Domingo 25 de Noviembre de 2012
China completó hace dos semanas el recambio de su cúpula dirigencial con la proclamación de Xi Jinping como nuevo jefe del partido en reemplazo de Hu Jintao. Se trata de un “príncipe” hijo de antiguo funcionario que llega con la misión de mantener las tasas de crecimiento cerca de los dos dígitos y de encarar una reforma política basada en la lucha contra la corrupción que parece impostergable.
Ese fue el telón de fondo sobre el que se movió el 18º congreso del Partido Comunista Chino (PCC), que le abrió la puerta a la llamada “quinta generación” de mandatarios y que encuentra al gigante asiático en pleno proceso de reposicionamiento global.
Aún así, la llegada de Jinping está signada por la necesidad de encontrar un modelo que acompañe el crecimiento con mayor sustentabilidad tanto desde un punto de vista social como ambiental, y que pueda despegarse de las exportaciones como principal motor para apuntar más al consumo doméstico y a mayores inversiones.
Pero por encima incluso de la economía, en la agenda del nuevo cacique figura otra prioridad: encarar una reforma política que sirva para atajar la corrupción sobre la que alertan los propios jerarcas del gobierno, para darle respuesta así a las demandas sociales que crecen de la mano de un población cada vez más educada e informada.
“Si no somos capaces de gestionar bien el problema de la corrupción, esto podría ser fatal para el partido y causar incluso el derrumbe y la caída del Estado”, advirtió el propio Jintao antes de su partida.
La reforma, de todas formas, será bajo una “receta china” que siga atada al unipartidismo y que ni siquiera roce procesos al estilo de la Perestroika soviética, cuyo desenlace los jerarcas del partido conocen, temen y quieren evitar.
Balance de década. Cuando Hu Jintao asumió la jefatura del partido hace diez años atrás, el tamaño de la economía china era inferior al del Reino Unido. En 2012, China ya es la segunda mayor economía del mundo, y todos los pronósticos señalan que para 2016 se convertirá en la mayor potencia mundial desplazando a Estados Unidos del primer lugar.
Con semejante progresión, el país asiático transitó una historia que fue desde “la humillación” del siglo XIX (cuando el país se desmembró y sucumbió ante las potencias colonialistas de la época), a la “restauración” del siglo XX y una nueva etapa “de dominación” para los años que se vienen.
En los últimos diez años, la gestión de Jintao apostó por el crecimiento a toda máquina al tiempo que intentó introducir algunas cuñas de apoyo en áreas sensibles como la reforma sanitaria, la de la seguridad social y las políticas de vivienda pública, unos de los mayores déficits que padece la inconmensurable población china.
Así, la llamada “cuarta generación” de dirigentes chinos —que sucedió a las de Mao Zedong, Deng Xiaoping y Jiang Zemin— entrega un país mucho más poderoso desde una perspectiva económica y de política exterior, pero también mucho más tensionado en lo social y con demandas de segunda generación atadas a la mejora de la calidad de vida.
Desde un registro estrictamente económico, el modelo basado en las exportaciones de productos industriales y tecnológicos empieza a mostrar signos de agotamiento, sobre todo por la persistencia de un tablero global que no le encuentra la vuelta a la crisis de los países centrales.
Como muestra de ese debilitamiento, el PBI chino creció un 7,4% durante el tercer trimestre, el menor valor desde el primer trimestre de 2009. Algunos analistas señalan que de no encarar una reconversión, la tasa de crecimiento caerá a finales de esta década a un 5% anual, muy por debajo del 10% que experimenta desde los 90.
El crecimiento a cualquier precio ya no cierra, desde cualquier mirada que se elija.
Nueva agenda. Nuevo modelo económico, respuesta a las demandas sociales e inclusión plena como mayor potencia en el escenario internacional, asoman como los ejes de la agenda con la que tendrán que trabajar los nuevos líderes encabezados por Xi Jinping.
Jinping, de 59 años, pertenece al club de los llamados “príncipes”, hijos o descendientes de líderes encumbrados del PCC. El nuevo jefe del partido es hijo de Xi Zhongxun, un histórico dirigente revolucionario que fue viceprimer ministro entre 1959 y 1962, de tendencia reformista.
Esta vez, y a diferencia de la tarea que enfrentó la “cuarta generación”, la nueva camada tiene frente a si una serie de problemas domésticos cuya no resolución puede poner en peligro la propia sobrevida del régimen.
La lista está encabezada por la creciente corrupción y las desigualdades de ingresos derivadas de esa misma corrupción, dos problemas que a su vez están en el origen de diferentes focos de resentimiento y disturbios sociales.
Como principal arma para atacar ese problema, aparece la necesidad de poner en marcha un proceso de reforma política que sirva para incrementar la transparencia en el proceso de toma de decisiones políticas.
Eso serviría, según perciben desde el propio partido, para reforzar la credibilidad en el sistema judicial y mejorar la supervisión de los dirigentes.