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Día negro para el fútbol rosarino por la suspensión del clásico entre Central y Newell's

Barbarie. Vergüenza. Inmadurez. Violencia. Incompetencia. Desidia. Locura. Un cóctel fatídico que convirtió al domingo en un día negro para la ciudad, excediendo por lejos sólo el aspecto deportivo.

Lunes 21 de Enero de 2013

Barbarie. Vergüenza. Inmadurez. Violencia. Incompetencia. Desidia. Locura. Un cóctel fatídico que convirtió al domingo en un día negro para la ciudad, excediendo por lejos sólo el aspecto deportivo. Tras una previa cargada de atentados cobardes a sitios identificados con ambos equipos, ayer irrumpió el “tiro” que faltaba para terminar de ensuciar el derby, de darle un sopapo que la historia grande este duelo no se merece. Un herido de bala, cortocircuitos entre las partes a la hora de dar las razones de la suspensión y un clásico que lamentablemente se manchó. Perdió Rosario.

   A media tarde en las inmediaciones del Coloso un policía recibió un disparo de bala de plomo que no le quitó la vida de milagro. Encima tras la requisa policial se halló un arma de fuego cargada y lista para disparar en la pensión leprosa. Bochornoso por donde se lo mire y algo que deberá ser investigado con la seriedad del caso. El reloj avanzaba y alrededor de las seis de la tarde los hinchas locales iban llegando al Gigante. El fantasma de la suspensión tomaba cada vez más cuerpo. A las 20, hora prevista para el inicio del cotejo sólo salieron a la cancha los jugadores de Central, con pecheras y para saludar a los hinchas. Ni ellos entendían bien qué pasaba. Finalmente la pelota nunca rodó, como unos pocos pero muy dañinos querían desde hacía rato. La mayoría de los rosarinos sintieron vergüenza propia porque el partido emblemático de la ciudad se manchó. Ya entrada la noche todas las partes sentaron posición y las declaraciones cruzadas no tardaron en llegar. Organismos de seguridad y organizadores dijeron que Newell’s tenía las garantías para trasladarse a Arroyito y no lo hizo. Mientras que desde el Parque le tiraron la pelota de la suspensión al Ministerio de Seguridad. A esta altura el papelón general ya estaba consumado. Y la sensación de vacío invadió a los amantes del fútbol en general, más allá de los colores que llevan en el corazón.

   Esta vez los protagonistas no fueron los técnicos, los jugadores, ni siquiera los hinchas de buena madera que son por lejos la mayoría. Ocurrió que un grupo de violentos se toparon con la policía en las inmediaciones del club donde no se jugaba el partido y lo recomendable era que no debía haber actividad. El saldo fue un policía herido que debió ser operado urgente (ver página 3). Ahí la fuerza de seguridad irrumpió en el club en busca de los violentos, ante la desesperación y angustia de muchas familias que estaban disfrutando de la pileta y la pasaron muy mal. En la requisa hallaron un arma cargada oculta en la zona de la pensión. Fue el principio del fin.

   El hecho motivó reuniones de urgencia de las más altas autoridades de la seguridad de la provincia, el municipio y los directivos de Newell’s. Y hubo un sinfín de llamados telefónicos entre organizadores, representantes de la empresa televisiva, directivos canallas e incluso las más altas esferas de la AFA. El reloj avanzaba y el público iba tapizando las tribunas del Gigante, todos pegados a la radio y atentos a la llegada del micro leproso para ver si había clásico, pero el colectivo jamás salió de Ricardone. Luego el ministro Raúl Lamberto dijo que garantizaba el traslado del plantel rojinegro (ver página 4) y desde Newell’s, Guillermo Lorente lo negó rotundamente (ver página 5). Dardos cruzados que ponen sobre la mesa un grave cortocircuito discursivo.

   Lo que ayer debió ser una fiesta, con su correlato siete días después en el Parque con el público rojinegro, estuvo lejos de serlo. Al contrario, fue un domingo violento, triste, lleno de impotencia y con la sensación de que Rosario aún debe sincerarse en todos los aspectos y estamentos para poder volver a disfrutar del partido más lindo de todos. Una verdadera pena.

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