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Claudio Petruzzi jugó en las inferiores de Central hasta que el servicio militar y Malvinas su carrera

"En Malvinas me di cuenta de que nunca dejé de ser arquero. Desde el arco observás toda la cancha, todos los movimientos. Padecés en soledad lo peor, el gol, y a veces, en los festejos también estás solo. Todas esas sensaciones las viví en la trinchera".

Miércoles 02 de Abril de 2014

"En Malvinas me di cuenta de que nunca dejé de ser arquero. Desde el arco observás toda la cancha, todos los movimientos. Padecés en soledad lo peor, el gol, y a veces, en los festejos también estás solo. Todas esas sensaciones las viví en la trinchera". Más que gráfico fue Claudio "Tato" Petruzzi, ex soldado combatiente y ex jugador de las inferiores de Central, al referirse a sólo dos capítulos de su vida. Sólo dos. Porque Petruzzi con apenas 51 años tiene más vidas que un gato. Y hablará de todas ellas teniendo muy en claro que el fútbol no es la guerra pero que ambas cosas le hicieron marca personal para siempre.

Petruzzi, también padre de tres hijos, médico neonatólogo y profesor de Pediatría en la Universidad Nacional de Rosario (UNR), nació en Monte Maíz (Córdoba). No quiso ser hincha de River como su papá, fue de Estudiantes, primero, y luego de Huracán. Pero fue en el club Lambert de su pueblo donde se convirtió en arquero.

"Entrenaba horas en un paredón: la pelota y yo. Y llegué a dar una vuelta entera a la cancha volando para un lado y para el otro".

Como era bueno, cursando el 3º año del secundario se probó en Central. "Recuerdo cruzar la plaza de Monte Maíz soñando con salir a la cancha grande, con ser un profesional". Y quedó. Por eso dejó a 217 kilómetros una vida tranquila de familia de clase media y se vino a Rosario, solo y con 15 años, a vivir a una pensión sórdida cerca de la Terminal de Omnibus.

El Normal 3 por la mañana, las tardes enteras de entrenamiento en la Ciudad Deportiva, el cruzar la ciudad en colectivo, el dinero siempre escaso y la visita a unos tíos en Granadero Baigorria por con un plato de comida, eran su rutina.

"Todo me costaba mucho, pero en la vida de los apasionados del deporte hay metas. Ellas te arrastran al punto que a las renuncias no las sentís tanto. En mi pueblo dejé a mis amigos, las salidas, tampoco pude ir a Bariloche, pero nada me importaba, quería jugar y lo hacía, era titular".

Recordó haber sido contemporáneo a Ariel Cuffaro Russo, Claudio Scalise, el ya fallecido Rubén Morelli y el ex Newell's Juan José "Yaya" Rossi, entre otros.

Terminó el secundario, no se llevó ninguna materia. Las metas se iban cumpliendo. Hasta que en el 81 salió sorteado para el servicio militar. Dijo que para algunos era perder algo de pelo. Para otros, alejarse de la novia. Para él, era "perder un año de fútbol". Y recordó que cuando partió en febrero del 82, desde su pueblo a Colonia Sarmiento (Chubut), consoló a su mamá diciéndole: "No llores, vieja, la colimba no es la guerra". El 2 de abril de ese año llegó a Malvinas.

Con sólo un mes de instrucción y habiendo tirado sólo diez tiros con un fusil se encontró en Puerto Argentino, apostado en el aeropuerto, cerca de la pista y la playa, padeciendo constantes bombardeos navales y aéreos.

"Ziumm ziummmm", dijo cuando imitó los silbidos de las bombas. "Cuando atajás un penal definitorio te jugás un desafío, pero miedo...miedo es otra cosa, miedo es lo que sentís en la guerra, ahí seguir vivo o muerto es una ruleta rusa constante", aseguró.

Petruzzi integró el grupo de sanidad con otros soldados: fue camillero, desenterró a más de un compañero que quedó bajo la arena y la tierra por un bombardeo, pasó frío, hambre, hizo guardias en la playa con un visor nocturno bajo la orden de dar alerta en caso de desembarco. Cabó pozos de zorro y fue "bailado" por sus superiores.

"Pero no fui de los que peor la pasaron: no me olvido de los que murieron en el Belgrano y de los compañeros estaqueados. Malvinas tuvo enemigos externos e internos. Yo volví, entero, y eso, claro, como a muchos, nos llenó de culpa".

En esos meses se olvidó de la pelota. Terminó la guerra y comenzó lo que muchos llamaron un ingrato proceso de "desmalvinización". La novia que tenía antes de partir ya no lo esperaba. "Fue un golpe duro", reconoció. No tenía trabajo ni dinero, no estaba entrenado y lo peor: nadie lo invitó a volver al arco.

"Ahí pensé: con un plato de arroz en la panza puedo estudiar pero jugar a la pelota, no". Colgó los botines de las inferiores, rindió el examen de ingreso a medicina y cursó toda la carrera. Un verano, mientras estudiaba, volvió a su pueblo y se ofreció en las ligas del interior. El primer destino fue el club Guillermo Reny, de la localidad de Wenceslao Escalante.

"Hacía desde el 63, cuando había nacido, que el club no ganaba. Pero ese año, 1984, fue maravilloso, salimos campeones en la liga y yo era el arquero titular. Había comenzado mi carrera semi profesional". Ese tramo de su vida duraría 7 años. Jugó en Belgrano, en la liga casildense y en Guatimozín, para la liga cordobesa. Se recibió de médico y ahora trabaja en el hospital Eva Perón de Baigorria. "Es mi lugar en el mundo. En una terapia de pediatría o de neonatología también debes estar muy atento, como en el arco: siempre hay que estar alerta a los monitores, a las alarmas, a los pacientes", dijo. A quince años de la guerra comenzó a militar con los Ex Combatientes de Malvinas. Y como médico y veterano de guerra siguió jugando al fútbol. El mismo lo dijo. Le pasaron muchas cosas en la vida. Y sin dudas la guerra fue un antes y un después. Pero nunca, nunca, dejó de ser arquero.

Algunos recuerdos entre los nombres de los 649 caídos

Al llegar al Monumento a los Caídos, en el Parque a la Bandera, Petruzzi se paró frente a un nombre: Fabricio Carrascull. Explicó que ese chico y otros dos eran como él, cordobeses, pero de Hernando. "Estaban los tres siempre juntos en el cuartel. En Malvinas tuvimos distintos destinos. Y de ellos volvió sólo uno. Supe luego que a Carrascull lo habían anotado mal al nacer: como clase 64. "Pero él, a los 15 años, corrigió el dato y lo llamaron a la guerra".

El Patón: elegido por su compromiso y juego

Cuando se le pidió a Petruzzi que eligiera a un arquero, nombró sin titubear: “Al Patón Guzmán”. Y agregó. “Porque vistió nuestra camiseta de ex combatientes y la de Hijos. Y porque juega como nadie con los pies. Debería estar en la selección. Lamentablemente si no jugás en Europa, no te eligen. Toda una contradicción”.

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