Celibato y Pedofilia (VI)
Sobre la carta de ayer "Celibato y Pedofilia", de Pocho Mainieri, donde pone énfasis en el celibato sacerdotal, quiero decir que el celibato no es una excepción, ni mucho menos una anormalidad, ni, en modo alguno, una aberración o situación contranatura, sino todo lo contrario: es una gracia, un don divino, para el sacerdote y para la Iglesia.

Martes 02 de Marzo de 2010

Sobre la carta de ayer "Celibato y Pedofilia", de Pocho Mainieri, donde pone énfasis en el celibato sacerdotal, quiero decir que el celibato no es una excepción, ni mucho menos una anormalidad, ni, en modo alguno, una aberración o situación contranatura, sino todo lo contrario: es una gracia, un don divino, para el sacerdote y para la Iglesia. Se equivoca también el lector cuando intenta atribuir nexo de causalidad entre la sí aberrante pedofilia y el celibato sacerdotal. El celibato en sí mismo realza al sacerdocio. Suprimirlo porque escasísimos "curas" no lo viven bien no es, pues, ninguna solución, sino que ésta estriba precisamente en el hecho de que todos aquellos que sigan el llamado divino al orden sagrado acepten libremente la vida célibe, y que una vez ordenados pongan los medios ordinarios a su alcance para conservar la vocación y la castidad y apelen de continuo a la gracia de Dios para que los fortalezca, acompañe y guíe en el peregrinar terreno. Nadie está obligado a hacer la promesa de celibato; pero una vez hecha, está obligado a ser fiel a su palabra. De la misma manera que nadie está obligado a casarse, pero una vez casado está obligado a ser fiel a su cónyuge. ¿Obliga menos la promesa de guardar el celibato que la palabra dada en el matrimonio? Algunos esposos y esposas, y tal vez muchos, no son fieles a sus cónyuges; ¿deberíamos suprimir la monogamia o la fidelidad matrimonial para solucionar los problemas matrimoniales? Además, la elección del celibato, si se la hace con humana y cristiana prudencia y responsabilidad propia de quienes siguen a Cristo, está presidida por la gracia, la cual no destruye la naturaleza, ni le hace violencia sino que, por el contrario, la eleva y le da capacidad y vigor sobrenaturales. No nos olvidemos tampoco tan fácilmente que el ideal concreto de esa condición de vida consagrada es Jesús, modelo para todos, pero especialmente para los sacerdotes. Jesucristo, nuestro Señor, vivió célibe y, por ello, pudo dedicar todas sus fuerzas a la predicación del reino de Dios y al servicio de los hombres, con un corazón abierto a la humanidad entera (católico). Pero quizá, antes, es necesario pedir la gracia de comprender el celibato sacerdotal, que sin duda alguna encierra cierto misterio: el de la exigencia de audacia y de confianza en la fidelidad absoluta a la persona y a la obra redentora de Cristo, con un radicalismo de renuncias que ante los ojos humanos puede parecer desconcertante, más aún en esta agitada época. Jesús mismo al sugerirlo, advierte que no todos pueden comprenderlo. ¡Bienaventurados los que reciben la gracia de comprenderlo y siguen fieles por ese camino! Con respecto a la aptitud para aconsejar en temas de familia, pienso que la experiencia y objetividad en esas cuestiones que puede tener un sacerdote es mucho mayor que las de una persona casada que solamente intenta resolver sus propios problemas o los de un grupo reducido de conocidos. Ser célibe no lo inhabilita para dar buenos consejos, inspirados en los evangelios, tradición y enseñanzas eclesiales, sobre temas que abarcan la temática familiar.

Gonzalo Román Rey, gonzalorey@uolsinectis.com.ar