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De la primavera al invierno nuclear

En foco. La esperanza democrática para el mundo musulmán nacida en Túnez en 2011 se desvaneció. Surgieron bandas terroristas que ocupan territorio y degüellan inocentes. La rivalidad entre Arabia Saudita e Irán va en aumento mientras el jueves se acordó un polémico acuerdo nuclear. 

Sábado 04 de Abril de 2015

Con la creación de una fuerza militar conjunta, nueve naciones árabes a la que se les sumó Pakistán (República Islámica, pero no árabe) imprimieron esta semana un giro político en Medio Oriente cuyas consecuencias son más que impredecibles. En el maravilloso balneario egipcio de Sharm al Sheij resolvieron intervenir en la guerra civil de Yemen en apoyo al presidente de esa convulsionada nación que intenta resistir el embate de milicias shiítas (una de las dos grandes ramas en que se divide el islam) radicalizadas que han tomado Sanaa, la capital del país.
Arabia Saudita es el país que con más énfasis pergeñó dentro de la Liga Arabe la integración de la fuerza  (que podría llegar en el futuro a tener unos 40 mil hombres y decenas de aviones y barcos de combate), porque observa con preocupación la intención de Irán, su permanente rival shiíta en la región, de avanzar en la consolidación de un liderazgo político y militar. La monarquía saudita es sunita, la otra gran rama del islam, tradicional aliado de los Estados Unidos, pero que esta vez tomó iniciativa propia (asumió en enero el mando el rey Salmán por la muerte de su medio hermano) para frenar el avance del islam radicalizado. Y seguramente también por las suspicacias que genera el acuerdo nuclear preliminar que Estados Unidos y otras cinco potencias acordaron el jueves con Irán.
De la primavera árabe nacida en Túnez en 2011, que abrió la esperanza de una apertura democrática en el mundo musulmán, ya no queda casi nada. Sólo Túnez logró despejar el camino de las dictaduras familiares y hoy, con dificultades, es la única nación en transición a lograr mayores libertades para su pueblo. Sin embargo, no está exenta de peligros, como el atentado en el Museo del Bardo, el más importante del país, que dejó este mes una veintena de turistas extranjeros muertos.  
En Túnez todo comenzó de una manera trágica, cuando un vendedor ambulante se quemó a lo bonzo en protesta porque su puesto callejero de frutas había sido confiscado por las autoridades, una dictadura de casi un cuarto de siglo que finalmente sucumbió. A partir de allí surgieron levantamientos populares en varios países de la región, algunos sofocados a sangre y fuego y otros que dieron lugar a terribles guerras civiles, como en Siria, que entra en su quinto año y ya ha causado 200 mil muertos.  
La primavera árabe está en su ocaso, pero la situación regional es más preocupante que antes de la aparición de los movimientos árabes que luchan por la democracia.
Como siempre, en esa zona del planeta los intereses económicos internacionales vinculados a la riqueza del petróleo, la disputa por el poder interno y la rivalidad en la proyección regional entre los países musulmanes, más los resabios de odio ancestral entre propios y ajenos, conforman un cóctel de difícil digestión que compromete a todo el planeta.
En medio de la fracasada Primavera Arabe surgieron con más fuerza los grupos fanatizados y criminales, como Estado Islámico, que ocupa parte de Siria e Irak donde instaló un autoproclamado califato que se dedica a degollar seres humanos y exhibirlos por internet. Otras bandas asesinas, como Boko Haram en Nigeria, también se expanden por Africa y varios desprendimientos de Al Qaeda, aparentemente en decadencia, siembran el terror por doquier. En Kenia se vio esta semana otra muestra de la barbarie a manos del grupo terorrista somalí Al-Shabab con el asesinato en masa de 147 estudiantes universitarios, mayormente cristianos.
Los sauditas acusan a los iraniés de solventar a los insurgentes yemenitas shiítas y de pretender una peligrosa hegemonía regional. Estados Unidos, un actor decisivo y responsable principal en el caos que impera en esa zona del mundo, parece jugar un partido peligroso y a dos puntas: hasta ahora ha sido aliado incondicional de los sauditas y enemigo acérrimo de los iraníes (musulmanes persas). Sin embargo, el acuerdo nuclear con Irán, aunque todavía no definitivo, y los bombardeos contra Estado Islámico en Siria los encuentran del mismo lado, una paradoja de las relaciones internacionales.

