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Dicen tener identificado al 60 por ciento de los autores de homicidios del año

Revelan que siete de cada diez crímenes en el departamento Rosario se cometieron con armas de fuego. Son los casos desde el 10 de febrero, inicio del nuevo sistema penal.

Martes 22 de Julio de 2014

La cifra de 151 homicidios dolosos en el departamento Rosario en lo que va del año superaba al día de ayer por 20 los hechos registrados en el mismo lapso del año 2013. Al mismo tiempo la Unidad de Homicidios Dolosos de la Fiscalía General de Rosario registra 112 asesinatos desde el 11 de febrero, cuando empezó a regir el nuevo sistema penal, hasta el día de ayer.

Como datos significativos del inventario hay dos que, para los funcionarios a cargo de este órgano, merecen resaltarse. Uno es la incidencia destacada de las armas de fuego en la comisión de estos delitos letales: siete de cada diez. El otro es que en un 61 por ciento de los casos los autores presuntos están identificados con nombre y apellido o son identificables. Esto no equivale a presentar los casos como esclarecidos, pero presupone buenas chances de que puedan serlo.

Otro aspecto llamativo es que se constata una baja del factor del delito previo, especialmente en lo referido a la disputa por cuestiones de droga, como motivo que explique los homicidios.

Triviales y trágicos. "No decimos que el delito previo esté ausente sino que en los homicidios de este año no aparece como causa central. Lo que tenemos como detonante principal es el conflicto menor, a veces intrascendente, entre personas vinculadas por lazos familiares o barriales. Hechos menores que terminan de manera trágica por la facilidad del acceso a las armas de fuego", sostiene Adrián Spelta, jefe de la Unidad de Homicidios Dolosos del Ministerio Público de la Acusación en Rosario.

El aumento de muertes conectadas a las economías delictivas, entre ellas la droga, ha sido algo claro en Rosario en los últimos tres años. Pero es una fracción no mayoritaria de todas las violencias letales aunque sea, no de modo arbitrario, la que más preocupa a los medios y las que más distorsiones interpretativas genera en el sistema político y también en la prensa.

Para decirlo de otro modo: la cuestión del narcomenudeo y el tráfico de drogas es una explicación necesaria de la violencia, con gravitación creciente, pero no la más acertada para explicar los asesinatos en el departamento más poblado de la provincia.

Mirada global. La distensión en las relaciones políticas entre los gobiernos nacional y provincial sobre las cuestiones de la seguridad pública instala un terreno más racional para la discusión sobre los homicidios en Rosario. La duplicación de la cantidad de casos en el término de los últimos tres años transforma al asunto en una problemática de obligatoria intervención pública.

Pero la forma acalorada de dar el debate frente al peso de las cifras, regida menos por análisis de calidad que por estados de alarma, no permite ver algunas cuestiones fundamentales: con qué tienen que ver los asesinatos, cómo se distribuyen en el relieve urbano, cuánto hay en ellos de violencia criminal específica y cuánto de una violencia social de interpretación compleja.

El panorama de los homicidios en Rosario se mantiene en sus términos críticos. En el primer semestre de 2014 hubo más casos que en el primero de 2013, el año en el cual la tasa de homicidios, con 22 muertes cada 100 mil habitantes, tocó su máxima histórica. Es decir que el fenómeno no declinó sino que, en una comparación a muy corto plazo e irrelevante estadísticamente, parece estabilizado. Lo que sigue impregnando de equívocos todas las discusiones es de qué tipo de violencias nos hablan estos homicidios. Claramente no de una sola.

Como se dijo, la expansión del negocio que representa la droga en Rosario, junto a otros mercados de bienes ilícitos, trajo aparejado un mayor número de homicidios. Pero la mayor parte de las muertes provocadas por acciones intencionales en Rosario no está relacionada con actividades criminales.

Esto equivale a decir que narcotráfico o narcomenudeo no tienen en la mayor ciudad de la provincia el peso principal en el total de homicidios. Ni tampoco las procedentes de agresiones en ocasión de robo que tienen, sin embargo, un repunte sensible: este año llegan al 19 por ciento de los hechos cuando su tope era el 16 por ciento registrado en 2012.

Impacto y distorsión. Asesinatos como el del sindicado narcotraficante Luis Medina a fin de 2013 en el acceso sur, el del comisario mayor Guillermo Morgans hace un mes en un negocio de Salta y Ovidio Lagos, o el del quiosquero Jorge Massin en barrio Martin a principios de año son los más evocados por cómo impactan en la memoria ciudadana y la cobertura de la prensa. Pero son por lejos los menos típicos.

