Jueves 24 de Noviembre de 2011
El chisme carece de valor intrínseco, entidad, autoría, propagadores, veracidad. Surge de la nada. Es un simple y cómodo anonimato hasta que llega a oídos del afectado. En ese punto esta autóctona versión de la calumnia y la descalificación se torna peligrosa porque tambalean prestigios logros bien ganados. Se pone en duda la honorabilidad de personas ignorantes de lo que sucede a su alrededor. Está instalado en todos los estratos de la sociedad y provoca daño. No hay patrón de conducta ni resquemor alguno en escuchar un chisme y propagarlo. Cuando nos participan de un chisme nos obsequian con una ratificación de confianza ó un compromiso de amistad ("ya somos dos los que sabemos "). Concretamente, si el chisme tiene asidero será un problema a resolver por el interesado y los de afuera seguimos siendo de palo. Los más amenazantes en este sentido son los comentaristas televisivos de media tarde (muchísimos, según mi leal saber y entender) que en lugar de repartir cultura digna, ofrecer conocimientos generales, exhibir imágenes entendibles para el público en general dan trascendencia chismográfica a temas inequívocamente baladíes: personajes del espectáculo en notas aberrantes, políticos con su eterna sonrisa justificando lo injustificable, deportistas que confunden profesión con promoción, protagonistas pasados de moda, inaceptable exposición de personas con reales problemas. Todo y todos quieren conmovernos con una prefabricada sinceridad y nobles sentimientos. Yo no compro estos chismes en su más decadente etapa. Espero que todos zafemos alguna vez de participar en la circulación gratuita de calumnias y difamaciones (chismes en versión nacionalizada).
Rubén Mario Baremberg
DNI 6.012.531