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Don Taco, el hombre de aquel viejo boliche instalado en la isla Charigüé

Debajo de unos sauces blancos, don Taco toma mate y saborea una rebanada de pan casero recién sacado del horno de barro. El pan dulce artesanal espera su turno.

Domingo 07 de Abril de 2013

Debajo de unos sauces blancos, don Taco toma mate y saborea una rebanada de pan casero recién sacado del horno de barro. El pan dulce artesanal espera su turno. Es viernes, día de trabajo duro para este personaje que a los 87 años es el patriarca de los vecinos de la isla del Charigüé y aún sigue contando historias de aquel boliche que fue un clásico, un lugar de reunión impostergable sobre el Paraná Viejo donde pasó de todo: desde visitantes ilustres a comilonas memorables, de anécdotas incontables hasta un programa de radio hecho en vivo.

   Joaquín Cirilo Orellano es don Taco, pero muy pocos lo conocen por su verdadero nombre. “Cuando tenía dos años había un primito de cuatro que lo único que le salía era decirme Taco. Y así me quedé...”, le cuenta a La Capital en una soleada mañana donde un silencio de paz acompaña la charla. El hombre nació el 9 de marzo de 1926 “en el Paranacito, en un lugar al que le decían La Balsa porque había una balsa que cruzaba a los caballos cuando venía la gente de Victoria con la hacienda. Vivimos un tiempo allí y después la familia se fue a Villa Constitución. Yo tenía 2 o 3 años. Después nos mudamos a Villa Diego y a eso de los 8 años vinimos al arroyito ese que está ahí, Las Lechiguanas. Ahí nos criamos hasta los 20 años. Eramos 13 hermanos. Papá se dedicó a pescar y mamá laburaba todo el día”.

   Hizo el servicio militar en el 3 de Artillería Montada, en Diamante, y muestra orgulloso un portarretratos con el uniforme. Trabajó cuatro años en Rosario, hizo boxeo y vivió uno en Buenos Aires, pero nunca se halló. En el 50 y pico decidió volver a la isla e instalarse definitivamente. Primero vendía pescado y al boliche que sería famoso lo instaló en Las Lechiguanitas. “Había un hombre llamado Barragán al que le vendía pescado. El me decía que pusiera un boliche, hasta que me decidí. Traje mercadería de un local que estaba ubicado en la 6ª y empecé. Tenía de todo, zapatillas, hilo de coser, agujas, era como un almacén de ramos generales. Había bebidas de todo tipo y también algún cuero de nutria. La clientela era gente de la isla cuando arranqué. Después, cuando me cambié acá al Charigüé, empecé con la clientela de la ciudad. También tenía picadas muy buenas y pan casero. Si no había pan, muchos seguían de largo. A veces preparábamos asado o pastas y también eran muy conocidas las empanadas de pescado que hacía”, cuenta.

   La fisonomía del paisaje fue cambiando con el tiempo. “Al principio había unas 30 o 40 familias. Hoy tal vez haya menos gente. La gente venía mayormente con la lancha de pasajeros, que dejó de pasar en la década del 80. Ese día había 600 personas acá. La lancha se fue a pique en el 82. El río estaba crecido y hubo una tormenta del norte muy fuerte. El viento la recostó contra La Fluvial y la hizo pedazos. Después empezaron a venir más en lanchas particulares”.

   Cuenta que cuando llegó a vivir a la zona, el monte que se encuentra frente a su casa no existía. “Esto era todo río. Cuando recién llegamos, de acá a unos 300 metros había un timbó colorado que había quedado de una creciente y ahí se empezó a formar un banco, y después un montecito hasta formarse esta isla. Pero nunca me enojé con el río. Y mire que viví crecidas bravas, como la del 98, donde el agua subió un metro”, recuerda.

   El boliche fue adquiriendo fama. “El boliche se llamaba Taco y Osvaldo Casas, de Los Sandwicheros, le puso el Paraíso de Taco. Siempre seguí con lo mismo, aunque le incorporé más mercadería. Lo fuerte eran los sábados y domingos”. El rancho propiamente dicho tenía un patio para comer y luego un mostrador con rejas trabajadas donde se exhibía la mercadería. Detrás, un gran depósito donde hoy duermen cajones de gaseosas y cervezas.

   “Acá el primero que vino fue el Negro Olmedo, allá por el 65. Un día llegó desesperado y me dijo «¡vamos Taquito!, venite conmigo a Buenos Aires». No sé para qué me quería llevar. Yo viví un año allá y no me gustó para nada. Me acuerdo que mojaba el pan dulce en un vaso de vino”. Prefiere no hablar de “famosos”, sino de gente que se sentía a gusto y con la cual le gustaba compartir. “Gente conocida vino muchísima. El Flaco Menotti, el Pato Pastoriza o Van Tuyne, el que jugaba en Central. Otros que venían seguido eran Quique Pesoa y Susana Tealdi, que era la locutora que teníamos cuando hacíamos el programa de radio con Enrique Gallardo. Pero también han venido políticos, militares y hasta jueces. ¿Por qué el lugar era tan conocido? No sé, supongo por el lugar, por el clima que se generaba en los encuentros. Además, se comía muy bien”, explica entre risas y recuerdos.

   Lejos de lo que podría suponerse, la bebida de cabecera de Taco es el mate. No hay vino, no hay cigarrillos, tampoco medicamento alguno. Su rutina diaria comienza bien temprano, tipo 5 o 5 y media. Ahora está arreglando el terreno para hacer una quinta, a veces junta leña, escucha radio, charla con algunos amigos, como su vecino Julio, y siempre pasa alguien a comprarle pan casero o pan dulce, una de sus especialidades (ver aparte). “Esto es tranquilo, amo esta vida, siempre hay alguien para conversar”, detalla mientras hace pausas para controlar uno de los tres hornos de barro que tiene, en el que cocina el pan dulce.

   Algunos problemas de salud, el hecho de que la lancha de pasajeros no pasara más y otros inconvenientes de los que prefiere olvidarse hicieron que Taco cerrara su boliche cuando el nuevo milenio estaba despertando. “Se juntaron muchas cosas”, dice nostalgioso. “Y muchos me dicen que empiece otra vez, pero ya no. Yo vivo bien acá, para mí esto es el paraíso. Muchas comodidades de las que hay en la ciudad no tengo. Pero vivo sin que nadie me mande, sin andar cumpliendo horarios, siendo libre como el pájaro en el cielo”.

   Hoy, el hombre que dijo haber hecho primer grado “como ocho años”, el que se acuesta un poco antes de las 10, el que vive de una jubilación y la venta de los panes caseros y dulces, el que disfruta con el tango, el vals, las milongas y las polcas paraguayas, tiene sus puertas abiertas. Conocidos o no, Taco siempre está para charlar, mate y anécdotas a mano.

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