Condenado por asesinar a su mujer y beneficiado por favores policiales
El comerciante Mario Rodríguez mató a su esposa en 1996, en la casa que compartían en Firmat. Los privilegios que recibía en la alcaidía de Melincué le costaron la cabeza a la cúpula de la UR VIII.

Domingo 10 de Octubre de 2010

Mario Carlos Rodríguez no volverá a gozar de las atenciones especiales que conoció en sus 14 años de habitante de la alcaidía de Melincué. La flexibilidad del régimen carcelario había sido generosa con él, pero hace un mes, cuando concurrió invitado a una fiesta en un boliche en Elortondo en la que se celebraba el Día de la Policía, las cosas tocaron un escabroso borde. Al fin de cuentas, él era un preso condenado a cadena perpetua por el asesinato de su esposa. La denuncia de su presencia en el agasajo repleto de uniformados, documentada hasta con imágenes de video, provocó el reemplazo de seis oficiales de la cúpula policial del departamento General López. Y además, su traslado al presidio de Coronda.
  La historia de Mario Rodríguez no reconoce situaciones de violencia ni antes ni después de aquel hecho gravísimo por el que está condenado. Sí tiene reconocimiento, o al menos publicidad previa, la tolerancia que sus movimientos tenían en la alcaidía de Melincué. Hace diez meses el ex juez de Rufino, Carlos Fraticelli, quien fue durante cinco años interno en ese penal del sur provincial, dijo que Rodríguez era un protegido histórico de los jefes que sucesivamente ocuparon la Jefatura de la Unidad Regional VIII.
  El ex magistrado refería también que las autoridades judiciales con asiento en la zona eran comensales de las “opíparas cenas” que Rodríguez, como cocinero oficial del penal, preparaba de punta a punta a los superiores judiciales y policiales. Desde salir a comprar las vituallas hasta servirlas en la mesa.
  La cuestión de la protección histórica hacia Rodríguez no está probada, pero pareció sugestiva la declaración del comisario inspector Marcelo Gorosito, que al divulgarse la historia de la fiesta en el boliche de Elortondo que él mismo había organizado, voló de su cargo de jefe máximo en Melincué. Gorosito, durante el sumario que le hicieron, se quejó de que sólo a él le reprocharan la tolerancia al preso, cuando todos sus antecesores le dispensaban los mismos privilegios.

Sin móvil certero. El capítulo doméstico que llevó a prisión a Mario Rodríguez ocurrió en setiembre de 1996 en Firmat y allí todavía persiste abierto el misterio que lo detonó. Enigma no despejado en el expediente dado que a su delito nunca se le halló un móvil.
  Marito era un comerciante popular, de vida normal, de trato estrecho con sus vecinos. Administraba una casa de repuestos para automóviles y fábrica de embragues, jugaba al tenis con su mujer y sus hijos, era visto regularmente comiendo en compañía de amigos y siempre junto a su esposa, que trabajaba con él haciendo las cobranzas y trámites bancarios del negocio.
  Hacia julio del 96 Mario empezó a demostrar una preocupación acentuada por cuestiones de seguridad: su esposa, María del Carmen Forti, había sufrido un robo de 100 pesos en la casa familiar de Hipólito Yrigoyen 1954. Y alguien de su familia un mes después, al sonar el teléfono, escuchó la amenaza de una voz masculina anunciando que iban “a matar a todos”.
  Fue así que Mario, que empezaba a lucir ensimismado e irascible, trasladó un revólver calibre 38 largo marca Orbea Eibar de su negocio a su casa y lo escondió en el lavadero. Paralelamente, empezó a recurrir de modo hipnótico y recurrente a conversaciones sobre los peligros que acechaban a la familia.
  El 9 de setiembre de aquel año, a las 22.30, la familia terminó de cenar y Mario se levantó para llevar a su hijo Nicolás a lo de un amigo. Cuando se subió a la camioneta, el chico percibió un rasgo extraño: su padre se había calzado unos guantes de lana marrones y mientras manejaba le dijo que el tipo que había entrado a robar a su casa “volvería y mataría a uno de los cuatro”. Nicolás recordó que su padre jamás había usado guantes.
  Al volver, a eso de las 23, los vecinos escucharon dos detonaciones secas y un estallido de alaridos nerviosos. Mario y su hijo Mariano, que estaba durmiendo, salieron corriendo a la calle. Mario gritaba que había alguien en su casa. María del Carmen yacía en la cocina con un balazo que se introdujo en el cuello y salió por el hueso occipital. El otro tiro había ido a dar en la parte baja de la alacena.
  Mario explicó a la policía que había visto a su mujer mirando TV y dijo que estando en el patio oyó los tiros. Corrió al cuarto donde dormía Mariano y salió a los gritos afuera, donde contó a su vecino Miguel Rodríguez que alguien había entrado y disparado en la parte trasera de la casa. El vecino declararía luego que Mario gritaba que en la casa había un tipo y le pedía que no entrara. Mariano sostuvo que lo despertaron dos disparos, uno atrás de otro. Que se despabiló y entró el padre a la pieza diciendo que corriera.

