Del dicho al hecho
En la actualidad disponemos de abundantes discursos políticos, cadena nacional, canales y actos opositores, programas con acalorados debates que incluyen muy poco creíbles participantes.

Martes 27 de Mayo de 2014

En la actualidad disponemos de abundantes discursos políticos, cadena nacional, canales y actos opositores, programas con acalorados debates que incluyen muy poco creíbles participantes. traa de una suerte de exageración, mezcla de farándula con empobrecido uso de la palabra, que como todo discurso político casi siempre se basa en la discusión maniquea entre los buenos y los malos, favorecido por la sensibilidad y tendencia natural del individuo común a la dualidad argumental. El poder, para el que lo ostenta como el que lo pretende, se compone de lenguaje y acción, el primero es la causa discursiva en la cual se usan la motivación, el proselitismo, las amenazas y las promesas, el resto en conquistar legitimidad mediante la construcción basada en la necesidad de los hechos. Pero la intención por antonomasia de la oratoria al servicio del discurso político se basa en la posibilidad de convencer y seducir optando por el remanido "Miente miente, que siempre algo queda". Después de digerir y archivar incontables discursos oficialistas y opositores, comprobamos sin lugar a dudas que hoy "los problemas han vencido a la palabra". Para concluir en que tantas frases usadas para prometer o para denunciar han resultado ser sólo fuego de artificio. Si algo ha dejado esta vacía verborragia, renovadas alianzas, marchas, contramarchas, falsas denuncias e iguales promesas, de la clase político/dirigente, fieles émulos de Penélope que destejen de noche lo que tejen durante el día, es que han logrado con sus actos ubicar definitivamente la esperanza, a dos pasos de la desilusión. Los oradores o comunicadores políticos de la actualidad con su oratoria seguida de su accionar, nos han procurado la obligación de preguntarnos si la Justicia no está condenada a ser una palabra vana y sin sentido. Ha llegado el momento de aceptar la decadencia de ciertos discursos, al igual que en la Grecia antigua, donde los sofistas explotaron sus recursos de convencimiento y fascinación que les eran naturalmente propios. El tiempo hizo que su habilidad y su técnica envejecieran y acabaran en un sinónimo de palabras vanas y claramente manipuladoras. Sin pretender el extremo caso de Cicerón, eximio orador en diversos ámbitos y en todos ellos con éxito, quien terminó su vida siendo asesinado por orden del cónsul, como consecuencia de sus reiteradas confrontaciones orales y públicas. Convencido el jurado, que la oratoria de ningún modo aseguraba ni tenía porque confirmarse como una posibilidad de gestión eficaz y positiva. Definición de comparación evidente con nuestros tiempos. Ante la futilidad de hablar de ideas que están más allá de hechos comprobables, promesas irrealizables, y datos empíricos, emitiendo un sinnúmero de palabras venerables, lo más honesto es recordar a Wittgenstein, quien defendía un irreprochable "de lo que no se puede hablar...mejor es callar."

Norberto Ivaldi