Jueves 18 de Diciembre de 2014
Ya de tanto ser común, se ha transformado en normal. Es una verdadera y peligrosa constante que la mayoría de los conductores de automóviles se descontrolan de una increíble manera, produciéndose en ellos una manía pareciera incurable. La metamorfosis (dice Franz Kafka, en su obra homónima) se apodera virtualmente de ellos para transformarlos en una singular y diabólica costumbre. Es cuestión de poner el coche en movimiento para imprimir una velocidad realmente inusitada. El peatón se constituye para ellos en un virtual objeto invisible. Invasión de franjas peatonales, indiferencia al girar ante la presencia de un viandante que quiere cruzar. La dichosa onda verde los enloquece, no regulan la marcha con el propósito de sortear el color de esperanza. Verbigracia: Br. Rondeau, donde alguien otrora con dos dedos de frente, proyectó y llevó a su realización una vía de alta velocidad sin cortes cada cien metros, como son avenida Pellegrini y bulevar 27 de Febrero. La locura de estos robots es tal que no trepidan en ingresar al otrora cantero -ya sin cordones- como consecuencia del constante bacheo. Encomendarse a las divinidades para cruzar esa arteria que hacen imaginar a la mayoría de los energúmenos conductores sentirse como sentados a un F-1 en una pista de pruebas. Para colmo de males, la impaciencia los consume, bocinazos y luces para aquel que está adelante y no arranca al mismo tiempo que él. Pero la culpa no la tiene el cerdo, dice una vieja sentencia; no hay medidas ejemplificadoras que pongan en caja a estos impresentables. Consecuentemente, nos encontramos literalmente en un estado anárquico. Haz lo que quieres, no lo que debes. Otro ejemplo escandaloso e increíble muestra a las claras que muchos conductores se han apropiado para estacionar de los lugares determinados para la parada de los colectivos. El conductor de los micros detiene la unidad encima del coche estacionado y el pasajero que desciende se constituye en la parte del medio del sándwich. Y ni hablar cuando deben descender o ascender adultos mayores, la indiferencia de los conductores es proverbial; ¿no será acaso que sus progenitores son adolescentes? Claro, ahora me doy cuenta. El Ejecutivo municipal, los ediles, el sindicato y los empresarios -a éstos solo les preocupa pedir aumento del boleto para mejorar el servicio- sólo piensan en la frecuencia, que no hace más que demonizar al chofer. Y el geronte que se quede en su casa, total, y según he oído protestar a algunos, viaja gratis. Lástima que muchos destinos de ellos no son a la vuelta de la casa. Y pensar que a Sacco y Vanzetti los fusilaron por anarquistas. No pretendo hacer apología de tal recurso, pero se impone rápidamente que a quienes les concierne se pongan los pantalones largos y obren con sentido común: basta del "qué me importa". Debería haber punitivos que al infractor le recuerden de por vida lo que no debe hacer. ¡Qué pena, ni Dios ni la patria se lo demandan!
Oscar H. Rodriguez
DNI. 6.004.403