Domingo 10 de Octubre de 2010
Mario Carlos Rodríguez no volverá a gozar de las atenciones especiales que conoció en sus 14
años de habitante de la alcaidía de Melincué. La flexibilidad del régimen carcelario había sido
generosa con él, pero hace un mes, cuando concurrió invitado a una fiesta en un boliche en
Elortondo en la que se celebraba el Día de la Policía, las cosas tocaron un escabroso borde. Al fin
de cuentas, él era un preso condenado a cadena perpetua por el asesinato de su esposa. La denuncia
de su presencia en el agasajo repleto de uniformados, documentada hasta con imágenes de video,
provocó el reemplazo de seis oficiales de la cúpula policial del departamento General López. Y
además, su traslado al presidio de Coronda.
La historia de Mario Rodríguez no reconoce situaciones de violencia ni
antes ni después de aquel hecho gravísimo por el que está condenado. Sí tiene reconocimiento, o al
menos publicidad previa, la tolerancia que sus movimientos tenían en la alcaidía de Melincué. Hace
diez meses el ex juez de Rufino, Carlos Fraticelli, quien fue durante cinco años interno en ese
penal del sur provincial, dijo que Rodríguez era un protegido histórico de los jefes que
sucesivamente ocuparon la Jefatura de la Unidad Regional VIII.
El ex magistrado refería también que las autoridades judiciales con
asiento en la zona eran comensales de las “opíparas cenas” que Rodríguez, como cocinero
oficial del penal, preparaba de punta a punta a los superiores judiciales y policiales. Desde salir
a comprar las vituallas hasta servirlas en la mesa.
La cuestión de la protección histórica hacia Rodríguez no está probada,
pero pareció sugestiva la declaración del comisario inspector Marcelo Gorosito, que al divulgarse
la historia de la fiesta en el boliche de Elortondo que él mismo había organizado, voló de su cargo
de jefe máximo en Melincué. Gorosito, durante el sumario que le hicieron, se quejó de que sólo a él
le reprocharan la tolerancia al preso, cuando todos sus antecesores le dispensaban los mismos
privilegios.
Sin móvil certero. El capítulo doméstico que llevó a prisión a Mario Rodríguez ocurrió en
setiembre de 1996 en Firmat y allí todavía persiste abierto el misterio que lo detonó. Enigma no
despejado en el expediente dado que a su delito nunca se le halló un móvil.
Marito era un comerciante popular, de vida normal, de trato estrecho con
sus vecinos. Administraba una casa de repuestos para automóviles y fábrica de embragues, jugaba al
tenis con su mujer y sus hijos, era visto regularmente comiendo en compañía de amigos y siempre
junto a su esposa, que trabajaba con él haciendo las cobranzas y trámites bancarios del negocio.
Hacia julio del 96 Mario empezó a demostrar una preocupación acentuada
por cuestiones de seguridad: su esposa, María del Carmen Forti, había sufrido un robo de 100 pesos
en la casa familiar de Hipólito Yrigoyen 1954. Y alguien de su familia un mes después, al sonar el
teléfono, escuchó la amenaza de una voz masculina anunciando que iban “a matar a
todos”.
Fue así que Mario, que empezaba a lucir ensimismado e irascible,
trasladó un revólver calibre 38 largo marca Orbea Eibar de su negocio a su casa y lo escondió en el
lavadero. Paralelamente, empezó a recurrir de modo hipnótico y recurrente a conversaciones sobre
los peligros que acechaban a la familia.
El 9 de setiembre de aquel año, a las 22.30, la familia terminó de cenar
y Mario se levantó para llevar a su hijo Nicolás a lo de un amigo. Cuando se subió a la camioneta,
el chico percibió un rasgo extraño: su padre se había calzado unos guantes de lana marrones y
mientras manejaba le dijo que el tipo que había entrado a robar a su casa “volvería y mataría
a uno de los cuatro”. Nicolás recordó que su padre jamás había usado guantes.
Al volver, a eso de las 23, los vecinos escucharon dos detonaciones
secas y un estallido de alaridos nerviosos. Mario y su hijo Mariano, que estaba durmiendo, salieron
corriendo a la calle. Mario gritaba que había alguien en su casa. María del Carmen yacía en la
cocina con un balazo que se introdujo en el cuello y salió por el hueso occipital. El otro tiro
había ido a dar en la parte baja de la alacena.
