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Diluvio

Como tantas otras veces en estos últimos tiempos, llovió mucho, pero mucho en poco tiempo. En menos de una hora la ciudad quedó llena de canchas de remo.

Viernes 17 de Marzo de 2017

Como tantas otras veces en estos últimos tiempos, llovió mucho, pero mucho en poco tiempo. En menos de una hora la ciudad quedó llena de canchas de remo. No había sido el diluvio universal pero inundó miles de universos chiquitos. Y como todas las otras veces, hubo enojo, aprensión, cortes de luz, tipos solidarios y otros temerarios.

El agua bajó llevándose de todo pero no la mugre ni la bronca. Las crisis, se sabe, evidencian los extremos a los que pueden llegar las personas. La furia de la naturaleza salió indemne a la hora de buscar culpables, ¿cómo alguien puede enojarse con las tormentas?, es como querer tapar el Sol con un dedo. Quedan entonces los convencimientos de que esta fue la peor de todas hasta que sale alguien que se acuerda de otra más catastrófica.

En esas circunstancias se exalta la solidaridad y no es raro ver a vecinos que cortan las calles con los contenedores de basura para que los autos y colectivos no hagan olas que entran sin permiso a sus casas y arrasan con los muebles del comedor, que se meten en los dormitorios y devastan los placares, que arruinan sin piedad los cofres de madera donde se guardan los juguetes de los nenes, que bañan de un líquido pútrido los triciclos y los peluches. Ni hablar de la ruina que le espera a la heladera, el lavarropas y cualquier otro aparato que esté apoyado en el piso.

También están los que advierten a transeúntes y automovilistas sobre las bocas de tormenta cuyas tapas volaron más alto que la Apolo 11.

En esos trances, para ellos no hay consuelo posible. De modo que es suicida decirles esta lluvia es buena para el campo.

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