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El clásico de Rosario volvió a ser gigante

De nuevo el clásico, el querido clásico, al que ningún amante del fútbol de la ciudad le es indiferente. Al fin Rosario pudo vivir otra vez la excelsa fiesta del fútbol, y en paz. Y la alegría se quedó en Arroyito.

Lunes 21 de Octubre de 2013

"La puta que vale la pena estar vivo". Al fin, Rosario. Al fin. De nuevo el clásico, el querido clásico, al que ningún amante del fútbol de la ciudad le es indiferente. El que siempre se marcó en el calendario en cada sorteo de fixture, pero que venía tan teñido de intolerancia que se llenó de los miedos que impusieron las minorías violentas. Por eso tanta tensión previa, tanta incertidumbre. Era el obligatorio luego del retorno canalla, después de ese frustrado intento veraniego que alimentó los malos presagios. Y aún cuando fue el primero sin hinchas visitantes, por la consecuencia de aquellos y que en un futuro deberá ser corregido, sólo quedó espacio para hablar de lo que pasó en la cancha. Y en ella Central consumó una alegría de aquellas, de los tiempos que ya se animan a volver, por ser el más inteligente, el que más pensó el partido, haciendo notar al cabo que, pese al pasado reciente de uno y otro, pudo llevar la contienda al terreno de iguales y empezar a ganarse ya el reconocimiento, como lo hizo un Gigante exultante, azul y amarillo de felicidad por donde se lo mire.

Ganó el que venía haciéndose y haciendo pie de nuevo en primera. Perdió el consolidado, el unánimemente admitido mejor equipo del fútbol argentino, que agranda los méritos de aquel. Ganó el que ideó un partido en función más de las bondades del otro. Perdió el que creyó en las propias de principio a fin. Ganó Central, el que de golpe sumó su quinto partido invicto y salió después de mucho tiempo de los tres últimos promedios. Perdió Newell's y cortó su racha de cinco triunfos al hilo, que le impidió cortarse aún más en la cima.

Pero aunque hoy la alegría sea sola y legítimamente auriazul, ganaron todos los que durante la semana previa focalizaron bien cuál era el objetivo primario: que el clásico se juegue, vibre y palpite, con la pelota únicamente como eje. Primero los jugadores de ambos, que se animaron a tutearse con ella en medio de una villa. Luego los que cumplen el rol de hinchas, pero comparten ámbitos diversos como la música, el hockey o el barrio. Y hasta los que conducen los clubes dieron el ejemplo con mensajes inequívocos de paz que se trasladaron al domingo del reencuentro del más pasional de todos los partidos.
Fue en ese marco y por él que la atención todo el tiempo la tuvieron los verdaderos protagonistas, con un juego además que lejos estuvo de recordar a aquellos choques de cuidados extremos que redundaban en un espectáculo rápidamente olvidable. Con lealtad, sin guardarse nada, respetando las propuestas que traían.
Aplausos para todos ellos, entonces. Grito de liberación, como el de Héctor Alterio en Caballos Salvajes. Y fiesta enorme, inolvidable, restauradora en Arroyito que premió al que supo interpretar mejor los desafíos futbolísticos demandados. A Central, por supuesto. Sí. En el día de la madre, Rosario volvió a parir un clásico gigante.

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