Cómo fueron los pasos que despejaron el enigma de lo ocurrido a la docente
Los policías de la Brigada de Investigaciones de San Justo buscaban con linternas en un cantero de la terminal de ómnibus de San Francisco (Córdoba). El ímpetu aplicado en la tarea llamó la atención de los transeúntes. Después del amanecer uno de los efectivos levantó la mano en señal de triunfo. Entre los dedos sostenía la mitad de un chip telefónico, una prueba clave para la fuerza policial santafesina que logró esclarecer en tiempo récord un caso de enorme repercusión nacional.  

Lunes 13 de Julio de 2009

Los policías de la Brigada de Investigaciones de San Justo buscaban con linternas en un cantero de la terminal de ómnibus de San Francisco (Córdoba). El ímpetu aplicado en la tarea llamó la atención de los transeúntes. Después del amanecer uno de los efectivos levantó la mano en señal de triunfo. Entre los dedos sostenía la mitad de un chip telefónico, una prueba clave para la fuerza policial santafesina que logró esclarecer en tiempo récord un caso de enorme repercusión nacional.
  Todo comenzó con la denuncia de Belkis Bolatti de Cugno, la mamá de Alejandra, asentada en la comisaría de San Jorge, sólo un par de horas después de notar la anomalía: su hija debía llegar su domicilio a las 18.30, una hora después de salir de la Escuela Nº 268 de Cañada Rosquín.
  La noticia tuvo un fuerte impacto dentro de la fuerza policial. El jefe de la Unidad Regional XVIII, Martín Montegrosso y su subalterno inmediato, Luis Martínez, viajaron desde Sastre. Dialogaron con la mujer y comenzaron a edificar la estructura de un caso que los mantendría ocupados durante toda la semana.

Lluvia de alertas. Tras ese encuentro hubo notificaciones a departamentales vecinas y centrales policiales de las provincias aledañas. Estaban convencidos de que no se encontraban ante la desaparición de una persona con el perfil de quien deja el hogar sin aviso previo y no dieron lugar a especulaciones.
  Junto a esas comunicaciones radiales, telefónicas y escritas, circulaba el pedido de rastreo del automóvil Fiat Duna blanco, propiedad de la docente. Sabían que no era fácil de ocultar y se constituía en la clave momentánea para determinar rápidamente el paradero de Cugno.
  A las 3 del martes último un llamado desde San Francisco advirtió: el auto había sido encontrado en cercanías de la terminal de ómnibus de la ciudad del este cordobés. Minutos después debieron violentar la cerradura del baúl para cerciorarse de que la maestra no estuviera encerrada allí.
  Una comisión partió desde Sastre para trabajar con el departamento de criminalística de la provincia vecina. Juntos determinaron en principio que el auto había viajado por caminos de tierra, que en el baúl había cabellos rubios coincidentes con los de la propietaria, marcas y golpes que marcaron la chapa desde el interior.
  Al amanecer llegaron los operativos de rastrillaje organizados por la policía de las dos provincias. Cada localidad buscaba en su distrito con bomberos y policías. Surgieron dos frentes de búsqueda independientes. En San Francisco los cordobeses empezaron a explorar hacia el sudeste y los santafesinos desde Cañada Rosquín hacia el noroeste. La idea era cerrar la zona desde frentes opuestos examinando lugares clave.
  Participaron los bomberos voluntarios, policías, las divisiones caninas de ambas provincias, empleados judiciales y la familia del novio de Alejandra. Trabajaron en la zona unas 200 personas en 50 vehículos oficiales y particulares. También patrullaron desde el aire en avioneta y helicóptero.
  Paralelamente a la búsqueda se desarrollaba un operativo de inteligencia en la Agrupación Unidades Especiales de la UR XVIII al mando del comisario principal Sergio Gorosito.