En Rosario el tipo de homicidio predominante y mayoritario es el que menos llama la atención pública. Son hechos que pasan desapercibidos para la gran mayoría. Y tienen como rasgo compartido ser el resultado de una violencia interpersonal intensa, especialmente ejercida desde y hacia personas jóvenes de sectores populares que matan o mueren en tramas de disputa doméstica, intrafamiliar o comunitaria, muchas veces por conflictos menores que se resuelven de manera extrema.

Exclusión. Este tipo de homicidio se vincula mucho más con una violencia social resultado de un proceso que en general encuentra a sus protagonistas en zonas de desamparo: personas que habitan áreas de gran fragmentación urbana y marginadas de proyectos de vida lícitos, expuestas al abandono escolar, la exclusión laboral y la facilidad del acceso a armas ligeras. Lugares donde la violencia entre personas jóvenes emerge además como una función que confiere estatus.

En zonas de Rosario de gran vulnerabilidad es donde la violencia se expresa de manera más persistente con la reiteración de homicidios que suelen quedar en el anonimato al día siguiente de salir en los diarios.

Sobre la inmensa variedad de matices que desembocan en homicidios es interesante la edición de este diario de hace dos viernes, el pasado 11 de julio, donde hay referencia a cinco homicidios. En las dos páginas centrales de Policiales se da cuenta de cuatro.

Uno sólo de ellos tiene apariencia de provenir de gente dedicada a la actividad criminal: es el de un hombre ejecutado de ocho balazos en una estación de servicio.

El segundo fue el caso de un chico de 23 años asesinado un día antes de un balazo en el marco de una pelea en cercanías del apeadero sur. El tercero se trató de una pelea entre vecinos de la villa La Paloma, en zona sur, que terminó con un hombre muerto dentro de su rancho.

El último de los casos ni siquiera apareció en Policiales: fue una disputa de tránsito, por un roce entre dos autos, que terminó con un hombre trompeado que al caer al pavimento murió como consecuencia de golpearse la cabeza. Cinco homicidios en la misma edición. Pero no casualmente la noticia más destacada fue la ejecución en la estación de servicio: el más atípico de los cuatro crímenes. Es porque de esos hechos es el que resulta más interesante como caso. En otras palabras: la mejor historia, no el homicidio más común.

Desigual. Las tasas de homicidio suben de la mano de una actividad delictiva que creció, pero derivan especialmente de una violencia social más importante, pero con menos fama. Una violencia que se vuelve letal menos por cuestiones ligadas a la criminalidad que a la desigualdad. Eso sugiere, para los encargados de la Fiscalía de Homicidios, que allí habría que pararse para atacar a la violencia homicida.

El delito organizado se combate con estrategias que en Rosario son aún muy deficitarias: inteligencia criminal y acción judicial. Pero esa receta no es productiva para enfrentar las muertes generadas en contextos que se definen por la desigualdad y degradación urbana. Que por la experiencia de la cobertura diaria de este diario son los entornos y las condiciones donde aparecen la mayoría de los crímenes en Rosario.

La violencia grosera es allí el modo más usual de resolución de conflictos. Las muertes de personas no ligadas al delito, por lo menos no en forma directa, constituyen la mayoría de los casos.

Las acciones estratégicas a poner en juego en estos casos, entonces, no pasan por la presencia policial sino por la mejora de la calidad de vida, el procesamiento de información de calidad, el diagnóstico eficaz y la mediación de los conflictos antes de que estos estallen. Aspectos que son de política social más que de política criminal.

Impunidad. Tampoco se puede atribuir en forma tranquilizadora a que una mayor intolerancia de los ciudadanos explica la escalada de homicidios. El sociólogo colombiano Juan Carlos Garzón dice que se han formado contextos de impunidad en las que esas violencias progresan. Y en esto tienen gran culpa las instituciones, en su incapacidad o en su ausencia. Hasta el año pasado al 60 % de los homicidios no se les encontró autor.

Es importante además someter a discusión una idea arraigada: que cada homicidio es consecuencia de un Estado omisivo en cualquiera de sus niveles. La violencia está en la naturaleza humana y también en sus contextos culturales. Sobre esos ámbitos, dice Garzón, se debe operar con políticas públicas. Pero una importante cantidad de crímenes son espontáneos, sin premeditación y de muy difícil prevención.

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