Dos periodistas desentrañan en "El jesuita" la vida de Bergoglio
Dos cronistas se propusieron descubrir quién es y cómo es ese sacerdote porteño que por un pelo no fue elegido Papa, que ostenta la mayor jerarquía dentro de la Iglesia Católica argentina...

Domingo 16 de Mayo de 2010

Dos cronistas se propusieron descubrir quién es y cómo es ese sacerdote porteño que por un pelo no fue elegido Papa, que ostenta la mayor jerarquía dentro de la Iglesia Católica argentina y que, no obstante, no vacila en recorrer las parroquias más pobres de las villas miseria, a las que llega en ómnibus o en subte. Esa radiografía resultó tanto más fructífera cuando lograron derribar la modestia a toda prueba del cardenal Jorge Mario Bergoglio.
  En encuentros que se alargaron durante dos años, Sergio Rubín, veterano cronista especializado en el ámbito religioso, y Francesca Ambrogetti, periodista y psicóloga social italiana residente en Buenos Aires como corresponsal de la agencia de noticias italiana Ansa, pudieron acceder a la cotidianeidad del primado de la Argentina, a su muy rica historia personal, a sus convicciones más acendradas, y en ese marco repasar la relación de las últimas décadas entre la Iglesia, el gobierno y la sociedad. Allí nació entonces “El jesuita. Conversaciones con el cardenal Bergoglio, sj”, que con 192 páginas fue editado por la Editorial Vergara.
  Recogieron en el trayecto perlas imperdibles, como la afición del cardenal por el tango, del que se sirve para rematar no pocas conclusiones sobre diversos temas; su inopinado humor, que le permite contar chistes sobre la religión y los curas, y su inacabable humanidad, que resulta de la esencia de su enorme convicción religiosa.
  Rubín, quien cubrió una decena de viajes del Papa Juan Pablo II y la elección del actual Pontífice en el Vaticano, sólo por citar algunas coberturas de su vasta trayectoria, junto con Francesca Ambrogetti consideraron que en Bergoglio había mucho más para abrevar que los titulares de los diarios que reflejaban sus homilías castigando las desviaciones del poder y la impiedad social.
  “Sabíamos que tenía un trato muy afable y una gran cercanía con la gente, y sin embargo, su bajo perfil lo hacía prácticamente desconocido para le gran público”, recordó Rubín a La Capital. “Por eso, cuando le propusimos que queríamos hacer un libro, se sorprendió. En un primer momento no le gustó la idea, pero al fin pudimos convencerlo. Comenzamos a tener charlas por la mañana donde exponíamos un tema y luego lo desarrollábamos. El nos preguntaba: «¿Realmente creen que lo que dije puede ser útil?»”. Con el paso del tiempo comenzó a aflojarse, a acordarse de de sus abuelos inmigrantes del Piemonte, de su secundaria en una escuela técnica química, de su trabajo en un laboratorio, de la enfermedad que casi cobra su vida a los 21 años, de su ordenación y más, haciendo un correlato con la sociedad de la época”.

La familia y la vida. Bergoglio, nacido en Buenos Aires en 1936, habló entonces de su entrañable cariño por una de sus abuelas, de cuando su madre le enseñó a cocinar (“¿Sabe cocinar bien?. Bueno, nunca maté a nadie”), de sus lecturas de la revista Propósitos del Partido Comunista (“Me gustaban los artículos de Leónidas Barletta, pero no fui comunista”), de cómo se presenta ante un grupo de gente que no lo conoce (“Soy Jorge Bergoglio, cura. Es que me gusta ser cura”), del afecto por Jorge Luis Borges (“Era un hombre muy sapiencial, muy hondo. Un agnóstico que todas las noches rezaba el Padrenuestro porque se lo había prometido a su madre y que murió asistido religiosamente”), de que le gusta la poesía de Hörderlin, la literatura italiana, Dostoievsky y Marechal.
  Reveló su afición por Beethoven, por el tango, que también bailaba (“A Azucena Maizani le di la extremaunción. Había ido a verla porque éramos vecinos y en el hospital me encontré con Virginia Luque y Hugo del Carril”), las películas de Tita Merello y del neorrealismo italiano, su recuerdo de las hermanas Legrand en la película “Claro de Luna” que vio cuando tenía 8 o 9 años y la emoción que le despierta “La crucifixión blanca”, del pintor judío Marc Chagall.
  Y muestra y demuestra su terror a incurrir en el pecado de la soberbia.
  El Bergoglio medular aparece en “El jesuita” (que fue prologado por el rabino Abraham Skorka) cuando Rubín y Ambrogetti lo meten de lleno en los valores del trabajo, del sacrificio, de la trascendencia de las personas, de la fe, de la Iglesia, siempre abarcando su cosmos en forma absoluta.
  Bergoglio sostiene que “la gente desocupada no se siente persona, y por más que su familia lo ayude, quiere trabajar, quiere ganarse el pan con el sudor de la frente. El trabajo unge de dignidad a una persona. Por eso es muy importante que los gobiernos fomenten la cultura del trabajo, no la de la dádiva”.
  Y añade:
  Se debe revisar la vida interna de la Iglesia para salir hacia el pueblo fiel de Dios. La conversión pastoral nos llama a pasar de una Iglesia reguladora de la fe a una Iglesia transmisora y facilitadora de la fe.
  Juan XXIII también era un pastor que salía a la calle. Siendo patriarca de Venecia solía bajar a la plaza de San Marcos para cumplir con el «rito de la sombra», que consiste en ponerse a la sombra de un árbol o de un tabique de los bares y tomarse un vaso de vino blanco junto con los parroquianos. Eso para mí es un pastor: alguien que sale al encuentro de la gente.
  Me gusta hablar de la Patria, que viene de padre, la que recibe la tradición de los padres. La patria es la herencia de los padres en el ahora para llevarla adelante. Por eso, se equivocan tanto los que hablan de una patria desgajada de la herencia como aquellos que la quieren reducir a la herencia y no la dejan crecer.
  Rubín y Ambrogetti le señalan entonces que él tiene una visión moderadamente optimista tanto del país como del mundo.
  Es lo que siento. Nosotros no lo veremos, lo verán nuestros hijos. Como ese cuento de los dos curas que están charlando sobre un futuro Concilio y uno le pregunta al otro: ¿un nuevo Concilio va a suprimir el celibato obligatorio? Y el otro responde: Parecería que sí. Pero el primero concluye: de todas formas, nosotros no lo vamos a ver, lo verán nuestros hijos. l