Viernes 26 de Abril de 2013
La semana que concluyó el sábado 20 de abril, estuvo atravesada por un sesgo trágico para la sociedad argentina. Las implicaciones de los poderosos, ricos y famosos en delitos que ultrajan al pueblo argentino puso al descubierto y sin ningún pudor ni respeto cifras impensables para el ciudadano común, el que todos los días emprende como puede y sabe la tarea de ganarse la vida dignamente, aunque muchas veces por sueldos indignos. Millones de pesos, euros, dólares, autos, propiedades, empresas en paraísos fiscales, hicieron desfilar sus carrozas de oro y mugre por los televisores, las radios y medios gráficos de todo el país. Y el país, absorto, ya casi sin reacción, todavía herido por la muerte de tantos sepultados en el agua sucia de los que gobiernan con impunidad absoluta, la de siempre, la que no encarcela a nadie por más delincuente que sea, total está la lluvia para echarle la culpa. Y el país en la calle caceroleando y gritando su desacuerdo y su disgusto por el gobierno. Y la atroz respuesta del silencio, ni una sola palabra ante tanto clamor. Nos están matando a "silenciazos", nos están obviando cuando se toman decisiones trascendentales, nos están mostrando todo lo pobre e impotentes que somos frente a la opulencia lujuriosa de los poderosos. Nos están acostumbrando a que ser pobres en un país rico es dogma y ley, tradición y presente. Me resisto a aceptar que un mequetrefe de la nada hable de sus millones sin decir de dónde salieron y que yo y cualquier lector común de esta carta nos desvelemos por llegar milagrosamente a fin de mes sin endeudarnos. Me resisto a que a esta gentuza se le dé prensa y entidad para mostrarlos y vender un programa y no para condenarlos definitiva y magistralmente. Es claro y notorio que están todos afuera y no son los pibes chorros, ni se los incluye entre los que atentan contra la seguridad, la integridad y los derechos humanos. Por eso, mientras busco diferentes títulos para esta carta, hay uno que surje de mi indignación y mi impotencia, y aunque me duela escribirlo, vuelve continuamente con una misma sensación, un solo pensamiento: dan asco.
Carlos Felipe Italiano