Martes 02 de Marzo de 2010
No hay pan, no se consigue por ningún lado. Susana busca por internet adónde se puede ir a comprar pan. Los supermercados de la zona están cerrados. En Chillán, una ciudad de la región del Bío Bío, dice, alguien denuncia que están vendiendo el kilo a 5.000 pesos chilenos: casi 40 pesos argentinos.
Desde afuera llega el ruido de un vecino que se zambulle en la pileta del edificio. En el séptimo piso, por la tele, la conductora de Televisión Nacional 24 horas (TVN24) informa que este mediodía un hombre con megáfono provocó pánico y estampidas en Valparaíso porque se puso a alertar a los gritos sobre un tsunami que no existía.
Son las 17.30 del domingo: en el país del terremoto, un día después, el miedo colectivo cede lugar a los contrastes. Si en algunos rincones ya se vive la ficción de una normalidad absoluta, en otros lugares el paso del tiempo sólo empeora la situación.
Cerca de plaza Brasil, a cinco cuadras de La Moneda, doña Luisa y don Carlos, ambos de más de 60 años, revisan las ruinas de su casa con paciencia, buscando algo que pueda rescatarse. El balance parece desastroso. Luisa tiene en la mano dos paraguas. Carlos los señala: “Por lo menos tenemos con qué protegernos cuando llueva”, dice. Y ambos se ríen. Increíblemente se ríen. Están felices de que el terremoto los haya encontrado juntos, dicen, y eso fue lo que les ayudó a resistir las tres horas que estuvieron atrapados entre los escombros hasta ser rescatados.
El barrio Brasil, parte del casco histórico de Santiago, es posiblemente el más afectado en la capital del país. El azar de la tragedia desconcierta. Hay una esquina, alrededor de la plaza, donde algunos toman café en un bar. Una cuadra más allá, sobre calle Catedral, dos carpas y un lavarropas bloquean parte de la vereda, frente a una pensión semiderruida.
La escena se repite por las calles de la zona. Aquellos que no pueden volver a sus casas, tampoco quieren alejarse: el miedo a que les roben lo poco que les queda los mantiene allí, acampando junto a los escombros, esperando ayuda oficial.
El domingo, la población se despertó con una sacudida y una noticia. Después de las 8, una de las réplicas más fuertes desde el sismo puso en pie a la gente, justo a tiempo para ver o escuchar en vivo una noticia que, con el paso de las horas, se ha convertido en la principal preocupación de los sobrevivientes que no tienen familiares perdidos: la ola de robos en Concepción se ha ido multiplicando en cientos de episodios similares a lo largo de las regiones castigadas, y eso motivó a que la Concertación declarase por primera vez Estado de Catástrofe después de más 20 años, desde el terremoto de 1985. Los militares avanzan en las zonas del Maule y del Bío Bío, donde se restringieron los derechos de locomoción y de reunión.
En los rincones alejados de la destrucción, un día después del terremoto, la normalidad no deja de ser una apariencia, un deseo. Los habitantes de Santiago se abastecen como si estuvieran en guerra. Hay estaciones de servicio donde las colas de vehículos llegan a dos cuadras. El stock de agua de los almacenes disminuye velozmente.
En los shoppings de barrios acomodados, la gente agota la oferta de generadores eléctricos. A medida que avanzan las horas, los que tienen sus casas intactas se sienten cada vez más seguros, y las imágenes del noticiero son cada vez más terribles.
Para referirse al terremoto, muchos vuelven a las imágenes del cine, a lo que alguna vez vieron por obra de los efectos especiales. “Fue igual que cuando se hundió el Titanic”, repite un hombre por la tele: su circo fue arrasado por un tsunami.
A la deriva. En Santiago, con las réplicas permanentes, también se habla de barcos, de la sensación de la deriva: el temblor del suelo marea, y después de un tiempo es imposible saber si el movimiento es real, o es la percepción de uno que está alterada.
Por la noche, cuando parece que el suelo tiembla, nos quedamos quietos y miramos las lámparas, en busca de una prueba objetiva. La comida en la mesa es abundante, porque un amigo que sigue sin luz trajo todo lo que había en su freezer. Cuando nos sentamos a comer apagamos la tele, para no seguir viendo las noticias.