Charlas en el Café del Bajo - Jueves 8
—Mi querida hija, cada tanto me manda unos mails con mensajes muy interesantes y ella gusta de tener siempre como leitmotiv en sus correos una frase que va cambiando cada tanto.

Jueves 08 de Mayo de 2008

—Mi querida hija, cada tanto me manda unos mails con mensajes muy interesantes y ella gusta de tener siempre como leitmotiv en sus correos una frase que va cambiando cada tanto. La última, y que acabo de leer en un mail que esta mañana me mandó y que ella titula "No te rindas", tiene ese pensamiento que, casualmente, se vincula con el tema que deseaba tratar hoy. Dice así: "Y me hablaron de futuros fraternales, solidarios, donde todo lo falsario acabaría en el pilón y ahora que se cae el muro ya no somos tan iguales, tanto tienes tanto vales". Y a propósito, digo lo que quería decir.

—Adelante; pero primero, déjeme que mientras observo lo que escribe vaya escuchando esa melodía que nos acompaña siempre, que nos embarga en ocasiones de tristeza, pero que nos repleta de esperanza: la banda musical de la película "La lista de Schindler". Escriba, mientras escucho y leo.

—Voy a morir, no sé cuándo, no sé cómo. Tal vez hoy, tal vez mañana. No quiero irme así, con mis ojos despojados y mi alma medio vacía. Casi vacía sí, porque ¿¡cómo podría estar completa cuando otros no se completan!? ¿¡Cómo podría ella no llorar cuando otros lloran!? Voy a morir, tal vez hoy, tal vez mañana, más no quiero irme con la ausencia de imágenes soñadas.

—¿Y qué cosa quieren ver sus cansados ojos mi querido y viejo amigo?

—Quiero ver a ese joven lleno de sueños, que hoy le son arrebatados, despertarse a la realidad anhelada. Quiero ver a ese trabajador que cada mañana parte hacia su trabajo con la espalda encorvada por la injusticia, y dolorido su corazón por su destino y el de sus amados, con el rostro sonriente, con el entusiasmo que crea, con la paz que le da sentido a la vida, quiero verlo satisfecho por un salario justo y una vida digna. Quiero ver a ese jubilado (que hoy se sienta en una plaza a mirar hacia atrás, dibujada en su rostro esa tristeza acendrada por el último tiempo, ese del jubileo, transformado en tiempo sufriente y tortuoso), caminando los últimos pasos tomado de la mano de su amada, de su amado, con el rostro satisfecho, mientras una caravana de hijos y de nietos, sonrientes, los aplauden y se regocijan en su regocijo. Quiero ver a ese profesional que acaba de recibirse, acogido para felicidad de su vocación y con respeto para su salario. Quiero ver a ese pequeño comerciante o emprendedor alentado y no robado por el Estado. Quiero ver orden y que este no se confunda con alarmante y repudiable represión. Quiero ver conciliación y cortesía en las calles y no enojo, consideración y no resentimiento, compañía espiritual y no mera permanencia al lado, quiero que los seres sean amados como deben ser amados. Quiero, antes de morir, ver luces de amor por todas partes y no sombras de odio y resentimiento, quiero ver perdón y no condena, compasión y no venganza. Quiero ver en la mirada de mis hijos la de todos los hijos del mundo y que esas miradas, llenas de paz y alegría, me dejen ir en paz mientras pronuncio mis últimos palabras: "El corazón de Dios se ha realizado en el corazón del hombre". Mientras tanto, querida hija, a pesar de mis caídas, no me rindo. Pero tampoco te rindas, ni se rindan los hijos del mundo, porque no están solos y porque los queremos como ellos nos quieren. No se rindan, porque como yo, muchos quieren partir felices, a pesar del misterio de la muerte y de la nostalgia de los últimos días.

Candi II

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