Jueves 29 de Abril de 2010
Uno creció con aquello de que en la variedad de criterio se podía llegar a aprender. Porque uno tiene una postura tomada sobre un tema o en general lee cosas que se emparentan con las ideas que uno comulga a diario. ¿Pero uno solo se tiene que encerrar en esto? Uno pretende creer que no, que en la sociedad actual (como se plantea) uno tiene no sólo el derecho a ser escuchado, sino también la obligación de escuchar. Los escraches en la feria del libro en Capital Federal a la doctora Molina o al periodista Noriega nos deja en claro cuán bajo hemos caído. Es la fuerza contra las libros, es lisa y sencillamente que el que piensa diferente es nuestro enemigo. Lo primero que me pasa por la cabeza es que aquel que ataca a un autor de un libro (después podemos discutir si es bueno o malo) le tiene terror a la palabra y lo más triste es que mediante el escrache lo único que demuestran es su poca capacidad de escuchar y luego, sólo luego, refutar con argumentos sostenidos lo que se está criticando o cuestionando. Parecería que todo se limita a un ring de boxeo, en un rincón la palabra, los libros y en el otro los intolerantes (si no estás conmigo, sos mi enemigo; un pensamiento que fue trágico para este país). Para la información de estos últimos las heridas y los golpes se curan, la palabra queda y hace mella en el alma.
Pablo Gabriel Giménez,
DNI 21.531.682