Jueves 06 de Agosto de 2015
Los embates contra la enseñanza laica que se han perpetrado a lo largo de la historia social argentina han traído siempre nefastas consecuencias. Una vez más habrá que recordar que educar es transmitir saberes para contribuir a la formación de personas libres, con capacidad de análisis, desarrollar el espíritu crítico. Esto permite crecer exentos de prejuicios. Muy diferente de la pretensión de adoctrinar y domesticar para la obediencia, la sumisión y la indolencia frente a las injusticias sociales. Diversos gobiernos sirvieron de instrumento para imposición de la enseñanza religiosa en las instituciones educativas. Ya en la época de la sanción de la ley 1.420 de educación laica y común, los sectores más recalcitrantes y conservadores de la sociedad buscaron neutralizar los valores antidogmáticos. La Reforma Universitaria de 1918 fue un movimiento social y cultural señero que enfrentó el oscurantismo clerical marcando claramente la diferencia entre el ejercicio de la libertad de pensamiento y encorsetamiento de las mentes y los cuerpos a atávicos mandatos que coartan el libre examen de las cosas y los hechos. Las diversas dictaduras cívico-militares se valieron de los dogmas religiosos para eliminar las disidencias culturales. El intento por eliminar el laicismo de la enseñanza pública no sólo es preocupante sino que además debe agitar las conciencias de las personas libres para frenar esas maniobras. Es preciso recordar las palabras del Manifiesto Liminar de 1918: “Los dolores que quedan son las libertades que faltan”. La religiosidad es una cuestión individual y eventualmente un derecho, pero también debe existir el derecho a sostener y ejercer concepciones filosóficas diversas de las que difunden los sacerdotes de los diferentes cultos. Las escuelas no son templos sino ámbitos de enseñanza y aprendizaje que deben propender a que todas las personas puedan acceder a los conocimientos sin anteojeras. Como afirmaba José Ingenieros es preciso educarse y educar en una moral sin dogmas. Como enunciaba Rafael Barrett: “Hace falta ciencia pero también conciencia. Conciencias libres”.
Carlos A. Solero