Dos voces decisivas. En ese terreno y tras varias averiguaciones se encontraron los dos testigos, obreros sanjorgenses de una fábrica de Cañada Rosquín que hacían dedo la tarde del lunes en uno de los accesos de la localidad a la ruta 66.
Según sus dichos, llegó hasta ellos un hombre petiso y robusto, con pelo rojizo y buen trato. Le contaron que hacía dos horas que esperaban y nadie los llevaba, a modo de anticipo de la suerte que le esperaba. Describieron la indumentaria que llevaba el hombre y hasta arriesgaron una edad aproximada.
  Los testigos abrieron la primera línea de investigación pero a la vez se transformaron en la segunda: fueron considerados sospechosos. Con ese aporte los investigadores confeccionaron un fotofit con un 50 por ciento de semejanza con el sujeto buscado. Lo distribuyeron a las cabeceras regionales y otras provincias.
  También conocieron los primeros pasos del viaje final de la maestra: había salido del interior de la localidad y al llegar a la ruta 66 detuvo su marcha. Destrabó la puerta y corrió el portafolio que llevaba en el asiento del acompañante hacia el trasero. Saludó con un beso al acompañante y reanudó el viaje hacia el oeste.

Pistas tres y cuatro. La tercera hipótesis surgió del informe suministrado por la policía de la provincia sobre la fuga de presos de Granadero Baigorria. La cuarta pista tuvo como blanco a un hombre con inclinaciones delictivas que había salido con Alejandra hace más de cinco años y con quien tuvo a su único hijo.
  A través de averiguaciones se precisó qué elementos transportaba la maestra, entre ellos el teléfono celular. Allí solicitaron la intervención de la línea telefónica. Los medios tecnológicos y los métodos de inteligencia aplicados a las comunicaciones hicieron el resto.

El boxeador. Los resultados llevaron a dar con el primer detenido, un pugilista de Colonia Aldao que en el momento que llegó la policía participaba de un festival de boxeo en Seeber. Los uniformados esperaron a que dirimiera su duelo deportivo y lo detuvieron en el vestuario. Después de dos días de calabozo se probó que no estaba vinculado al caso y quedó en libertad, aunque aportó un dato concluyente para dar con el principal sospechoso.
  Ocurría que un año y medio atrás su concuñado, que temporariamente había convivido con él, le había robado el celular. El exámen de las comunicaciones arrojó el nombre de José Luis Baroni y su domicilio de Piamonte. Sus descripciones coincidían con las de los testigos. Se erigió en principal sospechoso.
  A partir de allí hubo operativos de búsqueda en las viviendas de familiares de Baroni en Córdoba y norte de Santa Fe. Entretanto salió a la prensa una ex remisera cordobesa que reconocía que la persona que el país buscaba era quien hacía 15 años había abusado de ella.
  A partir de allí Baroni comenzó a alternar su estadía entre Piamonte y la provincia de Buenos Aires. Cometió delitos bajo el falso nombre de Carlos Ferreyra con un documento que obtuvo en uno de sus robos. Los allanamientos ordenados por el juez José Manuel García Porta completaron la búsqueda. En Piamonte se secuestró una cartuchera, que fue reconocida posteriormente por las compañeras de Alejandra. También sábanas y trapos con sangre.
  La concubina de Baroni, actualmente a cargo de sus cinco hijos, le facilitó una fotografía a la policía, exhibida luego en los medios para lograr el paradero del acusado. Durante la conferencia de prensa ofrecida con ese propósito, una de las patrullas de rastrillaje anunció el hallazgo de un cuerpo femenino en el interior de un pozo. Los jefes de la UR XVIII se lo comunicaron al juez que inmediatamente se lo dijo a los medios.
  Una febril carrera de móviles policiales y periodísticos se desarrolló por los caminos de ripio y tierra que llevan hasta el lugar. García Porta confirmó que se trataba de la maestra.
  Baroni huyó para deshacerse de las pruebas que tenía en su poder. El auto, las prendas, útiles y otras pertenencias. Para despistar las abandonó durante su marcha en lugares cercanos a San Francisco. También intentó borrar el rastro que podía condenarlo: antes de subir al micro, sacó el chip del celular, lo partió por la mitad y lo tiró en un cantero con flores. Pensó que de esa forma evitaba toda posibilidad de ser identificado. Todo indica que se equivocó.