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Comenzaron a intervenir uno de los barrios más "calientes" de Rosario

Se trata de un sector de cinco manzanas del barrio La Tablada, zona sur de la ciudad, donde la provincia abrirá las calles Centeno y Ameghino y construirá un playón deportivo.

Domingo 07 de Abril de 2013

"No me digas que balearon a alguien...", apura el muchacho mientras frena su bicicleta advertido por la presencia de La Capital en uno de los bordes del cordón Ayacucho (un sector de cinco manzanas), una de las zonas duras del barrio La Tablada.

"No. Es porque están por abrir las calles", lo calma una vecina.

"Las calles" son Centeno y Ameghino, dos corredores interrumpidos por la barriada que en los últimos años alimentó las crónicas policiales con enfrentamientos entre las dos bandas que disputan ese territorio. Paradójicamente, los grupos se identifican con esos mismos nombres. Son Los de Centeno y Los de Ameghino.

Pero el reclamo por la regularización de esos terrenos viene de mucho antes. "Es histórico. Mis abuelos ya habían formado una comisión para pedir la apertura de esas calles y ellos murieron hace 20 años —recuerda una mujer nacida y criada en Ayacucho y Centeno—. Ahora lo van a hacer por el problema de la seguridad. Y espero que sea una solución".

La apertura de calles y la regularización del cordón Ayacucho forman parte del Programa de Integración de Asentamientos Irregulares lanzado por la Secretaría de Hábitat de la provincia. Las tareas comenzaron hace unas semanas con el relevamiento para la apertura de Centeno en unos 100 metros, entre Ayacucho y Provincias Argentinas y la habilitación de un playón deportivo en una de estas esquinas. Las obras demandarán la relocalización de una veintena de familias que accederán a viviendas construidas por el programa. Sólo esta intervención demandará una inversión de 4,5 millones de pesos. Según estimó el titular de la Secretaría de Hábitat, Gustavo Leone, en un mes estará en ejecución un predio recreativo que se levantará en Centeno y Colón y la apertura de la calle estará concluida antes que finalice el año. En una segunda etapa se avanzará con la apertura de Ameghino, más complicada porque su traza aparece interrumpida por un galpón de una empresa privada.

Cuestión de nombres. Las casi cinco manzanas que se extienden en forma de "L" entre Ayacucho, Colón, Doctor Riva y Uriburu suman distintos nombres según quien las mencione. En los registros de asentamientos irregulares del municipio se denominan cordón Ayacucho, otros los ubican como parte de Tablada, los vecinos lo llaman barrio San Martín, o directamente hablan de Ayacucho y Centeno y Ayacucho y Ameghino. En esa geografía de terrenos fiscales cruzados por estrechos y laberínticos pasillos, los técnicos de la secretaría provincial cuentan unos 500 "techos", cifra que advierten es superada ampliamente por el número de viviendas montadas bajo esa protección y por la cantidad de familias que ocupan cada uno de estos espacios. Un relevamiento del Banco Municipal realizado a mediados de la década del 90 contaba allí 1.200 hogares.

Por Ayacucho las viviendas son de material y, enrejados, asoman algunos pequeños comercios. En los pasillos la postal es mucho más humilde: algunos son de barro, exageradamente estrechos y el olor de los desagües resulta nauseabundo. Las casitas alojan varios niños de madres jóvenes y, cada tanto, escupen cumbias que suenan muy fuerte. Alguna exhibe un cartel que anuncia "se vende". "Acá los hombres son albañiles, trabajan en fábricas. Son todos laburantes, pero necesitamos una ayuda para seguir adelante. Si nos dieran los materiales nosotros mismos podríamos mejorar las cloacas o los pasillos. Es indigno que los chicos tengan que vivir así", se quejan varias señoras y repasan otras penurias: "En verano, hasta las 3 o 4 de la mañana no hay una gota de agua, no tenemos un comedor para los chicos y si nos enfermamos nadie puede entrar a asistirnos". Dos volquetes de chapa colocados sobre Ayacucho (uno en Centeno otro en Ameghino) reciben todos los residuos domiciliarios del barrio. Y si bien hay varias líneas de colectivo que circulan por allí, de noche lo hacen "a criterio". Y hay un dato más: por todos lados los paredones de las construcciones llevan impresos con letras mayúsculas pintadas con aerosol con los nombres de los pibes que se fueron demasiado pronto.

En desuso. En La Tablada, la costumbre de sentarse en la vereda ya parece cosa del pasado. Y quienes la sostienen toman sus recaudos: "Nosotros ponemos las sillas con la espalda contra este tapial y mirando hacia Ameghino. Nunca sabés de donde pueden venir las balas", advierte un grupo en la vereda de Ayacucho y Centeno.

En esa misma esquina, desde hace unas semanas una mujer presta su casa para que profesionales del Ministerio de Desarrollo Social provincial se reúnan con los pibes. Porque al fin y al cabo, dice, "son víctimas, son chicos que crecieron muy rápido, sin padres, con gente grande que los contrata y les dan armas para que los cuiden, con la injusticia de la policía, con los jueces que no escuchan los pedidos de ayuda. Por eso es necesario que alguien los tenga en cuenta, porque están desprotegidos y porque no queremos verlos más en un cajón o presos. Y, sobre todo, porque no queremos más heridos ni muertos ni de uno ni de otro lado". Por cada pasillo sobran los testimonios de quienes vieron a los pibes caer a pocos metros. "Los cargamos en el auto, los llevamos al hospital, les tapamos las heridas para que no sangren tanto. Y ya sabemos quiénes tienen alguna chance y quienes están fritos. ¿Sabés lo que cuesta aprender eso?", pregunta otra vecina.

Mientras tanto, apuran los pasos por los angostos pasillos que recorren a diario. Y empiezan a imaginar cómo quedará el barrio cuando estos corredores se transformen en calles.

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