Miércoles 09 de Septiembre de 2009
En su edición del 5 de septiembre, La Capital publicó una noticia que estremece. En 1992 Todd Willingham fue condenado a muerte por un jurado de Texas que lo encontró culpable del incendio de la casa familiar que provocó la muerte de sus tres hijas en la Navidad de 1991. Fue ejecutado en 2004. Siempre clamó su inocencia. Tenía razón. El semanario The New Yorker puso en evidencia la existencia de numerosas anomalías durante la larga investigación que terminó por condenar al pobre Willingham: inexistencia de peritajes, un psiquiatra que destacó la peligrosidad del imputado pese a que jamás lo había visto en su vida, incompetencia de los abogados de oficio y testigos que cambiaron de opinión para favorecer a la parte acusadora. En agosto último, un reconocido especialista en escenarios de incendios remitió a la Comisión de Etica de Texas un informe en el que afirma rotundamente que el incendio fue accidental y que el peritaje de entonces jamás se basó en una investigación científica de incendios. A mi entender, he aquí uno de los argumentos más firmes para erradicar de la faz de la tierra la pena de muerte: el riesgo cierto de condenar a un inocente. Quienes deciden acerca de la inocencia o culpabilidad de un ser humano están expuestos a la falibilidad, es decir, pueden equivocarse. Pero estos errores terminan por quitarle la vida a un inocente, tal como aconteció con Willingham. Las consecuencias que traen aparejadas decisiones equivocadas en cuestiones tan trascendentes como la referida a la condena a muerte de una persona, no hacen más que poner en evidencia la necesidad de imponer normativamente como pena máxima en el ámbito penal la reclusión perpetua, aunque se trate de alguien que viola, mata y descuartiza a sus víctimas. No hay crimen más abyecto que la decisión del Estado de condenar a muerte a un inocente. Ojalá que la tragedia de Todd Willingham convenza definitivamente a la humanidad de que la pena de muerte, además de ser una inmoralidad, puede provocar la peor de las injusticias: la muerte de un inocente.
Hernán Andrés Kruse, hkruse@fibertel.com.ar