Miércoles 16 de Septiembre de 2009
En su edición del 13 de septiembre La Capital publicó dos noticias en una misma página que reflejan, a mi entender, un cambio en la política exterior de los Estados Unidos. La primera noticia se refiere a los incidentes producidos en Santiago a raíz de la conmemoración de un nuevo aniversario del golpe militar que derrocó al presidente constitucional Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. En 1970 el médico psiquiatra socialista había ganado las elecciones presidenciales en Chile por un leve margen (la Unidad Popular había alcanzado apenas el 36,2 por ciento), pero su ascenso al poder encendió la luz roja en la "república imperial". El halcón republicano Richard Nixon y el poderoso secretario de Estado Henry Kissinger no podían permitir que en el extremo sur del continente un pueblo cometiera el desatino de elegir democráticamente a un socialista. Con el apoyo logístico de la CIA las Fuerzas Armadas de Chile, comandadas por el general Augusto Pinochet, ejecutaron un cruento golpe que terminó con la muerte de Allende. Había triunfado la doctrina de la seguridad nacional. Afortunadamente, con el demócrata Barack Obama pareciera que soplan nuevos vientos. El 28 de junio pasado el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, fue derrocado por el establishment hondureño. Zelaya (de buena relación con Chávez y Correa) fue secuestrado y obligado a abandonar el país. Un atropello incalificable. Pese a que Obama y su secretaria de Estado Hillary Clinton no cuestionaron desde el principio el golpe, hace pocas horas la administración demócrata tomó una decisión que tiende a fortalecer la legitimidad democrática en el convulsionado país de Centroamérica: la suspensión de la visa de ingreso al presidente de facto de Honduras, Roberto Micheletti, y de otros funcionarios. Es cierto que pese al triunfo de Obama en noviembre de 2008 el "complejo militar-industrial" se mantiene incólume y que Estados Unidos lejos está de haber abandonado la agresión militar como herramienta de su política exterior (Colombia lo pone plenamente de manifiesto). Pero también es cierto que el caso Micheletti demuestra, en mi opinión, el reconocimiento de Obama de las deletéreas consecuencias que trajo aparejadas para el continente la ejecución de la doctrina de la seguridad nacional y que tuvo en Richard Nixon a uno de sus más fervientes cultores.
Hernán Andrés Kruse, hkruse@fibertel.com.ar