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El acordionista Chango Spasiuk destaca que "lo esencial está en las sutilezas"

El acordeonista misionero explicó cómo se relaciona su música con Jaques Morelenbaum, con quien se presenta esta noche en el teatro El Círculo, desde las 21.30. 

Sábado 15 de Marzo de 2014

El Chango Spasiuk y Jaques Morelenbaum recién se conocieron personalmente el domingo pasado, pero su conexión musical, que traza una línea entre dos tradiciones bien distintas como el chamamé y la bossa, se estableció hace tiempo, justo ahí donde la música es entendida “como una oportunidad para descubrir cosas nuevas”. Así lo explica el mismo Spasiuk, con su tono tranquilo y convencido. El acordeonista misionero y el chelista brasileño, que trabajó junto a Tom Jobim y Caetano Veloso, entendieron a través de su obra que podían conectarse más allá de los géneros, y partir de esa premisa planearon una gira conjunta que hoy los trae a Rosario, donde actuarán, a las 21.30, en el teatro El Círculo.

   El creador de discos como “Polcas de mi tierra” y “Pynandí” abrirá el recital con una formación de cuarteto, junto a Marcos Villalba (guitarra, voz y percusión), Víctor Renaudeau (violín) y Marcelo Dellamea (guitarra y voz). Morelenbaum, por su parte, tocará con Lula Galvao (guitarra) y Marcelo Costa (percusión). En el show que dieron este martes en Buenos Aires, los dos grupos se juntaron al final para mostrar sus particulares versiones de “Vuelvo al sur” (Piazzolla) y de “Infancia” (Spasiuk).

   En charla con Escenario, el Chango habló de su vínculo con Morelenbaum, analizó la actualidad del chamamé y cuestionó sin medias tintas al festival de Cosquín. También adelantó cómo será su próximo disco, grabado en vivo en el teatro Colón.

   —¿Cómo se conocieron con Morelenbaum?

   —Yo conocía su trabajo como músico y productor, y a través de amigos en común él conoció mi trabajo también. Y me han dicho que le ha gustado mucho, al menos eso creo (risas). El se entusiasmó un montón y propuso hacer una gira juntos por la Argentina. Es complicado explicar que a partir de un amigo en común que nos vinculó terminó saliendo una gira, pero hay un montón de cosas más en el medio. No es algo que se arme como una receta. Hay muchos puntos de contacto que vinculan a una persona con otra, para que en un determinado momento cada uno se haga un espacio y se junte con el otro. Posiblemente lo que se vea en concierto sea una parte muy pequeña de lo que en realidad es ese verdadero encuentro, que es un intercambio de música y un tiempo de charla y de prueba. Uno apuesta a fortalecer ese lazo, y a pensar que el concierto es sólo el inicio y no el final de ese encuentro.

   —¿Qué te llama la atención de la música brasileña? ¿Cuáles son los compositores que más te llegan?

   —A mí no me gusta hablar de la música de tal país, de toda una cultura o una tradición. A mí lo que me conecta con la música son personas que tienen una mirada particular. Dentro de las tradiciones musicales hay cosas que me caen bien y otras que no. Si uno mira puntualmente la obra de Morelenbaum— los músicos con los que ha trabajado, desde Egberto Gismonti hasta Gal Costa y Caetano Veloso— se da cuenta que hay una coherencia en su sensibilidad. Lo que me conecta con él en este caso es su manera de ver los proyectos, su tratamiento acústico del sonido, los instrumentos que usa, el tipo de repertorio, y sobre todo entender la música no en términos de entretenimiento sino como una oportunidad para descubrir cosas nuevas. Lo que me toca el corazón es la manera en que alguien puede desarrollar un universo sonoro propio desde una tradición.

   —¿Hay algún punto de contacto entre el samba, la bossa y el chamamé?

