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Diario de viaje: Al Dakar lo que es del Dakar

Una experiencia incomparable, una forma de vida por dos semanas que jamás uno elegiría pero que enriquece el alma para lo que más importa: el día después.

Miércoles 22 de Enero de 2014

Con estas páginas ya impresas, habrán transcurrido varios días del final del Dakar. Y de regreso a Rosario, a lo cotidiano, del reencuentro con los afectos tan extrañados durante dos semanas que parecieron meses, inserto en una vida a más de cien kilómetros por hora para la cual uno nunca puede prepararse demasiado. Menos cuando fue la primera experiencia, única, incomparable, que muy en el fondo, cuando se separa la paja del trigo, realza valores humanos que uno no sabe bien por qué no son tan visibles en el día a día. Conclusiones parecidas, salvando las distancias, a una colimba. Para el que la hizo, sabe de qué hablo. Y hubo un detrás de escena de tanto ruido, auto y caños de escape. Pues bien, ahí va.

La carpa, todo un tema:

Seguramente alguien acostumbrado a la vida de campamento dirá: "Mirá el salame este lo que dice", pero creo que son más los que no cambiarían la cama mullida por dormir en el suelo. Claramente se vio eso entre el grupo de periodistas que siguió cual circo itinerante la rutina del Dakar. Y si no que lo diga Julio, el único boliviano allí, que se compró una carpa iglú y le costó tres días aprender a armarla y desarmarla, mientras vociferaba al principio: "Soy un bicho de oficinaaaaa". Una parecida del Polaco Evangeliste me salvó del ridículo por lo sencilla y lo liviana de llevar. La mayoría, locales y extranjeros, pasó por la tienda de camping y trajo lo último de lo último: unas marca indio que se armaban solitas, pero que terminaron siendo una trampa marca Acme. El problema para todos era hacerlas volver a las formas de plato con que se enfundaban, para lo cual el fotógrafo Alejandro Barreda, de Clarín, cumplió un rol clave: fue el único que le agarró bien la mano. Eso sí, se la pasó todas las madrugadas salvándoles las papas a muchos. En cambio, Roberto Berasategui, el más dakariano de todos de La Nación, quiso dar una mano con el método al revés de "más vale fuerza que maña" y el colega Juan Manuel Danza de Tiempo Argentino ya la fue preparando para el remate.

La ropa, otro tema:

"No lleves en la maleta.. lo que no vayas a usar", cantaría José Larralde y completaría con "es más largo el camino pal que va cargado de más". Pues bien, creyéndome previsor como muchos, cargué todo el tiempo en la mochila dos cajitas de barritas de cereal y un termo, creyendo tal vez que iba a pasar semanas sin comida ni agua en medio del desierto. Pero de 4 a 11 se podía desayunar, de 11.30 a 15 almorzar, de 16 a 18.30 merendar, y de 19 a 3 cenar en las inmensas carpas en U. Y todos los días el menú variaba y era acompañado por pastas. Lo mismo que un té o un cafecito extra, siempre era posible, como el agua mineral. Y durante todo el día, tanto en Argentina como en Bolivia y Chile, las carpas preparadas por sus gobiernos también ofrecían un buen servicio. La empresa Sodexo, relacionada a la ASO, no dejó sin alimentar debidamente. Y en el aspecto sanitario, para los malestares siempre la carpa médica a mano. Pero hubo mucho más bultos extras cargados al cuete, como el segundo bronceador, un lente de más, dos gorras, pilas y más pilas, remeras, esa campera gruesa que sólo serviría para Calama, pantalones largos (¿?) La verdad es que las mudas de ropa no fueron cotidianas y tampoco el baño, que mucho no seducía por su agua siempre fría pero además porque había lugares en que no tenía mucho sentido.

Chilecito fue uno, con su viento suficiente para levantar todo el polvo que rodeaba al campamento, que curiosamente tenía verde y hasta una pileta (¡qué diría el beduino africano!), que muchos rápidamente dejaron hecha un asco por el calor insoportable que hizo. De la ducha se salía limpio y a la carpa se llegaba con la tierra ya adherida. Así que el desodorante siempre era la mejor opción.

"Esto es Dakar"

Eso pasó en casi todo Chile. "¡Qué ganas de venir a sufrir!", opinó un novato en la primera estación de Calama. Claro, sin ese tipo de campamento en medio de la nada, donde el calor primero, el frío bajo cero apenas se iba el sol y el viento constante se reían a carcajadas de los tres mil "valientes", donde a su llegada los autos se hacían invisibles a los cien metros entre las nubes de arena, el Dakar no sería Dakar. ¡Buen trabajo tendrán los muchachos de sistemas del diario sacándole todo el polvo acumulado que le quedó a la netbook! Iquique y Antofagasta fueron otra cosa porque apareció a la vista el océano, y en el caso del primero las dunas inmensas apoyaban su base en el campamento mismo y de ahí bajaban los vehículos en una imagen memorable.

