Debe ser como meter un gol en el equipo del barrio
"No puedo escuchar el clásico por radio porque es peor. En la radio no tenés referencias: no sabés si el arco está cerca, si la pelota pasó lejos...

Lunes 30 de Junio de 2014

"No puedo escuchar el clásico por radio porque es peor. En la radio no tenés referencias: no sabés si el arco está cerca, si la pelota pasó lejos, si el delantero llega con posibilidades, a qué distancia está el marcador. Es como pelearte con un tipo en una pieza a oscuras", escribió el Negro Fontanarrosa en "La observación de los pájaros", uno de sus más bellos cuentos futboleros.

Y algo de eso deben sentir los ciegos y disminuidos visuales el primer día que pisan una cancha de básquet. En su casa cuentan, con paciencia de artesano, los pasos que hay desde la puerta hasta el baño, la cama y la cocina, pero entrar a la cancha debe ser uno de sus mayores desafíos. La pelota rellena con los aceritos —como les decíamos a las bolitas de los rulemanes en el querido barrio La Bajada— es la primera gran jugada del Maní Molinari porque la oyen hasta cuando sale de la cancha rodando. Felizmente, este gigante que parece Shrek escapado de la película frotó la lámpara y creó la naranja mecánica.

La chicharra que, como un tero, bate dónde está el tablero con el aro es el segundo gran centro del gigante de Pergamino a los murciélagos de la naranja.

El ciego debe sentir en su primera vez en la cancha el reino de lo desconocido hasta que comienza a leer con el tacto de sus zapatillas las líneas en relieve y los pisos de diferentes texturas.

Seguro que a la compañera que integra el equipo con tres varones, así como a la mina que juega para los rivales, las reconoce por su perfume de mujer, como en la recordada película del tango de Al Pacino.

Fontanarrosa, cuyo padre Berto fue jugador de Huracán de Rosario y árbitro de básquet al que una vez corrieron de una cancha cordobesa —según me confió el Gordo Burgos, el narrador del Abasto—, contaba que él se animó al básquet "en las épocas en las que jugaban los petisos y que cuando hacíamos un doble sacábamos del medio".

Los surfistas exageran que barrenar las olas es más excitante que el sexo. ¿Qué sentirá un ciego cuando logra jugar un partido de básquet y, más aún, cuando llega al éxtasis del doble?

Quizá un futbolero que lo mira con la ñata contra el vidrio del tablero no comprenda demasiado ese loco berretín por la naranja, pero hacer un doble para un ciego debe ser lo más parecido a jugar al fútbol en el equipo de toda la vida. Más aún: debe ser más lindo que meter un gol en el equipo del barrio.