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El arco ajeno, en la mira

El Canalla privilegió siempre la búsqueda del gol por sobre la intención de defenderse. Un acierto.

Jueves 25 de Septiembre de 2014

Mucho se habló del cero propio. Claro, con esa consigna cumplida sólo basta un gol para ganar. Central lo entendió así para dejar en el camino de la Copa Argentina a un Tigre que nunca debiera asustarlo. Algo similar había intentado frente a Boca, pero entonces Miguel Angel Russo eligió otro sistema, que no le dio resultado. Es más, le costó muchas críticas. Claro, otro era el rival y otro el escenario. Tal vez por eso cambió. O quizás pensó que esta vez sí era otro el mensaje que debía dar. Y fue óptima la respuesta. Se cuidó, pero atacó siempre. Desde el primer minuto, pasando por los cambios, el grito de gol, el cuidado del resultado.

De arranque eligió una dupla con la que había intentado poco. Unos minutos, gran parte del segundo tiempo en el 3-1 a Arsenal. Abreu-Valencia de entrada. El uruguayo con su experiencia y poder de gol siempre latente, aunque con la pólvora mojada; y el colombiano afilado, con los dos goles del domingo y el anterior a Tigre.

Se entendieron, aunque no descollaron. El Loco esperando en el área, pero asustando. El Trencito cambiando de vías, por derecha e izquierda, con mayor rapidez. Y los conectó un Pablo Becker distinto. Sin brillar, pero en Córdoba fue el mejor (ver página 3) asistidor de los puntas.

Claro, hay otros delanteros en el plantel. Y cuando vio que debía cambiar, apostó pensando en el arco de enfrente. Central necesitaba un gol para avanzar, entonces a la cancha al tercer punta: Acuña. Y no sacó a los otros dos, sino a Jonás Aguirre. Esta vez a Cachete lo mandó a atacar desde la posición de volante izquierdo y el pibe respondió desde la primera pelota. Por ahí se engolosinó como siempre, pero fue desequilibrante.

Más tarde entendió que se necesitaba de Niell y fue a la cancha por Valencia. Dejó al Loco porque lo veía ahí nomás del gol y también acertó. Como Abreu, con el cabezazo ganador.

Y para no dejar dudas de que la apuesta era otra, de que estaba tranquilo con lo que pasaba atrás (ver aparte), para los últimos minutos metió a Barrientos por el cansado Becker para no encerrarse, para no darle pista al rival. Era entendible. La idea de juego fue más arriesgada y al premio se lo llevó a Rosario.

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