El árbitro: un bien innecesario
Figurita 4: el árbitro. Es extraño que alguien se alegre al abrir un paquete y encontrar inmortalizada en el cartoncito a la cara de un referí. La pasión no tiene aspecto de esos prolijos señores...

Viernes 04 de Junio de 2010

Es extraño que alguien se alegre al abrir un paquete y encontrar inmortalizada en el cartoncito a la cara de un referí. La pasión no tiene aspecto de esos prolijos señores, seguramente engominados en cabellos y almas, con cara de cualquiera menos de alguien que pasa tardes en una cancha de fútbol.

Esa figu nunca es la difícil y nadie dudaría en cambiarla por otra cualquiera, hasta por una repetida. No es muy de futbolero llevar en la billetera, o atesorar en el cajón de las medias, un cartoncito en honor a Horacio Elizondo. Tampoco es usual ver en el banco de una plaza a un orgulloso abuelo relatándole a su nietecillo tiernas historias, mientras le muestra la figurita de Guillermo Nimo.

El fubolero no confía en los botonazos, arbitrarios jueces que privilegian el respeto a las leyes del juego a que gane nuestro equipo. Seguro que cuando eran pibes, cuando la profe iba al baño les pedía a esos que anotaran en el pizarrón el apellido del compañerito malo que tiraba tizas.

Pero, hace poco, el vendaval propagandístico del movimiento del nacionalismo futbolístico nos vendió que no podemos admitir un triunfo mundialista sin argentinos y debimos fanatizarnos con el pitar del cuerpo arbitral.

En la historia de tan ecuménica justa atlética quedó estampada la memoria de don Horacio Elizondo y sus jueces de línea: Rodolfo Otero y Darío García, próceres criollos que impartieron justicia en aquella final entre Italia y Francia, en 2006. Pero no se registraron aglomeraciones en el Monumento a la Bandera, ni cuando Elizondo expulsó al francés Zinedine Zidane por cabecear al italiano Marco Materazzi.

Por no perder publicidades y horas de televisión, los promotores del show describieron al colegiado como un artista, que con un diminuto instrumento de viento convoca a estruendosos festejos o a una multicolor suelta de puteadas. No hay músico que con apenas un silbato intérprete hasta la leve intensión violenta de un defensor.

Por tomar decisiones cruciales bajo la vista de millones y correr 90 minutos sin ligar un pase, los árbitros merecerían un lugar entre las figuritas.

Pueden enfrentar al gentío y ser respetado, pero al salir del perímetro del paraíso terrenal, se quedan sin impunidad. Orgulloso de su prestigio, el mismo Elizondo aceptó impartir su oficio en un cruce de representativos de Fuerte Apache y Ciudad Oculta.

Entre ásperos monoblocks del oeste porteño, el prestigioso juez dirigió el encuentro, sin que se registrara violencia alguna. Pero, al irse del predio comprobó que le habían afanado el reloj que había ganado en el Mundial. De todas formas, el hecho no fue caraturalado como delito, sino como justa venganza por nunca escuchar advertencias como: “¡¡La hora referí !!”.

Mañana, Figurita 5: La linegirl