Miércoles 12 de Agosto de 2015
Hablamos de violencias, violencia de género, hacia contra los niños, hacia los ancianos; damos identidades a acciones u omisiones de las mismas refiriéndonos a ellas como situaciones externas, que nos excluyen de responsabilidad alguna. Mi intento de reflexión, si se quiere, tiene que ver con una vivencia actual por la cual estoy transcurriendo, y transcurrí durante las semanas pasadas a raíz de una dolencia cuyo diagnóstico, como todo diagnóstico considerado más o menos traumático, fue menospreciado, o mejor dicho, fui en persona desoída, mal interpretada e indiferentemente tratada por parte de quienes se suponen deberían cumplir y custodiar el cumplimiento, otorgando a las personas afiliadas un cálido y respetuoso trato, brindando contención y posibilitando la viabilidad de la prevención y salud a todos los que aportamos voluntariamente a nuestra caja, paradójicamente llamada, Caja para los profesionales del Arte de Curar. Pienso que diluir las responsabilidades y negar las situaciones complejas, son cimientos de una sociedad que fecunda y concibe ciudadanos vulnerables, frágiles y con grandes dificultades para comprender que el proceso vital es mucho más que un orden anátomo-fisiológico, sino que, justamente, este supuesto orden al que me gusta denominar equilibrio, se completa con la circulación, el atravesar siempre del deseo, decir deseo no es decir sólo "quiero esto o aquello", a la manera de obtener un producto. Decir deseo es intrínseco a la humanidad de las mujeres y los hombres, es la esencia misma de la vida. No tomar este significativo elemento de nuestra propia estructura es lo que nos hace vulnerables, frágiles y por lo tanto padecientes. Dejar de lado el deseo implica invitarlos a un sentir desolador. ¿Cuál es el sentido, entonces, de nuestras profesiones? Por favor, los invito a reflexionar sobre nuestras prácticas, para que, justamente, no se tornen violentas.
Julieta Sforza / DNI 23.317.731