Domingo 11 de Abril de 2010
Joseph Ratzinger se está alejando cada vez más de la figura del "Papa de transición" que le asignaban los vaticanistas tras suceder a Karol Wojtyla. El tan recordado y avasallador Juan Pablo II dejó sin resolver cuestiones liminares. Y esa tarea por demás espinosa obliga a Benedicto, un erudito de la fe, a tomar las riendas de conflictos acendrados en la historia. A pesar de algunos traspiés, impulsa decididamente el diálogo entre el cristianismo y el Islam, un acercamiento concreto con el judaÍsmo, y tiende como nunca una rama de olivo a las iglesias bizantinas.
Sin embargo, para este Papa, un destacado estudioso de la doctrina y enemigo de los conflictos, la mayor espina proviene de la propia Iglesia: el escándalo de los sacerdotes que han abusado de niños.
Se infiere que Ratzinger ha morigerado la exposición de tales casos, cuyas primeras denuncias amplificó taxativamente Juan Pablo II. Casos por los cuales el Papa polaco pidió perdón a las víctimas en varias oportunidades.
Pero Ratzinger no le fue a la zaga. Con su carta pastoral del 19 de marzo último, impuso a la Iglesia en penitencia y trazó un severo camino que no tiene precedente para sus integrantes. Y ha manifestado su intención de reunirse con víctimas de tales abusos.
El daño ya está hecho.
Aquellos quienes se han servido de su rol de puerto que cobija al desvalido y al necesitado han cometido crímenes insondables para sus víctimas, crímenes que afectan tristemente a otros miles que asumen ejemplarmente su apostolado.
Esos criminales de la Fe han contado por décadas con ominosos silencios, que ahora manchan a Ratzinger.
Contrariando su costumbre, el Papa está obligado a actuar en forma más agresiva para curar esas enormes heridas y restañar la imagen de la Iglesia.