Sábado 14 de Mayo de 2011
En un país que se precia de organizado, no sólo alcanza con el cumplimiento estricto de la Constitución, fundamento único de todo régimen democrático, sino también es necesario que los gobernantes de turno sepan mantener intactos el equilibrio y la armonía entre las diversas clases sociales despójandose, para tal fin de cualquier intencionalidad sea cual fuere.De ninguna manera creo que se convierta en una actitud lógica el despojar de sus beneficios a quienes más lo necesiten, pero siempre y cuando quienes los perciban sean ciudadanos dignos y merecedores del esfuerzo de todos. La distribución de la riqueza debe ser equitativa tratando de hacerse cumplir para tal fin con los deberes y obligaciones estipuladas. Quiero decir con esto que lo políticamente aceptable sería que el Estado pueda exigir a cambio de dichos subsidios disciplina y conducta hacia el trabajo. Que aquel que aporte su esfuerzo, dedicación y entusiasmo tratando de mejorar las condiciones actuales, debería ser entonces, indefectiblemente, recompensado y valorado por su dignidad y moral. Pero, lamentablemente, ocurre todo lo contrario. Hoy el que más se beneficia es el que no trabaja, el que a las 10 de la mañana está en un piquete tomando mate aprovechando, de paso, la oportunidad para demostrar que son los más sufridos y desprotegidos, mientras que los que trabajamos observamos con algo de fastidio, que no nos alcanza el tiempo y, a veces, la voluntad para subsanar las falencias que también tenemos a pesar de sacrificios y empeños personales por llegar a cumplir con los compromisos adquiridos. Lo más triste es advertir que, entonces, los únicos que se benefician son quienes transforman el trabajo en obstáculo y el ocio en un medio de vida. Y de esta manera, vaya ironía de la vida, logran bienestar absoluto, ”explotando” de alguna manera al que no sabe ni comprende como es el vivir sin lograr ganar aunque más no sea, la mitad de sus derechos. Porque así están las cosas, los excesos abundan por todos lados: los poderosos enriqueciéndose gracias a los favores de unos cuántos que los amparan mediante políticas desfavorables para muchos pero grandilocuentes para otros. No creo que el actual gobierno pretenda la desigualdad e injusticia social, tampoco creo que justiifique semejante desorden, pero sí estoy convencida que equivocó el rumbo, que no es la manera más apropiada de manejar a un país que se está desbordando ante tanta desproporción. No considero útil la crítica absurda y sin sentido por el sólo hecho de aquello de “la culpa es de los que nos gobiernan”; así es demasiado fácil, pero tampoco admito cierta apatía por regular a la sociedad y, aclaro, la sociedad somos todos, no unos pocos, somos los de arriba, abajo y el medio. Los planes sociales serán bienvenidos, necesarios y fundamentales siempre y cuando no signifiquen un regalo sino un derecho, no una dádiva sino un deber. El que más tiene debe aportar para el que menos tiene, y se debe procurar que no existan abusos amparados en los que usan a la injusticia social como caballito de batalla y pasan por el banco a cobrar lo que no se han ganado. Pero, debemos también, en honor a la verdad, no generalizar y ser un poco flexibles a la hora de hablar de estos temas, porque sé que muchos acceden a los planes u otros beneficios, pero, al mismo tiempo, como cualquiera de nosotros, siguen luchando y trabajando para mejorar su calidad de vida. Digo: ”Ni tan calvo que se le vean los sesos, ni tan peludo que no se le vean los ojos”.
Rita Acosta Villafañe