Edición Impresa

Ceferino Reato: "Córdoba fue la síntesis de la tragedia nacional del 70"

Periodista y escritor, la mayor parte de su obra está referida a los movimientos guerrilleros que actuaron en el país en la década del 70, con una visión crítica de la corriente cultural que los reivindica.

Domingo 22 de Septiembre de 2013

Ceferino Reato es el salmón del relato. Con sus libros, se transformó en un especialista en nadar contra la corriente cultural que reivindica el setentismo militante.

En 2008 publicó "Operación Traviata", que permitió reabrir la causa judicial sobre la muerte de José Ignacio Rucci. En 2010 publicó "Operación Primicia", sobre el debut militar de Montoneros, que reveló las controvertidas y millonarias indemnizaciones a los familiares de guerrilleros muertos en el ataque a un cuartel en Formosa durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón.

Previo a su último trabajo, Reato compiló en "Disposición final" una serie de charlas que mantuvo con el dictador Jorge Rafael Videla en su lugar de detención. Se trató del único encuentro de Videla con un periodista, antes de su muerte.

Ahora es el turno de "¡Viva la sangre!", libro en el que el director de la revista Fortuna resume los tiempos del Cordobazo. El trabajo se desarrolla entre agosto y octubre de 1975, mientras los militares avanzaban hacia el gobierno y Córdoba anticipaba cómo sería la represión ilegal de la dictadura con el surgimiento del Comando Libertadores de América.

—¿"¡Viva la sangre!" completa el círculo que inició con sus otros libros referidos a la violencia de los 70?

—Sí, de hecho estaba buscando encontrar una forma para sintetizar la tragedia nacional de los 70. Me parece haberlo encontrado en Córdoba, porque estaba la imagen instalada de que Córdoba sería la capital nacional de la revolución socialista. Era un clima de época que pensaba que el mundo iba hacia al socialismo. Eso atrajo a la guerrilla, tanto que las conducciones nacionales de Montoneros y el ERP vivieron en los 70 en Córdoba, y también fue un laboratorio anticipado de cómo sería la represión ilegal durante la dictadura. Córdoba sintetiza la gran tragedia nacional de los 70.

—En su libro dice que "Córdoba era una Molotov social".

—Es una frase de John William Cooke, que me la refiere un abogado laboralista que fue asesor histórico de la CGT. Todos los ingredientes, en manos expertas, podían derivan en una explosión social como fue el Cordobazo. Entre esos ingredientes teníamos una clase obrera que era la que mejor ganaba en el país, nucleada en sindicatos reformistas pero muy autónomos de los sindicatos nacionales del peronismo. Eran obreros forjados en la industria automotriz pero con muy buena relación con los estudiantes universitarios. En Córdoba había un peronismo particular, como el de Elpidio Torres, del Smata, que a nivel nacional se referenciaba en Vandor pero a nivel provincial era muy autónomo, y con una práctica sindical muy rebelde.

—Era una época repleta de tomas de fábricas.

—Claro, ellos tomaban las plantas industriales y los talleres con los directivos y dueños adentro. Después estaba Atilio López, que era peronista, pero rebelde. Por afuera del peronismo estaba Tosco, con muy buena relación con el radicalismo y el PRT, pero también tratando de no quedarse en un ghetto sino dándole contenido político a la clase obrera.

—El Cordobazo fue un laboratorio de la guerrilla pero, al fin, un banco de pruebas para los militares golpistas del 76.

