Martes 14 de Enero de 2014
Cito un párrafo de la carta del señor Daniel Chávez a raíz de haber escuchado a un niño decir una mala palabra: “Para muchos padres, tal vez la solución a este hecho esté en pegarles a sus hijos en la boca o en retarlos solamente, cosa que considero insuficiente porque a esto habría que agregar el hecho de que ellos (los padres) también tienen que controlar su manera de hablar en presencia de los niños, cosa que muy pocos hacen. Siendo que la grosería es hija de la vulgaridad y, a su vez, que la vulgaridad lo es de la mediocridad”. Quizás fue desafortunada la expresión: “considero insuficiente” (aceptando implícitamente la agresión física). Cuando se habla de educación de los hijos, cada cual tendrá sus lineamientos, lo que no se admite es la agresión física: es sabido que de padres golpeadores se heredan hijos golpeadores (o se llegan a desgracias como el reciente caso de Priscila, la nena asesinada a golpes por su madre). Por eso me llamó la atención la liviandad de admitir que los padres pueden pegar en la boca ante una mala palabra. Citando palabras del gran Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua: ¿Qué es vulgar o qué no es vulgar? No soy partidaria (parafraseando a Serrat) de: “eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”. Concuerdo con el lector Chávez que el ejemplo deben ser los padres, y también la sociedad en las que están inmersos, pero para darle el discernimiento a los hijos, para que tengan herramientas suficientes para elegir las palabras o actuar responsablemente en el momento oportuno. No es lo mismo agredir a otra persona con cierta palabra discriminadora, o con hechos, que insultar cuando uno se golpea (si algunos utilizan palabras que, como dijo Fontanarrosa: “¿Son malas porque les pegan a las otras; o quizás las hizo malas la sociedad?”). Por último, creo que a veces decir “malas palabras” es menos nocivo que actuar discriminadoramente, o embaucar con dulces palabras y no ser coherente con el accionar. Estas son las actitudes que el niño aprende cuando en la casa, escuela, o desde el mismo gobierno, se dice una cosa y luego se hace otra. “Las actitudes son más importantes que las aptitudes”, señalaba Winston Churchill, el célebre político y estadista nacido en el Reino Unido (1874 - 1965).
Silvia Buonamico