Viernes 06 de Junio de 2014
Quién no tuvo un abuelo que se jactaba de dar la mano ante un compromiso deudor. Claro, cómo no va a ser así si mi abuelo te miraba a los ojos y en ese intercambio de un apretón de manos sellaba el mejor de los contratos, porque no sabía firmar; mejor dicho, no sabía leer ni escribir. Luego vinimos nosotros, los que tuvimos acceso gracias a ellos al conocimiento, al estudio; tuvimos al gallego de nuestro almacén de barrio, en mi caso Manolo, que nos permitía llevar su mercadería a cambio de llenar una libreta en jeroglífico; pero nos ayudaba a llegar a fin de mes, para que la misma historia se repitiese hasta el final de aquellos años, donde la palabra valía más que un cheque de los que hoy firmo, dudando hasta de mi propia capacidad de pago. Aparecieron los bancos, los créditos, las hipotecas, los préstamos usurarios y ya nadie volvió a ser feliz; en el camino quedaron ilusiones, sueños, capital de trabajo y esfuerzos. Dejamos de ser hace tiempo y no queremos asumirlo, nos da bronca tener que reconocerlo, pero la voracidad y la codicia de otros se llevaron por delante todo. Nos están desmembrando como sociedad, como víctimas de un sistema que aprovechan los oportunistas de turno. En las grandes ciudades se terminaron las mesas domingueras, donde el “tata” y la “yaya” se sentaban a mirar el rebaño de hijos y prole, y compartir el único momento donde la vida transcurría plácidamente entre anécdotas y anécdotas, tal vez repitiendo incansablemente los mismos guiones. Todo esto a cuento de que hoy se sella un acuerdo con el Club de las Sanguijuelas de París, con la venia tácita o expresa de EE.UU, no por simpatía hacia nosotros sino, como la abuela de Caperucita, para que pueda comernos mejor. Hace una década eran U$S 5.500 millones de los cuales a decir verdad no era responsabilidad de este gobierno, hoy luego de 10 años U$S 9.700, ni siquiera considerando la tasa Libor podríamos haber llegado a esa cifra, pero debemos agradecer que nos cobran pocos intereses, una verdadera bicoca. Dentro del monto entregamos en hipoteca a nuestros hijos, nietos y biznietos. Somos inconscientes, dejamos que la deuda de nuestra hacienda la maneje un cualquiera, como los bufetes de abogados que nos defienden de los fondos buitre; con los honorarios que nos cobran ya hubiéramos acordado con Singer, que haciendo honor a las máquinas de nuestras abuelas, nos cose la cabeza, el alma y la vida. Por último, quiero recordar a muchos que de lo único que somos dueños es de nuestra propia vida, vinimos solos al mundo y así nos iremos, parafraseando al General San Martín, “vinimos en bolas y nos iremos del mismo modo”.
DNI 8.634.022