Viernes 08 de Agosto de 2014
Leyendo el libro de Daniel en las Sagradas Escrituras, Antiguo Testamento, comprobamos la interpretación del sueño del rey, nada favorables a su futuro. Convendrán conmigo la impronta que cada sueño deja. Dicen además que soñar es morir un poco. Pero al despertar, la realidad buena o mala subyace en cada uno de nosotros. Sin ser dicho profeta, lo que soñé era una realidad pero en otra dimensión. Así como el poderoso aceptó las nefastas aseveraciones del insigne Daniel, al despertar quedé soberanamente preocupado y en cada despertar sigo así. Otrora, una paz absoluta reinaba, cada uno en lo suyo, trabajo, comercio, divertimento y todo lo que conlleva una vida normal. El aparato de radio era la vedette de la mayoría de las familias. Toda la familia en la mesa y el citado aparato a volumen razonable. Nada de morbo televisivo ni jóvenes bocado tras bocado manejando el móvil de última generación, como si se tratase de un alucinógeno. Puertas abiertas, chicos jugando en la vereda, mamás en una tertulia a la sombra de algún árbol y con el consabido mate. De noche, por lo consiguiente. Qué paz Dios mío, para los menos avisados: de los políticos muy poco se sabía. Las seccionales policiales vacías, esporádicamente algún detenido que por sus antecedentes podía salir algún mandadito a la jerarquía policial. Los programas radiales se limitaban a emitir programas en vivo, nada de despotricar en contra de algún funcionario político y no porque fueran santos precisamente. Se trabajaba, se adquiría con el poder adquisitivo que se poseía. Si las cosas no funcionaban bien, la descarga de cicuta que recibimos hoy nos aniquila la paciencia, la rabia, la indignación y la vergüenza ajena al observar tanto desparpajo por parte de los aspirantes al poder. Los seduce la fotografía y un emolumento que los dejará bien parados por el resto de su vida. Entonces mi sueño se convirtió en utopía cuando desperté y asumí que estaba en un país literalmente desquiciado y ultrajada su honra. Una epopéyica lucha de aquellas heroínas como Juana Azurduy de Padilla o Macacha Güemes, y tantos valientes conocidos o desconocidos, mujeres y hombres que sí tenían un corazón celeste y blanco, tristemente olvidados. Es de repugnante mal gusto que se rinda culto a energúmenos europeos, desarrapados y mostrándose semidesnudos o harapientos haciendo la delicia fantástica de miles de jóvenes a los cuales se les lavó el cerebro con la cultura de países verdaderos aves de rapiña. Creo sin dudar que nos están tomando literalmente el pelo, con la mirada displicente de instituciones gubernamentales encargadas de sostener a ultranza nuestro acervo nacional. Pido a Dios que en mi próximo sueño no tenga pesadillas que me entristecen durante el día.
Oscar H. Rodríguez
DNI 6.004.403