Cuidemos nuestro lenguaje
De Pablo Neruda rescato, con reservas claro está, una frase que por el lado que se la mire no nos convence demasiado, más allá de provenir de un genio de la escritura como lo fue: "…lo único valioso que nos dejaron los españoles fue su rica lengua idiomática".

Martes 17 de Noviembre de 2015

De Pablo Neruda rescato, con reservas claro está, una frase que por el lado que se la mire no nos convence demasiado, más allá de provenir de un genio de la escritura como lo fue: "…lo único valioso que nos dejaron los españoles fue su rica lengua idiomática". Un precio tristemente alto hubo que pagar para esa obtención. La historia es terminante y no puede esconderse, habida cuenta que la rabia y la impotencia subyace en nosotros, toda vez que conocemos las restricciones que se arroja a los americanos, particularmente del sur, cuando queremos siquiera visitar su país. Sin hablar de los generosos envíos de trigo, aunque no de primera calidad, después de la Segunda Guerra Mundial. Ni hablar de la acogida que se hizo a los inmigrantes españoles después de la primera y segunda contienda bélica. Pero volvamos al idioma: el castellano determinado para casi todos los países de América Central y Sur y de habla hispana, se fue modificando paulatinamente con barbarismos de toda índole y que por múltiple uso fueron aceptados e incorporados por la Real Academia Española. Lo peor del caso es la asimetría que se desprende de la enseñanza del idioma en la escuelas y el uso que dan los medios, particularmente o especialmente televisivos, donde la procacidad es moneda corriente. Muchas ofertas en librerías poca demanda que denota una incongruencia total y absoluta. El uso del móvil, barrera infranqueable en el diálogo, se ha instalado para no retirarse, evidentemente ha creado adicción, y al mismo tiempo en la juventud un lenguaje por demás abreviado. Pocos leen, menos escriben. ¡Cuánta pena! Si pudiéramos ver a Sarmiento o Pedro B. Palacios (Almafuerte) y tantos otros, que hicieron de la escritura un estilo insuperable de vida, hablando de que se ha tirado por la borda una riqueza idiomática digna de elogio. Un rasgo distintivo que no nos enorgullece precisamente. Bueno, en un país donde la falta de consideración y respeto es una constante que actúa por verticalidad, no podemos alentar una mejora sustancial, salvo que resucite monseñor Tato, aquel censor de los años 50, que tijera en mano determinaba lo saludable o no para el pueblo, en lo que a radio y cine se trataba. Hoy la tan mal utilizada libertad de expresión se da de narices con el propósito de instalar en el mundo de habla hispana una regla idiomática incuestionable.

Oscar H. Rodríguez