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"Detrás del político y el combatiente siempre estaba el Che doctor"

Jean Cormier, biógrafo francés del Che Guevara, incursiona en un aspecto no muy conocido de su vida, en la que ayudaba a la gente a alimentarse mejor y a curarse.

Domingo 07 de Octubre de 2012

En 1981, una charla de cuatro horas en la casa del barrio Miramar, en La Habana, con Ernesto Guevara Lynch, el padre del Che, abrió las primeras puertas y le dejaron una enorme cantidad de anotaciones a mano que entonces no sabía en qué se iban a convertir. Para el periodista francés de El Parisien, Jean Cormier, la figura del comandante de la revolución cubana había estado presente una y mil veces durante los días del Mayo Francés, pero también el rugby y la procedencia vasca lo acercaron aún más al personaje. Por eso volvió una y otra vez a La Habana, a Buenos Aires y a Rosario, se convirtió en uno de los biógrafos del mítico guerrillero, en 1995 editó su primer libro, filmó el documental "Parlez-moi du Che" (Cuéntame sobre el Che), y en los últimos dos años fue detrás de la labor médica. "Doctor Che Guevara", su segundo libro, que presentó esta semana en Rosario. "Detrás del combatiente, del fusil y del político, siempre había en él un doctor buscando y con la cabeza abierta para ayudar a la gente a comer mejor, a alimentarse y a curarse", dice Cormier, que rescata una y otra vez esa tarea humanitaria.

—No es la primera vez que está en Rosario y el hecho que el Che haya nacido acá no es la única razón que lo trae.

—Tengo familia en Rosario, soy de origen vasco y aún tengo un primo en la ciudad. Los Guevara también son vascos, de un pueblito que lleva ese nombre y que está pegado a Victoria (Gasteiz), donde fui una vez con el petiso (Alberto) Granados. Además, aunque el Che era asmático, Rosario es una ciudad donde se respira bien. La verdad es que nació acá de casualidad, y aunque había estado aquí por alguna gira de rugby, aprendí a hablar de Rosario primero por el Che, incluso antes de saber que tenía aquí parte de mi familia. Después fue que conocí a su padre, don Ernesto, en 1981.

—¿Cómo fue ese encuentro?

—Fue una charla de cuatro horas, en su casa en La Habana, estaba junto a su última esposa, la pintora Ana María Erra; mujer lindísima, porque el cabrón tenía lindas mujeres. Ahí también conocí a Ramiro (hermano del Che) que tenía cinco años. Ese día yo estaba en el barrio Viejo de La Habana, en el bar Los Dos Hermanos, y el fotógrafo (Alberto) Korda me pregunta si quiero conocer al padre del Che. Yo ni siquiera sabía que estaba vivo, entonces tomamos su viejo Lada y fuimos por el Malecón hasta Miramar a conocerlo. Yo escribía notas y notas, él me preguntó para qué, y yo le dije que era periodista, que no sabía qué iba a hacer, pero algo; seguro. Entonces sólo me pidió que no las usara hasta que no se publicara al año siguiente su libro "Mi hijo el Che". Después de eso volví a Cuba, conocí a Granados, a su hija Hildita y a más gente hasta hacer la película con el actor Pierre Richard "Parlez-moi du Che", que es la primera de tres.

—¿Qué lo convocó o lo fascinó de la figura de Guevara para convertirse en su biógrafo?

—Primero que era vasco y jugador de rugby, yo también soy vasco y juego al rugby, y eso nos acerca. Y en la historia política, el Che fue y es una persona importantísima para el mundo de hoy y del futuro.

—Esta que presenta en Rosario no es la primera biografía del Che que publica.

—No, la primera salió en 1995 y se iba reeditando cada vez con más material. Fue entonces que pensé en hacer otro libro, diferente, y con la historia de El Che doctor.

—¿Qué descubrió en el médico detrás del guerrillero y político?

—El corazón de la historia del libro está en una ciudad del centro de Cuba, Jovellanos, donde está la finca agromédica que el Che llamó Ciro Redondo. Ahí el Che quiso levantar una finca medicinal para dar de comer, alimentar y curar a los cubanos a través de plantas, legumbres, cría de animales y también de plantas medicinales. Para eso mandó misiones a Brasil a buscar plantas. Eso significa que cada vez que el Che estuvo en un lugar era primero combatiente, física y espiritualmente, pero también siempre doctor. Detrás del combatiente, el fusil y del político, siempre estaba el doctor buscando y con la cabeza abierta para ayudar a la gente a comer mejor, a alimentarse y a curarse. En el Congo pasó horas con un médico que le daba plantas para curar a la gente. Cómo doctor, el Che hizo muchas cosas, más de lo que la gente puede imaginar. Se sabe muy poco de esa parte de la vida del Che.

—Usted participó del Mayo Francés, en 1968, y la imagen del Che ya estaba presente entonces en aquellas manifestaciones.

—En el 68 aparecía el Che en medio de París. En 1967, su muerte en Bolivia no fue una noticia que había trascendido como algo tremendo, poca gente lo sabía, los estudiantes, pero no toda la gente. En ese mayo su figura aparecía en cualquier manifestación, aunque incluso allí pocos sabían de su historia, después vinieron las remeras. Entonces apareció y se quedó, todos los del 68 lo tenemos en la cabeza y el corazón; su imagen estaba en las habitaciones de todos los jóvenes.

—¿Cómo analiza esa transformación de la figura, que se convierte en un ícono que aparece en las remeras y que muchas veces está vacía de contenido?

—Soy optimista, mi botella siempre está media llena. Por eso, para mí ver la figura del Che es esperanzador y creo que si alguien lleva la imagen en una remera y no sabe quién era, algún día se va a preguntar y va a saber qué tenía en la cabeza ese hombre. He preguntado por la calle y es cierto que algunos no saben quién fue y ahora también su imagen aparece en las revueltas de los países árabes. La figura del Che siempre se recupera, en cualquier lugar.

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