Domingo 04 de Enero de 2009
Ambientada en la Australia del norte, en un período anterior a la Segunda Guerra Mundial, "Australia" cuenta la vida de una aristócrata inglesa, Sarah Ashley, que hereda un enorme rancho. Pero cuando un grupo de barones británicos intenta apoderarse de sus tierras, la mujer decide unir sus fuerzas con un joven para que la ayude a transportar su ganado a lo largo del más peligroso territorio australiano, llegando hasta Darwin, un sitio que está siendo atacado por las fuerzas japonesas. Además, el filme tiene una subtrama cuya finalidad fue sacar a la luz los abusos sufridos por los aborígenes australianos hace más de 50 años.
También "Australia", que se estrena el próximo jueves en Argentina, es el filme que reencuentra a Nicole Kidman, a sus 41 años, con Baz Luhrmann, el director que la hizo cantar y bailar en "Moulin Rouge" en 2001. Por otra parte, la actriz australiana acaba de ser madre de una niña, Sunday Rose, a la que llevó durante la presentación de la película en Europa y a la que sólo abandonó los minutos necesarios para atender entrevistas.
—¿Cree que "Australia" retrata cómo era y cómo es su país?
—Quizá eso es simplificarlo un poco. Creo que "Australia" resume bien lo que es la esencia del país, su espíritu indómito. Pero, al mismo tiempo, es mucho más.
—¿Qué es, fundamentalmente, la película?
—Es más una historia sobre cómo funciona todo el mundo, porque los temas de los que trata son universales: habla del amor, de la familia, de cómo se reúne y se crea una familia. También de cómo la gente se va de nuestras vidas y los queremos pese a todo. Habla del sinsentido de la guerra y, todo ello, en un maravilloso escenario, como es Australia.
—¿Conocía ese episodio de la historia de Australia antes de rodar la película?
—Tenía un conocimiento muy superficial, más a nivel folclórico que otra cosa, pero gracias a Brandon Walters, el niño protagonista del filme, empecé a conocer a fondo no sólo la cultura y las tradiciones de los aborígenes australianos sino también lo que ocurrió con los más de 100.000 niños y niñas indígenas que fueron secuestrados por el gobierno australiano para que crecieran en familias privadas o en orfanatos y que, al final, fueron utilizados como fuerza de trabajo gratuita.
—¿Por qué aceptó trabajar en el filme?
—Acepté porque trata una historia a la que Baz Luhrmann venía dándole vueltas desde hacía mucho tiempo y la escribió pensando en mí. Baz es un visionario con un estilo único de hacer cine y él sabe que siempre puede contar conmigo. Lo que más me atrajo de Sarah, la protagonista, es que llega a Australia siendo una mujer vulnerable, abandonada por el marido, incapaz de hacer nada sola, una mujer que nunca experimentó el verdadero amor, y en Australia lo experimenta por partida triple.
—Se nota además que, tanto en la vida real como en la pantalla, hay mucha química entre usted y Hugh Jackman.
—Somos buenos amigos. La esposa de Hugh y yo nos conocemos antes de que él y yo trabajáramos juntos; nuestras familias se conocen, y entre nosotros hay mucha confianza. De todas formas, cuando una persona elige ser actriz o actor, tu trabajo es meterte en la piel de otra persona y, las otras cosas, tu vida personal, quedan de lado. Los actores tenemos que saber separar nuestra vida imaginaria de nuestra vida real. Y pienso que Hugh y yo tenemos claras esas diferencias. Así que yo no tenía miedo de que pensase algo extraño cuando lo besaba, y realmente no me importó nada besarlo.
—¿Cree usted que el fin de la película fue dar a conocer Australia al mundo entero?
—No, en mi opinión, el objetivo es entretener, invitar al espectador a un viaje emocionante, a veces sentimental, y siempre excitante. No pretendíamos hacer un drama histórico o algo intelectual, sino un espectáculo que divierta a la gente, por eso la película alterna toques de comedia con drama. El objetivo era contar una historia que transcurre en ese país, desde la perspectiva de un niño aborigen, lo cual abre la puerta para que la gente que no está familiarizada con la tragedia de la llamada generación robada, la conozca. Es una película, por ejemplo, para los chicos y chicas de la generación de mi hija Bella, adolescentes que no saben nada de lo que pasó en Australia en esa época.
—La maternidad y la familia están presentes en el filme. Desde que fue madre, ¿cambió su mirada al abordar estos temas?
—Sí, claro. Por ejemplo, me acaban de ofrecer una película con bastantes desnudos explícitos y decidí no hacerla. Esta decisión tiene que ver, probablemente, con haber tenido una hija. Desde que ella nació, me replanteé la vida a fondo: mis relaciones, mi carrera. No quiero sentirme tan expuesta.
—Ese sentimiento, ¿la ayudó en la relación con Nullah, el niño aborigen mestizo?
—Sin duda. Para nosotros era importante sacar a la luz los abusos sufridos por los aborígenes australianos, precisamente para evitar que vuelva a ocurrir algo similar. En una escena, me quitan a Nullah. Cuando terminamos el plano, un extra aborigen me dijo que se había emocionado muchísimo viéndome actuar. "Hace 50 años, ese niño era yo", me comentó. Es muy gratificante para un actor que ocurra algo así.
—Es verdad que su intención es retirarse de a poco del cine...
—Por el momento no tengo ningún proyecto ni pienso buscarlo. Si llega algo que me atraiga, me desafíe y me enamore, lo haré. Pero por ahora el papel que más me interesa hacer es el de esposa y madre.
Un sueño cumplido
"Esta es la película que quería hacer desde que era una niña", dice Nicole Kidman respecto a "Australia". "Yo crecí viendo a actrices australianas, como Judy Davis en «My Brilliant Career» y Angela Punch McGregor en "We of the Never Never»; interpretando a personajes maravillosos en relatos ambientados en nuestro país, y entonces soñaba con rodar una película aquí que tuviera la pasión y la importancia de esas otras producciones".