Jueves 17 de Diciembre de 2009
Trazas de la lepra fueron aisladas en el ADN de un hombre sepultado en una mortaja en el primer siglo en Jerusalén, lo que hace de ese esqueleto el caso más antiguo probado en el mundo de esta enfermedad contagiosa, anunció ayer la Universidad Hebraica de Jerusalén.
Se trata igualmente del fragmento de sudario más antiguo hallado en Jerusalén, datado de la época de Jesucristo. El paño difiere mucho de la Sábana Santa de Turín, lo que lleva a los autores del estudio a concluir que esta última no data de aquellos años. Se trata de una tela mucho más sencilla, con una textura diferente y dividida en dos piezas (una para el cuerpo y otra para la cabeza), mientras que la famosa reliquia es más compleja y está hecha en una sola pieza.
El cuerpo estaba en una tumba del cementerio Akeldama (Campo de sangre, en arameo) de la ciudad vieja de Jerusalén, cerca de donde la tradición sitúa el suicidio de Judas Iscariote tras traicionar a Jesús.
Los investigadores, de las universidades Hebrea de Jerusalén, Lakehead de Canadá, New Haven de EE.UU. y University College de Londres, creen que el cadáver corresponde a un sacerdote o miembro de la aristocracia porque estaba enterrado junto al de Annas, un sumo sacerdote pariente de Caifás.
El profesor Mark Spigelman, de la Universidad Hebrea, explicó que el hombre padecía lepra y tuberculosis, cuyos rastros fueron hallados en el ADN de sus huesos, lo que motivó que el acceso al nicho fuese sellado con argamasa.
La lepra ha sido sinónimo de ostracismo en el seno de la comunidad, pero este hombre tuvo una notable vida social en Jerusalén, dada la ubicación de su tumba, el tipo de telas empleadas para embalsamarlo y la limpieza de su pelo.