Martes 29 de Julio de 2014
Hubo gente (millones) que la adoraron, muchos también la odiaron, muchos dicen que regalaba juguetes a los niños, otros festejaron la cruel enfermedad que terminó con su vida. La recibieron jefes de Estado, en España el recibimiento y los honores fueron impresionantes, el Papa en ese entonces la recibió con los honores dispensados a una reina. Aquí en el país reunía multitudes en sus discursos. En especial en la Plaza de Mayo. Al menos quien esto escribe jamás podría criticarla si fuera de ese criterio porque nació años después de muerta, por lo tanto, lo mismo, muchísimos que no estuvieran de acuerdo con ella, si nacieron después de ella, tampoco podrían criticarla. Pero sea como sea, al observar las imágenes de antaño, algo tendría y algo habría en esa mujer a la que buena parte del pueblo argentino la idolatraba. Es imposible permanecer indiferente ante la sola mención de su nombre. Evita. Ella, como de Rosario al Aconcagua, tal la descomunal distancia respecto de nuestra actual presidente, que a lo sumo reúne una decena de miles de seguidores, amén de un centenar de lamentables fantoches y cocoliches que aplauden incluso segundos antes de que comience a decir lo que aún no dijo. Mandataria que sistemáticamente elude dar un discurso desde el natural habitáculo de nuestros presidentes, como es el balcón de la Casa Rosada. (Por algo será). A tanto llega la desafortunada gestión de una mujer incapaz de evitar decir sandeces, exabruptos, ofensas y disparates, y que enciende una y otra vez la antorcha de la discordia. Pero qué más podríamos pretender si hablamos de una mujer “inmortal”, y otra que se divorcia de la realidad del pueblo y no tiene la más mínima intención de derribar el muro de impunidad que proteje a los forajidos (caso el vicepresidente) que la rodean.
Miguel A. Decunto / DNI 11.270.762