El calendario maya
Charles Robert Darwin, padre de la evolución de las especies, tropezaría con tamaño apuntalamiento de su orgullo al cerciorarse de los éxitos alcanzados por su primogénito paradigma.

Miércoles 02 de Enero de 2013

Charles Robert Darwin, padre de la evolución de las especies, tropezaría con tamaño apuntalamiento de su orgullo al cerciorarse de los éxitos alcanzados por su primogénito paradigma. Sin dudas, la regla de selección natural emprendió un éxodo desde las esferas de las ciencias biológicas hacia otros ambientes tan pomposos como enigmáticos. La lingüística, por ejemplo, proporciona entornos fértiles para la semilla de la adaptación por síntesis evolutiva. Las palabras, como unidades básicas de las lenguas, parecen combatir por la supervivencia. Mientras algunas perecen en el intento, extinguiéndose; otras, por el contrario, consiguen la descendencia por modificación. Un ejemplo ilustrativo del proceso aparece representado por el término “apocalipsis”, último grito de la moda de uso vulgar y cotidiano. Sin duda alguna, el vocablo en cuestión ocupa un sitio privilegiado en el podio de la supervivencia. Ninguna clase de cataclismo filosófico, teológico, ideológico, dogmático o científico puso en jaque su existencia. Sin embargo, esta alta dosis de supremacía histórica adulteró el concepto del término. En su etimología griega, “apocalipsis” significa quitar el velo. Tamaña revelación en nada se vincula con la urgencia de destrucción o aniquilamiento de un mundo físico. Entonces, ¿por qué no invertir, cada cual, en una especie de apocalipsis particular e interno en alternativa al tan temido apocalipsis general y exterior? Se erige la necesidad de sacar el velo constituido por aquella falsa ilusión desplegada por el positivismo. El ideal de éxito basado en el acrecentamiento del avance político, económico y social conduce al sacrificio del equilibrio humano. Friedrich Nietzsche afirma que cualquier ideal, al resultar inalcanzable, conlleva aquel trastorno que, luego, Sigmund Freud se encargaría en bautizar con el sugerente mote de castración. Sí, hay que revelar. Despojar el velo que maltrata el balance innato a toda persona; retornando, así, a un equilibrio entre esencia y sustancia, entre razón y magia, entre mente y cuerpo, y espíritu. Karl Marx inmortalizó la sentencia de que no es la conciencia del hombre lo que determina su existencia; sino, al contrario, es su existencia lo que determina su conciencia. Terrible enfermedad. Las neuronas espejo llevan a los individuos hacia la aglomeración caótica de la masa. El fetiche de la ciencia y el dinero se ha erigido como una deidad capaz de encarnar el panoptismo de Michel Foucault, una divinidad cuya vigilancia penetra hasta en el más y mejor oculto de los rincones. Quizá, los antiguos mayas, ni atrasados ni primitivos, intentaron advertir al futuro sobre la apremiante opción de romper esta falsa ilusión de progreso.

Sebastián Isla Vendrame
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