Lunes 18 de Febrero de 2013
En fecha 2/2/2013, aparece en esta sección una carta firmada por una docente, identificada como Pilar Pacheco. Una brillante exposición, más bien un alegato agrego, donde hace referencia al caso conmovedor de una niña con una patología severa, la que requiere asistencia respiratoria mecánica en forma permanente. Sí, depende de la nunca bien ponderada energía eléctrica. Ya sabemos que ésta hace agua por todos lados y tal parece, es imposible obturar los diferentes orificios y, tomándome el permiso pertinente, es imposible calafatear como se hace en las embarcaciones (comparación mediante). La ciudadana plantea, y más se parece a una ilusión, la necesidad de una inmediata solución para casos puntuales, que no es el único, habrá tantos que necesitan de aquella en función de edad particularmente. Un caso y vaya si solidario, casi un ruego digno de imitar. Es en vano resaltar, quejarnos, vernos literalmente agredidos por la ineficiente calidad de servicios a cargo del Estado y que no se cumplen en la medida que se pregonan o se promete en las campañas electorales, a sabiendas que será imposible cumplimentarlas. El deterioro de los servicios, sin prisa pero sin pausa, se viene poniendo de manifiesto desde tiempo inmemorial. El volumen poblacional que van ocupando sistemáticamente las altas torres para viviendas, va superando largamente las posibilidades no sólo energéticas y un razonable imprescindible suministro de agua potable para consumo humano. Oh, paradoja: nuestra ciudad está emplazada a la vera de un generoso río, que también sus aguas son utilizadas como lastre en las naves que las surcan y se vuelven al exterior con sus bodegas vacías por falta de exportación. Aquellos descubrieron un filón. Tiempo atrás el peso para la estabilidad de una nave, se hacía con piedra. Pero ahora, el agua como si se tratase de oro está ahí, y quizás no aporten ningún pago para ello. A la vista: distribución precaria de energía eléctrica y de agua potable. En el particular caso que expone la recurrente, nos encontramos frente a una falta grave de indolencia más indiferencia. Si no se sale a recorrer, visitar instituciones a propósito de conocer inquietudes y/o necesidades se dará -aunque imposible- aquello de que “si Mahoma no va a la montaña…” De haber juicio y castigo a todo aquel que no cumpla con los deberes de funcionario público, debería recaerle todo el peso de la ley de forma harto ejemplar, quizás no serían tantos los que se avengan a postularse para obtener un escaño en los estamentos pertinentes. La ley del mar dice que el capitán de una nave siniestrada, debe hundirse con ella. El juramento habla por sí solo.
Oscar H. Rodríguez
DNI. 6.004.403