La bomba. Tal vez haya pasado algo desapercibido la integración de Pakistán a las naciones árabes (Arabia Saudita, Jordania, Egipto, Emiratos Arabes, Qatar, Bahrein, Marruecos y Kuwait) que formaron el frente militar para intervenir en Yemen y en cualquier otro país cuyo gobierno lo reclame. Pakistán es  hasta ahora la única nación islámica con reconocida capacidad nuclear, con lo que el balance de fuerzas en Medio Oriente ha cambiado. La fuerza militar unificada de la Liga Arabe ahora tiene un aliado estratégico, no árabe pero musulmán, con armas nucleares. No es un dato menor.
Otro país no árabe, como Irán, sostiene que su programa nuclear en desarrollo es sólo para fines pacíficos, algo que es fuertemente sospechado. Irán, mediante el acuerdo celebrado con el grupo denominado  P5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: Estados Unidos, Francia, Inglaterra, China y Rusia, más Alemania), aceptó retrasar una década su plan de conseguir poder nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales que asfixian su deteriorada economía.
¿Irán aceptó esas condiciones para aliviar su economía, poder avanzar secretamente en el desarrollo atómico y renegociar el acuerdo en diez años desde una posición de mayor solidez?
Desde no muy lejos de Teherán, en Jerusalén, todo este nuevo horizonte de complicadas relaciones entre aliados y ex enemigos se observa con preocupación. Solo la duda de que Irán pudiera obtener la bomba atómica es materia de genuino temor, porque tanto ex presidentes y líderes religiosos iraníes se vienen pronunciando desde hace tiempo por la destrucción de Israel. En noviembre pasado, y a través de Twitter, el líder supremo iraní, el ayatollah Ali Khamenei, propuso un increíble plan para eliminar al estado hebreo “que debe ser borrado del mapa porque es un régimen bárbaro e infanticida que no tiene cura”.
Estados Unidos y cinco potencias acordaron un programa nuclear con una nación cuyo líder espiritual persigue ese objetivo eliminacionista, que inició un programa nuclear en secreto en 2002, que apoya al Hezbolá en El Líbano y a Hamás en Gaza y que está acusado por los dos atentados en la Argentina. Es algo pocas veces visto en las relaciones internacionales.
Este inquietante panorama se desarrolla en el peor momento de la relaciones entre Israel y Estados Unidos, su principal aliado en Medio Oriente. Obama y el reelecto Benjamin Netanyahu no ocultan sus diferencias, sobre todo después de las declaraciones del premier israelí de anunciar públicamente antes de las elecciones que su gobierno no aceptaría la solución de dos estados, uno palestino y otro israelí, para dar terminado un conflicto que ya lleva 66 años. Es casi imposible que Netanyahu y los anacrónicos partidos de derecha que lo sostienen propongan un plan serio de negociaciones con los palestinos más moderados porque permanentemente el gobierno israelí continúa con la ilegal construcción de viviendas en tierras ocupadas a los palestinos en Cisjordania, acción que enfurece y con razón no sólo a Estados Unidos sino también a los europeos, incluido Alemania, uno de los aliados más firmes de Israel.
Otro enfoque. Precisamente Alemania entregó hace unos días a Israel un quinto submarino, de una  flota de siete, considerados como estratégicas y formidables armas militares. El periodista israelí Yossi Melman publicó esta semana un interesante artículo en el diario “The Jerusalem Post” donde afirma que pese a todo Irán no es un peligro inminente para la seguridad de Israel, aunque tenga posibilidades ciertas de obtener armas nucleares en un futuro cercano. Melman, quien visitó el flamante submarino junto a otros periodistas, dice que esas naves son capaces de dar un “segundo golpe”, es decir, disparar misiles nucleares desde bajo del agua aun cuando Israel haya sido alcanzado en su territorio con ese mismo tipo de armamento de destrucción masiva. Expertos extranjeros, según el periodista israelí, aseguran que el estado hebreo cuenta con 80 bombas atómicas y ojivas nucleares.
Claro que la intención de los israelíes es prevenir un ataque iraní y no responder una vez que se hubiera cometido, por lo que Melman sostiene que Israel sólo atacaría a Irán cuando sienta que tiene la “espada en el cuello”. Y asegura que  esa situación aún no ha llegado.
Pakistán suma ahora armamento atómico a los países árabes, Israel estrena una flota de submarinos nucleares, e Irán está, según reconoció el propio Obama, a un año de conseguir la bomba atómica aún con el acuerdo que se acaba de firmar. Un panorama que aparece  como poco alentador.

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