Conflictos y soluciones
Lo que sigue es mera imaginación, pero se han dado y siguen ocurriendo sucesos parecidos. Mi amigo pertenece a una familia que desde hace mucho tiempo había sufrido desprecios y persecuciones, sin encontrar nunca un lugar donde establecerse y vivir en paz.

Miércoles 14 de Enero de 2009

Lo que sigue es mera imaginación, pero se han dado y siguen ocurriendo sucesos parecidos. Mi amigo pertenece a una familia que desde hace mucho tiempo había sufrido desprecios y persecuciones, sin encontrar nunca un lugar donde establecerse y vivir en paz. Finalmente consiguió que le adjudicaran un terreno para él y los suyos, pero como estaba ocupado por otras personas que habían vivido allí y en las inmediaciones desde épocas remotas, había que desalojarlos concretando así la tranquilidad de unos al precio de la infelicidad de los otros. Los trasladados a la fuerza miraban con rencor la mudanza de los recién llegados, sin entender el motivo de una expulsión que consideraban injusta. Primero fueron los niños de afuera los que molestaban a las personas de adentro tirando frutitas de paraíso con sus gomeras. El tamaño de los proyectiles fue creciendo hasta convertir las molestias de los de adentro en magullones y heridas que no se podían tolerar. Por alguna razón no muy fácil de entender, las autoridades miraban para otro lado, dejando que las cosas se arreglaran –o empeoraran– de acuerdo con lo que esos ‘vecinos’ enfrentados hicieran o dejaran de hacer. Los de adentro (que antes eran los de afuera) comenzaron a afirmarse y a cobrar fuerza a medida que los de afuera (que antes eran los de adentro) se sentían solos y perseguidos de manera injusta y sin que nadie los consultara. Los familiares de mi amigo se organizaron, consiguieron apoyos encumbrados y corrieron el alambrado perimetral para que las pedradas exteriores no los alcanzaran. Los de afuera también se dieron cuenta de que si no se unían, protestaban y conseguían proyectiles de mayor alcance saldrían perdiendo, no solamente en el entredicho con sus vecinos de adentro, sino también en la posesión de los terrenos adyacentes hacia los que habían sido desalojados. Cada vez que los de afuera se ponían más belicosos, los de adentro corrían más el alambrado procurando alejar el foco de la agresión. Y cada vez que eso sucedía, los de afuera se daban cuenta de que –reducidos y arrinconados como estaban, mucho peor que al principio- tenían que quedarse quietos –lo cual era imposible, dada la magnitud de lo que percibían como una trampa injusta-, o si no, los iban a arrojar fuera del mapa. Hace mucho que no veo a mi amigo, ni tengo noticias de él y sus familiares. Tal como estaban las cosas la última vez que supe algo, imagino que deben estar en un callejón sin salida, porque cuando se intenta remediar una injusticia cometiendo otra injusticia, se está jugando con fuego y promoviendo conflictos en lugar de soluciones.

Héctor Bonaparte