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El cineasta que le ganó al tiempo

La muerte del realizador portugués Manoel de oliveira, a los 106 años, muestra que no hay edad para la creación artística.

Sábado 04 de Abril de 2015

No tengo ningún secreto, son caprichos de la naturaleza”, solía responder el cineasta portugués Manoel de Oliveira cuando le preguntaban por su longevidad. El cineasta en actividad más longevo del mundo murió anteayer en su casa de Oporto, a los 106 años, pero hasta el final de su vida estuvo estrenando películas y armando nuevos proyectos.
  Auténtica leyenda con más de décadas en la profesión, De Oliveira vivió la transición del cine mudo a la banda sonora y de las imágenes en blanco y negro a las de color. Pero incluso en la actualidad, en la era de las películas digitales y de la tecnología en 3-D, seguía detrás de la cámara.
     En septiembre pasado estrenó el corto “O Velho do Restelo” en el Festival de Venecia, y presentada en  la sección Panorama en el último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
  El decano del cine mundial decía que debía su energía al trabajo. “Lo que realmente me agota es estar parado”, dijo hace unos años el cineasta, convencido de que “la muerte mata a la eternidad, pero también la concibe”. Y agregó: “Si dejara de rodar, dejaría de vivir. Me gustaría morir rodando”, confesó hace ya varios años.
  Las primeras películas de Oliveira datan de los tiempos del cine mudo, pero pese a que la crítica coincide en elogiar la brillantez de su obra, colocándole a la altura de insignes directores como Jean-Luc Godard, Luis Buñuel o Federico Fellini, para el gran público el realizador luso es casi un desconocido.
  Al patriarca del cine europeo eso no le preocupaba. “Simplemente intento fijarme en la complejidad de las cosas, aún cuando ello no me reporte beneficios”, señalaba. Además insistía en que el éxito y la celebridad no le interesaban, como tampoco el cine comercial. “Yo hago cine de resistencia”, afirmaba.
  Considerado un “poeta visual”, Oliveira demostró su carácter incombustible rodando un filme por año y sobre todo en la última parte de su carrera estrenaba las películas en los grandes festivales de cine como Cannes, donde fue galardonado con una Palma de Oro en honor a su larga trayectoria, o Venecia, que también le otorgó el León de Oro por su trayectoria.
  Entre los filmes más conocidos de su producción reciente figura “Viaje al comienzo del mundo”, galardonado en 1997 con el Premio Fipresci de la crítica. Es la última película que Marcello Mastroianni llegó a protagonizar antes de su muerte y en ella encarnaba a un envejecido cineasta: el “alter ego” de Oliveira.
  “Yo coincido con Marcello en que hay que trabajar para olvidar que la muerte acecha”, dijo el director luso durante el rodaje, sin imaginar el significado que sus palabras adquirirían una vez finalizada la cinta. Oliveira, quien aparece en algunas de sus películas en pequeños papeles, también ha trabajado con estrellas como Catherine Deneuve, John Malkovich, Michel Piccoli o Irene Papas.
  Nacido el 11 de diciembre de 1908 en Oporto, en el seno de una familia de la burguesía industrial, Oliveira es completamente autodidacta. Porque cuando en los años 20 comenzó a interesarse por el séptimo arte, en su ciudad no había más que un estudio de cine mudo ya abandonado.
  En 1931 rodó su ópera prima, “Duero, faena fluvial”, el primero de toda una serie de documentales, y en 1942 llegaba a los cines su primer largometraje, “Aniki-Bobo”. Este melodrama, una historia de amor ambientada en el mundo de los niños, causó gran revuelo en Portugal, ya que en sectores conservadores fue considerado amoral. La falta de medios y la represión de la dictadura de Salazar obligaron a Oliveira a dejar la cámara durante muchos años, en los que, entre otras cosas, se dedicó a las carreras de automóviles y a gestionar la empresa familiar.
  Su carrera cinematográfica en sí no comenzó hasta 1963, cuando llevó a la pantalla grande “O acto da primavera”, una película sobre el calvario de Cristo rodada enteramente con los habitantes de un pequeño pueblo.
  En opinión de muchos críticos, Oliveira fue con sus filmes de los años 30 y 40 del siglo pasado el precursor del neorrealismo, algo que el director luso rechazaba tajantemente.
  El amor no correspondido, la tentación carnal, la ambición por el poder y el reto a la muerte son los temas principales de sus películas, mientras su estilo se caracteriza por la fina ironía, un humor a veces negro y el sentido por lo trágico.
  Pero Oliveira tampoco tuvo pelos en la lengua a la hora de criticar el mundo actual. Así, “Non ou a va gloria de mandar” (No a la vana gloria de mandar), en 1990, era una condena de la guerra y la violencia, mientras que en “Vale Abraao” (El Valle de Abraham), en el 93, describe la realidad social de su país. Además, recientemente denunció la falta de medios públicos para el cine en Portugal.

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