bandera” con toda su carga simbólica. Razón por la cual la bandera no se lava. Cuando llega el desuso, según sea, o se guarda como reliquia en una vitrina especial o se incinera todo con un protocolo determinado. Pero no se lava, porque no se puede borrar la gloria, dice el decreto N°1635.

Habría que decir mucho más, la bandera no se lava porque no se puede borrar la historia por ella encarnada. No se lavan las victorias ni las derrotas, ni tampoco las atrocidades acumuladas por usurpadores o detentadores del poder en centros y rincones del planeta en nombre de variadas banderas.

Cuando se vive fuera del país en ocasiones uno se encuentra con la mirada de aquel niño. En el reencuentro sobreviene la especial intensidad del tiempo imborrable de la infancia. En una extensa y fatigosa discusión de hace muchos años en Barcelona sobre la cuestión del nacionalismo de pronto escucho a una amiga catalana independentista avant la lettre que me lanza: “Vosotros los argentinos sois muy nacionalistas”. El diagnóstico de mi amiga venía con crítica densa (en el contexto catalán, a poco de la vuelta de la democracia en España, muchas veces el nacionalismo era sinónimo de franquismo).

Respondo “no”. No soy muy nacionalista. Amo a mi país pero no suscribo ni mucho menos el supuesto nacionalismo de la dictadura militar argentina ni tampoco el de sus adláteres. Mi amiga continúa con su convicción y me interroga si acaso yo podría pisotear la bandera argentina, la inspirada creación belgraniana. De ninguna manera, le digo. En cambio yo sí la española, me suelta oronda. Con lo que decidí pasar a la ofensiva y le pregunto si ella pisotearía la bandera catalana. Responde: ¡NO! En tal caso se trata del mismo sentimiento. Mi bandera no pisoteable es tu bandera no pisoteable, le dije con la sensación airosa de haber resuelto el malentendido. Aunque al recordarlo ahora la mirada del niño de la infancia dibujó con su cara una sonrisa maliciosa ante mi ilusión.

Nada más ingenuo que pensar en una simple resolución de un malentendido siendo como son los malentendidos tan consustanciales a la condición humana. Quizás el malentendido fundamental con relación a lo humano es la certeza (a la vez, una pretensión muy extendida) de que somos seres pensantes cuando en rigor somos especímenes más pensados que pensantes, salvo cuando somos capaces de reflexionar, una práctica por cierto no muy extendida.

Con el paso del tiempo se va gestando en el imaginario colectivo y también en el imaginario individual una asimilación entre pensar y reflexionar, con lo que se van borrando las diferencias entre ambos verbos. Al punto se nos instala una certeza pandémica: la convicción a-crítica de creer que cuando pensamos al mismo tiempo reflexionamos. Lo cual lleva a una pregunta fundamental: ¿en qué consiste verdaderamente la madurez humana? Las respuestas se pueden ir apilando en cualquier estantería. Un alto porcentaje seguramente serán lugares comunes habitualmente muy transitados. Otras permitirán pasar del pensamiento a la reflexión. El caso es que en la infancia hay muchas más preguntas que respuestas. En cambio la supuesta madurez suele mostrar una sobreabundancia de respuestas. Fundamentalmente una demanda de respuestas y una llamativa escasez de preguntas. Más aún preguntas incomodas apuntando a uno mismo.

Llegados a este punto es bueno recordar una vez más la afirmación de Castoriadis cuando señala, con relación a la complejidad intrínseca de la vida: de lo que se trata —decía— es de “retener la infancia hasta la muerte”. Con toda evidencia no se trata de una regresión patológica ni de una detención del mismo signo en la infancia. En todo caso sería muy importante no desterrar el entusiasmo propio de la infancia, tantas veces sepultado por la molicie de la queja crónica y estereotipada de los adultos.