Jueves 09 de Enero de 2014
Hace unos días fui testigo de un hecho en el cual un niño de seis años se dirigió a su amiguito con un calificativo grosero. Al oírlo, su madre le preguntó qué dijo. Al verse interpelado, el niño repitió el calificativo pero en diminutivo. Ante esto, su madre le preguntó de dónde sacó esa palabra. A lo que el niño respondió: "Yo escuché una vez que dijeron así". En conclusión, había sucedido lo mismo de siempre: el niño repitió lo que escuchó. Para muchos padres, tal vez la solución a este hecho esté en pegarles a sus hijos en la boca o en retarlos solamente, cosa que considero insuficiente, porque a esto habría que agregar el hecho de que ellos (los padres) también tienen que controlar su manera de hablar en presencia de los niños, cosa que muy pocos hacen. Siendo que la grosería es hija de la vulgaridad y, a su vez, que la vulgaridad lo es de la mediocridad. Los argentinos, que vivimos cautivos de lo mediocre, tenemos que idear formas nuevas de vivir para escapar de estos flagelos. En procura de una mayor dignidad de vida, por lo menos en el pequeño recinto familiar, tratemos de modelar la forma de ser de nuestros hijos. Partiendo desde algo tan sencillo como lo expuesto inicialmente, consideremos que todos nos beneficiaremos si formamos buenas personas para la sociedad, buenos alumnos para la escuela, buenos ciudadanos para la Nación, y buenos hombres y mujeres para la patria. Rousseau decía: "Sólo los hombres vulgares necesitan ser educados; y sólo su educación debe servir de ejemplo para sus semejantes: los demás se educan a pesar de las contrariedades". Dicho de otro modo: eduquemos desde temprano a nuestros hijos, porque no es bueno dejar liberada al azar su educación.
Daniel E. Chávez
DNI 12.161.930