Fantasía y accidente. Una mujer asesinada por gente que estaba dentro de la casa y que nadie vio salir. Al día siguiente Mario terminó por flaquear por situación tan extraña en el interrogatorio policial. Asumió que él había disparado, pero habló de un accidente: adujo que fue a buscar el arma para mostrársela a su mujer, que entonces lavaba los platos, y que por el gatillo celoso del revólver se le escaparon dos tiros. “Me morí de miedo e inventé esa historia. No tuve intención de hacerle nada”, dijo.
  Eso parecía corroborar la familia. La hermana de María del Carmen dijo que nunca ella le había contado de ninguna infidelidad, o de problemas económicos o de trato alguno. Nicolás dijo que sus padres tenían discusiones normales de pareja y agregó que la situación económica era apretada. Los dos hijos declararon nunca haber visto a su padre con un arma de fuego. Y los vecinos sumaban perplejidad sobre el fin de esa pareja que trabajaba en tandem e iba a todos lados juntos, con una vida común, acompañando a sus hijos a los torneos de tenis, sin peleas.

Pero el razonamiento judicial y las pericias descartarían el accidente encarrilando lo ocurrido hacia un accionar que aunque podía ser misterioso, sin dudas había sido intencional.
  El médico policial Mario Ripper dijo que los disparos se hicieron por la espalda, a 10 o 15 centímetros de distancia, lo que implicó la calificación del caso como homicidio calificado por el vínculo y la alevosía. El forense José Escauriza fue más allá: alegó que por el orificio de bordes desgarrados que dejó el balazo en el cuerpo, el caño del revólver debió estar “casi apoyado” en la superficie cutánea. La cuestión de los balazos accidentales por culpa del “gatillo celoso” también fue desmantelada: un informe técnico señaló que al revés de ciertas pistolas, el revólver requiere para disparar el movimiento voluntario de apretar cada vez el gatillo, lo que supone el ejercicio de una fuerza considerable. La pericia del arma, además, encontró que su funcionamiento era normal. Los tiros, por consiguiente, no podían haberse escapado.
  Mario Rodríguez fue condenado a prisión perpetua por el juez Fernando Vidal. La sentencia, luego confirmada, sostiene que Marito simuló un ataque a su casa, donde nadie nunca entró ni robó nada y no dejó que su hijo interviniera. Sin embargo quedó la incógnita de la motivación.

Una vaga excusa. En el expediente 136/96, uno de los hijos de Rodríguez hace alusión a un negocio frustrado: la tentativa de vender discos de embragues a un interesado que, por una razón no aclarada, imponía a Mario asociarse a una empresa de Rosario. Ante ello él le había pedido a su esposa que se pusiera al frente de esas operaciones. A lo que ella, según el hijo, se había negado rotundamente. Una mención de un disgusto insuficiente para convertirse en móvil.
  Un hombre sin antecedentes penales hasta ese hecho, un preso primario de conducta ejemplar que, según el ex juez Carlos Fraticelli, tenía tal relación de intimidad con la policía de Melincué que hasta “contestaba los radiogramas durante la noche”.
  Si su comportamiento en prisión lo habilita, en julio del año próximo Rodríguez estará en condiciones de obtener salidas transitorias. Y bajo el mismo requisito podrá pedir la libertad condicional en 2016. Una historia enigmática y triste que no habría asomado a la luz pública a no ser por una fiesta compartida con las máximas autoridades de una unidad regional de la policía santafesina.

Otra historia

Mario Rodríguez no fue el único preso de la alcaidía de Melincué con permiso para salir de su celda y asistir en carácter de colaborador a la fiesta por el Día de la Policía hecha el mes pasado en un boliche de Elortondo. Del mismo beneficio gozó Nora Leuci, una pitonisa que pergeñó y organizó el crimen de un comerciante de Venado Tuerto en 1997. La historia de esa mujer fue publicada por La Capital el domingo 3 de octubre y puede leerse en el sitio web del diario.