Miércoles 10 de Marzo de 2010
El palabrerío de Cristina Fernández de Kirchner en el Congreso, trasmitido por la red nacional y donde desató las iras del cielo y del infierno, da lugar a por lo menos un par de comentarios. Primero: la cámara enfocó casi permanentemente a Doña Cristina en su maratónica alocución plagada de insultos y falsas acusaciones, aplaudidas por la consabida claque, que ahora agrega sus risas de plástico para celebrar el lamentable humor presidencial. Es bueno recordar que los discursos frecuentes y maratónicos fueron las armas de dictadores como Hitler, Mussolini, Stalin y de otros que tanto conocemos. Segundo: por detrás de la figura de quien representa a la Argentina, aparecía una integrante de nuestras Fuerzas Armadas, tan caras a los nazionalistas argentinos: se trataba de la edecán de turno. Encuentro dos definiciones para este último término: 1º) ayudante de campo. 2) Auxiliar, colaborador, especialmente cuando se comporta de modo servil con sus superiores. No entiendo, y nadie ha sabido explicarme a la fecha, qué razón de importancia trascendente existe para que el/la edecán deba permanecer en rigurosa posición de firmes, con la vista fija en el infinito, sin pestañear, sin poder realizar ningún movimiento, sin poder rascarse. Personalmente, creo que sólo una persona a la cual le han realizado un total lavado de cerebro, más conocido como disciplina militar, puede someterse voluntariamente a tortura tan estúpida, inútil e innecesaria. ¿No sería más lógico y humano que este personaje, suponiendo que fuera necesario, estuviera sentado escuchando como hace la gente común, mirando el techo o lo que se le antoje, rascándose la oreja, si fuera necesario, y cambiando de posición de vez en cuando?
Cristián Hernández Larguía, LE 3.687.935