—Claro, porque por un lado, después del Cordobazo los grupos de la lucha armada llegan a la conclusión de que en Argentina contaba el foco urbano y no el foco rural, como en Cuba. Y del otro lado, desde la contrarrevolución, hubo una ola simétrica que a partir de agosto de 1975 tiene como conductor al general Benjamín Menéndez, con instrumentos que proveyó el presidente interino Italo Luder, quien delega en las Fuerzas Armadas la lucha contra la subversión. Luder delegó en los cuerpos locales el control operativo de la policía, y ahí aparece un grupo de tareas, el Comando Libertadores de América, que hasta tenía su propio centro de detención en una instalación militar. Hasta marzo de 1976 hubo en Córdoba 69 desaparecidos, lo que confirma que fue un laboratorio de la dictadura.
 —¿Cómo era la composición social de los integrantes de las organizaciones guerrilleras?
  —En Montoneros Córdoba estaba muy fuerte la pertenencia de sus líderes a familias conservadoras, algunas patricias, que habían estudiado en el Liceo General Paz. Pero no sólo en Montoneros, la derecha del onganiato, los interventores cordobeses son también de libro, de una derecha paradigmática. Menéndez era anticomunista más que otra cosa. El enfocó la represión salvaje con burocracia guerrera. La represión fue salvaje pero no tocó a la dirigencia peronista, radical y empresaria, salvo casos aislados. A nivel nacional pasó la mismo salvo con algunos sindicatos, eso es doloroso, y no se lo quiere ver porque es mejor decir que la represión fue para todos igual.
 —¿Cómo fue el caso Haymal, quien aparece como desaparecido en los últimos registros de la Conadep?
  —No fue un desaparecido. Incluso en la publicación Evita Montonera hay un extracto de lo que fue su juicio revolucionario. Todos saben que Haymal fue fusilado por delator y traidor. El decía que la policía lo había torturado para salvar a su familia. Montoneros decía que no se podían dar datos de ninguna clase, ni siquiera bajo torturas. Lo sentenciaron a muerte y lo fusilaron. Su familia cobró indemnización, y lo más grave es que también hubo un estudio jurídico que intermedió. Es un caso flagrante e irregular, pero nadie se pronuncia. La fuente principal, como aparece en el libro, es el hermano de Haymal. El hijo de Haymal integró la agrupación Hijos, pero sus familiares le hicieron ver que su padre no había sido muerto por la represión y me resultó inhallable.
  —¿Es el único caso de este tipo?
  —No, hay otros. Señalo el caso del Capitán Santiago, Hugo Irurzún, ex jefe del ERP muerto en 1980 por la policía paraguaya después del ataque contra al ex dictador Anastasio Somoza, que se había refugiado en ese país luego del triunfo de la revolución sandinista. Lo mata la policía paraguaya y aparece como víctima de ejecución sumaria en el nuevo Nunca Más, que es el actualizado en el 2006.
   —Usted fue el único periodista que tuvo acceso a Videla hasta poco antes de morir. ¿Lo sorprendió su muerte?
  —A él se lo veía bien de salud, pero tenía 86 años cuando yo lo entrevisté. Se había caído en otra oportunidad haciendo gimnasia, se había quebrado un hombro y un brazo. Era una persona que se podía morir en cualquier momento. Cuando salió mi libro, el Servicio Penitenciario Federal lo trasladó de Campo de Mayo a una prisión de máxima seguridad, evidentemente no querían que hablara más.
  —¿Le queda sobre Videla la idea de un personaje arrepentido, atribulado o jactancioso de lo que hizo como conductor de la dictadura?
  —No, no era arrepentido ni jactancioso. Relataba cosas de su foja de servicio, como que ejecutaba lo que habían decidido los altos mandos de la época, como que relataba los “servicios prestados”.
  —¿Usted siente que llevó adelante por medio de sus libros el “contrarrelato” de una historia oficial muy reivindicativa de los 70, con una corriente cultural que fue muy poco autocrítica?
  —Cada uno hace lo que puede. Hay un relato muy organizado, no como un círculo rojo, pero sí un paradigma que se comparte —lo mencioné en “Operación Traviata”— y que el oficialismo abastece convenientemente con una cartera de recursos simbólicos y materiales. En mi caso, apoyado en el vacío, trato de hacer periodismo histórico que no le resulta grato al relato, que es la historia desde 1973 hasta 1976, los cuatro gobiernos constitucionales del peronismo. Ultimamente han habido otras personas que se pararon frente al relato con posiciones particulares y que han expresado el clima de la época. Hasta el 2007, la corriente fue muy hegemónica, después aburrió un poco.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario