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“El cine nunca estuvo obligado a rendirse al público”

La directora francesa Claire Denis, una de las figuras estelares en la muestra internacional, analizó en diálogo exclusivo con escenario la confluencia entre el séptimo arte y la política.  

Sábado 29 de Noviembre de 2014

Mar del Plata (enviada especial). Cargadas de un crudo punto de vista político y una poética fílmica de alto calibre, las películas de Claire Denis se ubican entre las más elogiadas del cine contemporáneo y es por eso que la directora francesa es la presencia femenina estelar del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

   Directa, progresista y tenaz, la directora francesa que forjó su oficio como asistente de dirección de Jacques Rivette, Costa Gavras, Jim Jarmusch y Win Wenders, realizó más de un centenar de largometrajes. Desde su debut con “Chocolat”, en 1988, hasta “Les salauds”, su último filme realizado en 2013, la directora de 68 años que nació en París y creció en Africa, muestra historias fuertemente marcadas por temáticas relacionadas con la inmigración, el colonialismo y la confrontación cultural propia del mundo globalizado.

   La cita es en el NH Hotel Provincial de la ciudad balnearia, a las cuatro y media de la tarde, media hora antes de la multitudinaria Charla con Maestros (ver aparte) que dará para cientos de asistentes que ya forman fila para entrar al auditorio y disfrutar además de la exhibición de siete de sus filmes (“S’en fout mort”, “J’ai pas sommeil”, “Bella tarea”, “Sangre caníbal” “L’Intrus”, “35 rhums”, “White Material” y su cortometraje “Voilá l’enchainement”).

   Reflexiva y envuelta en un encanto parisino sin igual, Denis mantuvo una charla a solas con Escenario. Una entrevista que toma su propio rumbo, como las películas de esta directora, que cautiva al público con su cine de autor, resplandeciente y seductor. Con una cadencia única al pronunciar cada palabra, Denis habló de la atemporalidad del cine, dijo que aún no vio “Relatos Salvajes” y analizó la injerencia de la política en la cinematografía. Además, identificó las distintas generaciones del cine con sus constantes progresos e innovaciones. De la Nouvelle Vague a Lars Von Trier. De Mar del Plata a París sin escalas.

   —¿Tuvo la posibilidad de ver “Relatos Salvajes”, seleccionada para competir en el Oscar? Se trata de una película que refleja las fallas del sistema judicial y la justicia por mano propia como consecuencia, plasmando un reflejo de la actualidad argentina.

   —Justo estaba por estrenarse en Francia cuando viajé para acá, así que no llegué a verla.

   —El elemento político no es ajeno a su cine, por ejemplo en “White Material” (“Una mujer en Africa”). En un mundo social y políticamente convulsionado o en crisis, ¿cómo ve la injerencia de la actualidad y la política en la cinematografía?

   —Están los filmes propiamente militantes que están hechos como declaración política, y por otro lado, están las películas que hablan de la sociedad en la que uno vive y que de alguna manera más intimista, menos espectacular, pueden también proporcionar, plasmar, el clima de una sociedad. Pero en mi opinión personal, uno tiene que hacer un filme militante o bien uno de ficción, pero hay que tratar de no hacer las dos cosas al mismo tiempo. No me gusta la mezcla. Por ejemplo, la película argentina “El estudiante”, que habla de política, y la vi hace tres años ya, es un filme en el que se habla de política, pero no es una declaración de militancia, no es como un panfleto político. Es como una manera de reflejar una reflexión política.

   —En los 50 y 60 la Nouvelle Vague significó un salto cualitativo para el cine, y en los 90 el Dogma de Vinterberg y Lars Von Trier agitaron el ambiente cinéfilo y cinematográfico. Ambas propuestas -Nouvelle Vague y Dogma-, con muy distinta adhesión y permanencia, generaron cambios e impulsaron otras formas de hacer cine. El cine, que ya pasó los cien años, ¿necesita periódicamente transformaciones, innovaciones y nuevos enfoques para seguir captando al público?

   —Hay dos aspectos muy diferentes. En Francia, después de la Segunda Guerra Mundial, hubo muchas megaproducciones en grandes estudios, pero había una política que establecía que el cine debía ser sustentado por el Estado. No a través de los subsidios, sino de una manera en la cual el cine, sobre cada entrada que pagaba el espectador, se tomaba un pequeño porcentaje y eso luego volvía a una caja. Y después había comités que leían los guiones y decidían a dónde se iban a destinar las partidas presupuestarias. Y eso le dio una nueva vida. La Nouvelle Vague es otra cosa. Se trató de un grupo de jóvenes que trabajaba en la revista Cahiers Du Cinema como críticos, y que aprovecharon la llegada del sonido móvil, transportable, y las cámaras móviles que se podían llevar al hombro. Fueron herramientas que hicieron posible que se filmaran películas de bajo presupuesto en la calle o pequeños apartamentos. Es de esta manera que la Nouvelle Vague se fue imponiendo.

   —¿Cuánto influyó la Segunda Guerra Mundial en el proceso?

   —En Europa, no solamente en Francia, después de Segunda Guerra Mundial, había un shock tan profundo en la sociedad... estaba el tema de los campos de concentración, el tema de la bomba de Hiroshima, la gran cantidad de muertos... Las personas de la generación de mis papás, por ejemplo, habían cambiado, y ellos querían vivir de otra manera después de la Segunda Guerra. Y en Italia y Suecia también se manifestó un movimiento cinematográfico muy fuerte. Salvo en Alemania, donde fue necesario esperar hasta los años 70 para ver cambios en el cine porque tuvieron que hacer un proceso muy largo sobre su pasado que fue muy difícil para los alemanes. Nosotros los franceses también tuvimos un pasado difícil, pero Alemania quedó completamente destruida una vez terminada la guerra, y también destrozada a nivel moral.

   —¿Y la década del 90?

   —Los años noventa también marcaron una nueva generación en el cine, que no tuvo nada que ver con la Nouvelle Vague, sino que fue que una vez más cambiaron las herramientas técnicas y esto brindó la posibilidad de filmar películas con un presupuesto casi minimalista. Pero vos me preguntaste, ¿el cine tiene que cambiar para seguir atrayendo al público? Realmente no lo sé. Porque anteayer, por ejemplo, vi un filme argentino de los años 60 que estaban pasando en la televisión, era “El romance del Aniceto y la Francisca” (1967). Yo no conocía al director y nunca había escuchado hablar de esta película que es muy famosa en Argentina. Justo estaba en la habitación del hotel y empezó la película. Y la película era tan bella, tan fuerte, tan moderna, que yo me dije «¿puede ser que sea un joven argentino el que hizo esta película?» En la actualidad o en el recuerdo de sus padres, quizás. Y el director, Leonardo Favio, murió el año pasado. Y el actor también es magnífico (Federico Luppi). Uno no puede decir que sea una película vieja, no se percibe así.

   —¿Es posible atraer el interés de las nuevas generaciones que crecieron con al vértigo de las nuevas tecnologías signadas por la inmediatez y el zapping?

   —No lo sé, no tengo la menor idea porque la gente que quiere atraer a los jóvenes que están con los videojuegos o el Twitter, son los mega estudios de filmación. Los jóvenes del cine, o yo, por ejemplo, vamos a querer hacer nuestra película. No creo que hoy en día haya un director de cine que diga: yo quiero atraer a las multitudes. Esa persona, va a tener ganas de hacer su película. Y si una película se hace desde el alma va a atraer a la gente joven. Creo que el cine nunca estuvo obligado a rendirse al público para gustarle, porque cuando hace eso, el cine funciona. Salvo algunos filmes como “Los juegos del hambre”, ahí sí es cierto que es un producto armado, eso es cierto. ¿Pero vos creés que un joven argentino va a tener el presupuesto para hacer un filme de esa naturaleza? Cuando veo las personas que van a ver las películas que están exhibidas en el Festival, veo mucha gente joven que se interesa por películas viejas y mudas. Y al contrario, hay mucha gente joven que se interesa cada vez más por ese tipo de cine.

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