Miércoles 26 de Marzo de 2014
El filósofo Zigmund Bauman define el mandamiento que indica amar al prójimo como a uno mismo, como el acta de nacimiento de la humanidad. Y lo identifica como el paso que va desde el instinto de supervivencia hacia la moralidad. A su vez, Freud enunció el mandamiento “Ama a tu prójimo como a tí mismo” como el fundamento de la vida civilizada. Pero también como lo más contradictorio a los sentidos de toda sociedad. Aunque a pesar de esto es un mandato y una aspiración que antes y ahora suscita ilusiones y decepciones. Nos resulta difícil encontrar sentido en un mandamiento que por otro lado es el que más intensamente contraviene a la naturaleza humana original. El mandato de amar al prójimo es con toda probabilidad el que menos se obedecerá, y por resultar tan difícil es el que más se obstinan en enunciar todas las sociedades, toda ideología y toda religión. En vano nuestra sociedad sigue aferrada a la razón del autointerés y a la búsqueda de la propia, y mezquina felicidad. En principio vemos como un absurdo el hecho de amar al prójimo, a cualquier prójimo. En todo caso, si amo a alguien es porque se lo merece, o porque lo encuentro parecido a mí. O sea, amo de esa persona la parte ideal que encuentro en mi propia persona. Este mandamiento que desafía los instintos determinados por la naturaleza, hace que la vida humana se distinga de todas las criaturas vivas. Pero si consideramos que el principio imperativo de los genes que condujeron a nuestra especie fue sobrevivir, cualquier propósito de la vida tiene un solo objetivo, y es la propia vida. Por consiguiente, aparece el ego y la preocupación por protegerla, transformándolo de ese modo en el único determinismo incuestionable para dar vida al egoísmo. El egoísmo que actuaría como antídoto contra el amor por el prójimo nos avergüenza y es un sentimiento contradictorio. Pero indudablemente existe, es real y es la primera exigencia de la vida. Del mismo modo que amar al prójimo supone una condición suprema para la convivencia, el egoísmo significa la principal fuente de progreso sobre el cual está basado el principio de la competencia, según la teoría económica de la escuela neo clásica. Contrario al cooperativismo, pero efectivo como recurso económico. A modo de ejemplo diario y patético de esta disgregación de virtudes que van desde amar al otro hasta el egoísmo radicalizado, vale recordar la frase de una señora de la alta sociedad, muy adinerada, en su afán social por mostrarse respetuosa de los mandamientos, sin dañar sus propios intereses diciendo: “¡Por favor, cuando venga la inflación repártanla entre los pobres ¡”.
Norberto Ivaldi