   —No, técnicamente no, porque son músicas que tienen su origen en contextos completamente diferentes. Por eso esto no es una cruza entre el samba y el chamamé, sino un encuentro de dos personas que piensan parecido sobre la música aunque están parados en tradiciones diferentes. Para mí no funciona juntarse porque hay cosas en común entre los géneros que aborda cada uno. Lo que funciona es juntarse porque hay un punto en común en lo emocional, en lo anímico con ese intérprete, en su manera y su necesidad de expresarse con la música. Y con eso alcanza y sobra para que se encuentren las dos tradiciones, los dos proyectos. Por ahí suena naif, como demasiado sutil, pero en esas sutilizas está lo más concreto para mí en este último tiempo de mi vida. Lo esencial está en las sutilezas. Lo obvio no es importante para mí.

   —A 25 años de tu disco debut, ¿qué creés que cambió en el chamamé en todo este tiempo?

   —La verdad es que no lo tengo muy claro. El chamamé no está en su época de oro. Su época de oro fue con los grandes compositores, como Cocomarola, Montiel e Isaco (Abitbol). Más allá de eso el género ha tenido un desarrollo estético, han surgido un montón de proyectos con diferentes improntas, como la de Antonio Tarragó Ros, Teresa Parodi, Raúl Barboza, Rudi y Nini Flores o Coqui Ortiz. Pero es un género muy grande y muy amplio, que va desde tocar con una orquesta de cámara hasta una pista de baile un domingo al mediodía. El chamamé tiene una gran capacidad de adaptación estética y de poder moverse en un montón de espacios diferentes. Es una música que no puede estar limitada a un circuito, que tiene muchas posibilidades, tantas como la de poder sentarnos con un chelista de Río de Janeiro como Jaques Morelenbaum y poder compartir una experiencia.

   —La escena de los festivales regionales, ¿es suficiente para difundir el género?

   —No. Muchos festivales que en su momento fueron gestados como para crear un espacio de encuentro y de construcción, después terminaron siendo un espacio con contenidos totalmente previsibles y muy cerca del entretenimiento, lo que no está mal, pero que como comunidad nos deja vacíos. Son tendencias que uno ve reflejadas en festivales como el de Cosquín, por ejemplo. En muchos lugares es como que el caballo está arriba del jinete, está todo patas para arriba, y es un signo de esta época también. Yo creo que deberíamos cuidar más los pequeños espacios. El chamamé tiene su festival en Corrientes, que es uno de los festivales más grandes e importantes que hay en el género. No hay ningún festival que dure 14 días y que tenga el 100 por ciento de su programación dedicada a la música del Litoral. No hay ningún festival temático de esas características en la Argentina. Eso quiere decir que el género es contundente y que tiene una variedad y una riqueza inmensa. Pero, oh, el festival que se supone que debería integrar todas las músicas folclóricas de la Argentina como el de Cosquín resulta que al género le da diez minutos, como ha sucedido con Antonio Tarragó Ros, que es un músico con una carrera de 30 años y le dieron diez minutos para tocar como si fuese un principiante salido de una peña de Córdoba. Ahí uno se da cuenta de las contradicciones con las cuales convivimos. De todas formas lo importante es lo que uno puede aportar desde su lugar, más allá de lo que se pueda decir en las entrevistas.

   —El año pasado grabaste tu primer disco en vivo en el Colón. ¿Por qué elegiste ese escenario tan simbólico?

   —Yo nunca había hecho un CD en vivo, y uno siempre fantasea que para grabar un disco en vivo tendría que ser “el concierto, el lugar”. Y ese lugar es el Colón. Cuando un día llegó la invitación del director del teatro, (Pedro Pablo) García Caffi, para formar parte de un ciclo llamado “Intérpretes argentinos” inmediatamente dije: “Ah, este es el momento para hacer el disco”. El Colón no es sólo por el prestigio. Allí realmente suena bien la música acústica, se puede expresar en toda su dimensión. También va a salir un DVD que incluye el armado del concierto, los ensayos, los arreglos y todo ese trabajo detrás del telón del teatro. Ahora estamos trabajando en la posproducción del álbum. La idea es editarlo para junio, ojalá que lleguemos.

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