Fue uno de los pocos tramos de carrera que podían seguirse. Pero alguien tuvo la poca feliz idea de instalar el centro de prensa al lado de donde bajaban los helicópteros. Tierra y más tierra, para que tengan. En Tucumán se pudo dormir de cara a las estrellas (memorable), en Salta sobre la alfombra del lujoso Centro de Convenciones (¡con carpa y todo bajo el techo!, eso es un buen acampe), y en Chile los lugares eran todos iguales. Verde ausente, suelo duro en general, se buscaba el que más arena debajo tuviera para hacer de colchón.

En El Salvador, un paraje al lado de un aeropuerto minúsculo y desierto extremo en 360 grados a la redonda, directamente la arena era cascote, un territorio agreste como pocos.

Ya a esa altura algunos se creían expertos en la materia, armaban las carpas alrededor de la sala de prensa (para no caminar mucho ¿vio?) y dejaron de poner las estacas. ¿Para qué si los bolsos hacían suficiente peso? Tardamos un poco en darnos cuenta. Pero para cualquier chambonada o protesta, había una buena excusa: "Esto es Dakar".

"El Dakar no espera"

Otra de las máximas fue: "El Dakar no espera". Así que la organización cuasi militar de la ASO no daba lugar para dormirse en los laureles. Si a las 5 o 6 se salía, se salía, casi siempre en avión, especiales o de línea (sólo una vez el maravilloso Hércules). Por eso, las horas de sueño abarcaban desde las 0 o 1, cuando terminaba la recorrida nocturna por el campamento, hasta una hora antes de la salida. Y como despertador, nadie mejor que el obsesivo Agustín Lafforgue, de Corsa, que cortaba el ronquido del grupete de debutantes, que completaba, además de los mencionados al principio, José Alvarez de El Tribuno de Salta, que no llevó carpa en la primera parte y cuando se aprovisionó de ella a mitad de camino en su ciudad, al abrirla en Calama se dio cuenta de que le faltaban los parantes. A seguir durmiendo sobre el piso de la sala de prensa.

En el mismo lodo:

Las recorridas por las carpas de los equipos eran varias, pero ninguna tan enriquecedora como las de después de cenar. Ahí se podían ver a los pilotos que más tarde llegaban, siempre con ganas de hablar de sus vicisitudes pese al cansancio, porque el campamento crea el ambiente de intimidad que no se logra en otros ámbitos. Ahí son (somos) todos más o menos iguales. Así el Pato Silva, recién llegado a Chilecito nos dará la mano con la cara llena de tierra y nos dirá que viene todo muy duro y que la etapa siguiente a Tucumán será peor. Vaya premonición, por la muerte de Eric Palante y el desastre que sobrevendría. O en Tucumán será el gaucho Esteban Germano, recién arribado a la medianoche, el que prácticamente nos obligará a acompañarlo en la cena porque tiene muchas ganas de descargarse y contar lo que vivieron con el español Martín Flix, el que encontraron delirando desnudo. Y no le importaba que en pocas horas volviera a salir al camino. El tiempo siempre pasó de prisa. Y en lugares tan iguales unos de otro, que ya se le va tomando cariño. Como al baño químico, que pese a su aura bien ganada, casi siempre está limpio y exhalando buen olor. Tampoco era cuestión de visitarlo tan seguido, aunque en Calama sirvieron de buen refugio contra el viento insoportable y se justificaba quedarse un poco más haciendo fuerza. Sí, los cambios de hábitos, alteraron el organismo.

Lo que la arena dejó:

Todos en los primeros días anotaron como los presos los días que quedaban, pero el Dakar fue atrapando. Las cuatro horas diarias de sueño fueron suficientes, aunque en el viaje la mayoría dormía antes que el avión despegue. No preocuparse por comer ni verse bien, y mucho menos por la TV crearon otra realidad tentadora. Pero en los dos últimos días la férrea disciplina se relaja. Se nota que el final se aproxima. La actriz porno rusa Anna Polina, marketing del motociclista Hugo Payen, hace su show de exhibicionismo y es un oasis para muchos, pero ni ahí hubo inconducta. Nadie quedó expuesto en una disciplina organizativa admirable. El periplo dejó entonces el aprendizaje que vivir respetando reglas hace a la convivencia. Y amigos con lazos fuertes, en ámbitos que uno jamás hubiera elegido. Como la colimba. Al fin, parece mentira que después de todo, quede una sensación de vacío. Pero, al Dakar lo que es del Dakar, y en todo caso su enseñanza debe enriquecer lo que vale, el día a día con los afectos y las obligaciones de siempre.

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