Mario explicó a la policía que había visto a su mujer mirando TV y dijo
que estando en el patio oyó los tiros. Corrió al cuarto donde dormía Mariano y salió a los gritos
afuera, donde contó a su vecino Miguel Rodríguez que alguien había entrado y disparado en la parte
trasera de la casa. El vecino declararía luego que Mario gritaba que en la casa había un tipo y le
pedía que no entrara. Mariano sostuvo que lo despertaron dos disparos, uno atrás de otro. Que se
despabiló y entró el padre a la pieza diciendo que corriera.
Fantasía y accidente. Una mujer asesinada por gente que estaba dentro de la casa y que nadie vio
salir. Al día siguiente Mario terminó por flaquear por situación tan extraña en el interrogatorio
policial. Asumió que él había disparado, pero habló de un accidente: adujo que fue a buscar el arma
para mostrársela a su mujer, que entonces lavaba los platos, y que por el gatillo celoso del
revólver se le escaparon dos tiros. “Me morí de miedo e inventé esa historia. No tuve
intención de hacerle nada”, dijo.
Eso parecía corroborar la familia. La hermana de María del Carmen dijo
que nunca ella le había contado de ninguna infidelidad, o de problemas económicos o de trato
alguno. Nicolás dijo que sus padres tenían discusiones normales de pareja y agregó que la situación
económica era apretada. Los dos hijos declararon nunca haber visto a su padre con un arma de fuego.
Y los vecinos sumaban perplejidad sobre el fin de esa pareja que trabajaba en tandem e iba a todos
lados juntos, con una vida común, acompañando a sus hijos a los torneos de tenis, sin peleas.
Pero el razonamiento judicial y las pericias descartarían el accidente encarrilando lo ocurrido
hacia un accionar que aunque podía ser misterioso, sin dudas había sido intencional.
El médico policial Mario Ripper dijo que los disparos se hicieron por la
espalda, a 10 o 15 centímetros de distancia, lo que implicó la calificación del caso como homicidio
calificado por el vínculo y la alevosía. El forense José Escauriza fue más allá: alegó que por el
orificio de bordes desgarrados que dejó el balazo en el cuerpo, el caño del revólver debió estar
“casi apoyado” en la superficie cutánea. La cuestión de los balazos accidentales por
culpa del “gatillo celoso” también fue desmantelada: un informe técnico señaló que al
revés de ciertas pistolas, el revólver requiere para disparar el movimiento voluntario de apretar
cada vez el gatillo, lo que supone el ejercicio de una fuerza considerable. La pericia del arma,
además, encontró que su funcionamiento era normal. Los tiros, por consiguiente, no podían haberse
escapado.
Mario Rodríguez fue condenado a prisión perpetua por el juez Fernando
Vidal. La sentencia, luego confirmada, sostiene que Marito simuló un ataque a su casa, donde nadie
nunca entró ni robó nada y no dejó que su hijo interviniera. Sin embargo quedó la incógnita de la
motivación.
Una vaga excusa. En el expediente 136/96, uno de los hijos de Rodríguez hace alusión a un
negocio frustrado: la tentativa de vender discos de embragues a un interesado que, por una razón no
aclarada, imponía a Mario asociarse a una empresa de Rosario. Ante ello él le había pedido a su
esposa que se pusiera al frente de esas operaciones. A lo que ella, según el hijo, se había negado
rotundamente. Una mención de un disgusto insuficiente para convertirse en móvil.
Un hombre sin antecedentes penales hasta ese hecho, un preso primario de
conducta ejemplar que, según el ex juez Carlos Fraticelli, tenía tal relación de intimidad con la
policía de Melincué que hasta “contestaba los radiogramas durante la noche”.
Si su comportamiento en prisión lo habilita, en julio del año próximo
Rodríguez estará en condiciones de obtener salidas transitorias. Y bajo el mismo requisito podrá
pedir la libertad condicional en 2016. Una historia enigmática y triste que no habría asomado a la
luz pública a no ser por una fiesta compartida con las máximas autoridades de una unidad regional
de la policía santafesina.
Otra historia
Mario Rodríguez no fue el único preso de la alcaidía de Melincué con permiso para salir de su
celda y asistir en carácter de colaborador a la fiesta por el Día de la Policía hecha el mes pasado
en un boliche de Elortondo. Del mismo beneficio gozó Nora Leuci, una pitonisa que pergeñó y
organizó el crimen de un comerciante de Venado Tuerto en 1997. La historia de esa mujer fue
publicada por La Capital el domingo 3 de octubre y puede leerse en el sitio web del diario.